Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Se buscan flautistas

Cuando aparecieron las ratas, el gobernador y los senadores se encerraron en el Capitolio. Afuera el pueblo sufría la plaga: las ratas roían comidas, se subían a las cunas de los niños, abrían agujeros en los costales de harina y ahuyentaban gatos y perros. Furioso, el pueblo comenzó a gritar que el gobernador era un pelele. “Si no nos libran de las ratas los arrastraremos por las calles”, decía el pueblo a las afueras del Capitolio.

De pronto, se escuchó el tañido de una flauta. Un hombre con capa, del cuello a los pies, se presentó a las puertas del Capitolio. Ninguno de los senadores lo conocía –no era amigo, ni familiar, ni donante del Partido. El hombre dijo que era flautista y que tenía el poder mágico de manipular cualquier animal rastrero. “Pero soy pobre y cobro por mis servicios”, le dijo el flautista al gobernador. Desesperados, los senadores aprobaron el contrato, el gobernador estampó su firma y el flautista comenzó su trabajo.

Tocó su flauta por todos los rincones. Salieron ratas a borbotones. Grandes y chiquitas, pardas y grises, todas las ratas persiguieron el dulce tañido de aquella flauta hasta el mar. Cansadas de nadar, se ahogaron.

Cumplida su labor, el flautista se dirigió al Capitolio para cobrar su salario. Pero el gobernador y los senadores dijeron que el gobierno estaba en crisis y que, bajo las nuevas medidas de la Reforma Laboral, su salario sería mucho menos de lo acordado.

El flautista enfureció y los amenazó. Dijo que con su flauta iba a levantar la furia del pueblo en su contra. Así que fue hasta la plaza, puso sus labios en su flauta y comenzó a tocar.

Tocó, tocó y tocó, pero nadie del pueblo –ni sindicatos ni partidos minoritarios- enfureció.

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Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

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