Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Se busca metrópoli

A cada rato, Mister Trump estrena una extravagancia. Ahora quisiera bombardear huracanes con armas nucleares. La semana pasada pretendía comprar el territorio autónomo danés de Groenlandia. Mette Fredriksen, primera ministro de Dinamarca, aprovechó una entrevista para ilustrar al inversionista en bienes raíces: “Groenlandia pertenece a Groenlandia. Por suerte, ya pasó el tiempo de la compraventa de países y de pueblos”.

Santo y bueno. Digo, si no nos hubiésemos enterado del chistecito de mal gusto que soltaba Trump en sus sesiones de discusión sobre el mentado proyecto. Fantaseaba nada menos que con el trueque de Puerto Rico por la inmensa isla de sus sueños, congelada entre el Océano Ártico y el Atlántico Norte. Conociendo al personaje, sabemos que no sólo es capaz de tirarles rollos de papel toalla a sus súbditos coloniales sino de ordenar que se les filtren por cuentagotas los fondos asignados para desastres. Constatado eso, ¿quién quita que se atreva a intentar permutarnos?

Frente a la posibilidad del cambalache, supongo que los atesoradores de la ciudadanía estadounidense no habrán pegado el ojo. Se entiende: con dos imperios en cinco siglos y pico basta y sobra. Pero sospecho que a otros les resultaría simpática la idea. A los fans de la revista “Hola”, por ejemplo, les fascinará saber que Dinamarca es un reino, con abundancia de castillos y bochinches de realeza. Los admiradores del socialismo a lo Bernie Sanders también estarán de plácemes. No tendrían que esperar por el milagro de una revolución democrática en USA para disfrutar, de cuna a tumba, de un envidiable sistema de bienestar social.

Aunque los impuestos son astronómicos, Dinamarca ofrece a sus ciudadanos cubierta médica universal, educación escolar y universitaria gratuitas, paridad de género en la función pública, beneficios para los envejecientes y muchas otras ventajas. Es verdad que la distancia geográfica de Escandinavia al Caribe dificultaría la emigración masiva a Copenhagen pero igual podría resultar conveniente en caso de que nos diera con librar una eventual guerra de independencia.

No creo que las diferencias entre nórdicos y caribeños representen un obstáculo insuperable. Algunos productos daneses - las galletas de mantequilla Royal Danish, los cuentos de Hans Christian Andersen (sobre todo, “El patito feo”), las series de vikingos y los imponentes perros de la raza “gran danés” – siempre han encontrado aquí una entusiasta acogida. El idioma suena medio impenetrable, no lo niego, pero con el inglés goleta y el poder de la sonrisa se puede bregar. Ciertamente compartimos afinidades culturales más importantes que la lengua: la pasión por el cerdo y la cerveza.

Y no olvidemos que el World Happiness Report le ha conferido a Dinamarca, durante siete años consecutivos, el título de “país más feliz del mundo”, distinción que una vez se le extendió a Puerto Rico en la categoría latinoamericana. La juntilla de esas dos felicidadesgeneraría un “boom” turístico sin precedentes. Los bañistas llegarían por montones a tostarse la “jinchera” de esos largos y oscuros meses de invierno en lo que reste de nuestras sufridas playas. Atraídos por los encantos mestizos de los isleños, vendrían también en pos de experiencias amatorias exóticas.

En toda mitología del paraíso, alza la cabeza la inevitable serpiente. Tras el inventario de virtudes danesas, me veo obligada a mencionar unos detallitos desagradables. El nacionalismo y la xenofobia parecen estar floreciendo como plantas carnívoras en el reino mágico de Margarita II. Hasta un plan para encerrar en un islote de siete hectáreas a los migrantes no deportables ha sido propuesto. Y una serie de atentados de extrema derecha, antes impensables en un país tan pacífico y seguro, han surgido de repente. Pero, bueno, como ya nos consta, Estados Unidos tampoco se queda atrás en esa liga.

Ante la imposibilidad de la estadidad, el descrédito de la autonomía y el poco apetito boricua por la independencia, lo cierto es que el coloniaje puro y duro luce como el único camino disponible para nosotros. Si los americanos nos siguen maltratando a golpes de juntas, monitores y recortes, si el racismo contra los latinos sigue como va y si Dinamarca no quiere canjear los glaciares deshielados de Groenlandia por nuestras humildes costas, habrá que poner un anuncio urgente en la sección de clasificados.

Muy fácil no será la selección. Las principales candidatas a metrópoli sustituta (Inglaterra, España, Francia) ya han salido de la mayoría de sus colonias, las han asimilado como provincias desiguales o las han tirado a mondongo. Canadá sería una opción si no fuera por lo que cuentan los quebequenses. A Rusia habría que preguntarle por Ucrania. Y, con lo que está pasando en Hong Kong, ni pensar en la tierra de Confucio.

¿No será hora de que nos inventemos alguna forma creativa para salir de este hoyo histórico en el que nos han (y nos hemos) sepultado? En su defecto, tendríamos que recurrir al resuelve individual, como de costumbre. Y a desperdigarnos por el mundo se ha dicho, con un patético letrero guindado al cuello que lea: Se busca patria.

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