Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Se busca un mito

Dicen que el Estado Libre Asociado falleció. Yo todavía no he visto el acta de defunción y no me atrevo a certificar el deceso. Quién sabe si ese muerto corrió la suerte de tantos otros cadáveres sin identificar que esperan por su entierro en los furgones refrigerados de FEMA. O puede que se haya zombificado y ande por ahí de noche dando bandazos a troche y moche. En todo caso, tras sesenta y pico años de tenaz persistencia, el mito del ELA sí parece haber sobrevivido.

Para lograr imponerse, toda empresa política necesita símbolos capaces de encender la imaginación colectiva. Muñoz Marín y su partido sentaron cátedra en ese aspecto. Cuestión de justificar la emboscada histórica de 1952, armaron un lenguaje ambiguo que pregonaba un ideal simpático pero imposible: la reconciliación de lo irreconciliable.

No eran sólo las dos banderas, las dos lenguas y los dos himnos. Desde el contrasentido de un estado “libre” y “asociado” y la ficción del “pacto bilateral” hasta las metáforas tipo “puente entre las Américas” y “lo mejor de los dos mundos”, el nuevo vocabulario nos ahorraba el mal rato de tener que pedirle cuentas a la metrópoli. Muy inofensiva no era la movida. Entre la paradoja y el eufemismo, asomaba su careta la censura.

En aras del consenso forzoso, un operativo de camuflaje lingüístico optó por ocultar o suavizar toda alusión conflictiva. Empezando, claro, por la palabra “patria”, demonizada y reemplazada por “pueblo”, de alcance menos controversial. Aquellos tiempos crearon una especie de neurosis léxica que aún perdura. De ahí la incomodidad que experimentamos a veces los puertorriqueños al referirnos a los dos polos de la dominación: el “acá y el “allá” de nuestro drama.

Por ejemplo, el vocablo “país”. Aunque es de uso generalizado en frases como “huevos del país” y a menudo figura en la prensa con mayúscula para designar a Puerto Rico, hay quien cuestiona su empleo y recurre al diccionario para desautorizar lo que la percepción de los hablantes reafirma. Las expresiones “nación” y “nacional” se han bifurcado. Una se reserva para los Estados Unidos y la otra para los equipos deportivos boricuas. Y, a falta de señas precisas de identidad, los adjetivos “federal” y “local” procuran rellenar el vacío.

El mito del ELA sigue respirando porque se ha instalado en la lengua, o sea, en la mente. Por eso representa un hueso tan duro de roer para los líderes estadistas, que aún no han conseguido fabricar un equivalente efectivo. Ferré lo intentó con aquello de la “estadidad jíbara”, un eslogan jaiba al estilo muñocista. Luego surgió la consigna de la “igualdad”, empujada por Romero. Ésa tuvo mejor recepción entre un electorado sensible al desprecio y al discrimen. No obstante, la ilusión de ingresar como socios bona fide en “la Gran Corporación” nunca ha alcanzado la aureola mística del mito estadolibrista. ¿Será porque excluía el elemento cultural nacionalista para reivindicar el mero cálculo financiero?

Entonces se les ocurrió la brillante idea de canibalizar el discurso independentista. ¡Milagro! Por fin osaron pronunciar “colonia”, la verdad proscrita. Si mal no recuerdo, fue Rosselló padre quien sacudió al anexionismo de su habitual mansedumbre para darle un giro medio contestatario. Sacaron pecho. Soltaron su “don’t push it”. Propusieron acudir a la OEA y a la ONU. En fin, como estrategia de legitimación ideológica, cogieron de modelo a un movimiento perseguido, criminalizado y marginado tanto por los gobiernos populares como por los novoprogresistas.

Sospecho que la retórica anticolonialista del PNP no ha tenido mucha resonancia en el Washington de la era trumpiana. O tal vez esa combatividad es sólo para consumo criollo. Lo cierto es que se viene notando un curioso cambio de acento. Los jeques de la palma se esmeran ahora en fabricarle un lenguaje menos frontal y ofensivo a su reclamo. Postulan la superación de nuestra larga historia de subordinación a través del igualamiento. Ojo, señores, que igualdad e igualamiento no son sinónimos. La igualdad exige respeto recíproco. El igualamiento implica conformismo mimético.

Según esta novedosa teoría, todo lo que tienda a la supresión de diferencias entre Puerto Rico y Estados Unidos, todo lo que facilite mudarnos del plano “foráneo” al “doméstico” para conseguir el sello de aprobación de nuestros “fellow citizens”, se considera un paso decisivo hacia la fusión soñada. Ya no se trata de la reconciliación de lo irreconciliable sino de la asimilación de lo inasimilable.

Cosas veredes: se ha vuelto a recelar, como en los años cincuenta, de la terminología patriótica. Si decir “país” era anatema entonces, “territorio” es la palabrita sustituta del momento. Y, preferiblemente, incorporado. Como si la Isla ya formara parte de la federación estadounidense, se alude a “los demás estados” inclusive en documentos oficiales.

El deseo teje extrañas fantasías. Pero, más allá de la quimera, las mitologías del ELA y del estadoísmo son las dos caras de un proyecto fracasado. En su obsesión por acaparar un poder subalterno, nuestros partidos mayoritarios se han dedicado a soslayar y prolongar, con trucos verbales, la insostenible encerrona colonial.

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