Eudaldo Báez Galib

Punto de vista

Por Eudaldo Báez Galib
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Se despide una generación

Me refiero a la mía. A la que se consolidó como ente político distinguible en la década del sesenta, con la Juventud del Partido Popular y durante la hegemonía de la generación de los fundadores de ese partido. 

     Muñoz Marín, sólido, unido a los que construyeron al país. Desde un literato-político como Samuel Quiñones, hombres de estado como Sánchez Vilella, Negrón López, Ramos Antonini, Polanco Abreu, la alcaldesa Felisa, juristas como Trías, Benjamín Ortiz, hasta tecnócratas como Moscoso, Picó y un ejército de servidores públicos—maestros, policías, carreteros, celadores de líneas—que sí eran orgullosos “servidores públicos”.

     En la oposición, valores como García Méndez, Concepción de Gracia, Leopoldo Figueroa, Ferré y, por supuesto, Albizu. No hacía mucho se habían enfrentado en una convención constituyente para producir al Puerto Rico moderno, y el último con la última revolución. Quien desee comprender a esa generación en la política puertorriqueña, que tome al azar cualquier día de esos debates en la constituyente.

     Saltará a la vista de cada página cómo lograron derrotar el “yo” social centenario para convertirlo en un “nosotros”, fuere el partido político o las instituciones vitales. 

     Hoy es difícil dibujar a esa generación, pues el deterioro de la sensibilidad hacia esa historia, gestado por las controversias oportunistas sobre estatus, ha caricaturizado aquella honestidad. El bachateo politicastro deformó ese pasado.

     Y fue una transición generacional organizada, aunque con algunas fricciones, pues no es fácil para quienes mandan, soltar. Afortunadamente, el propio Muñoz con Sánchez Vilella y Morales Carrión, fueron nuestros traviesos cómplices.

     Transición recíproca. Como Comisionado Electoral y Secretario General que fui, semanalmente mantenía comunicación con los que fueron. Llamaba, o ellos me llamaban a mí, a Felisa, a Negrón López, a doña Inés, a numerosos alcaldes y exlegisladores. A Jaime Benítez le entregué mi oficina y personal para que produjera sus escritos. Y me consta que el gobernador Hernández Colón retenía en Fortaleza asesores de aquella generación. Cuando había actividades importantes me recordaba llevar a todos.

     Ya he escrito aquí, antes, de los resbalones de mi generación, incluyendo perdón por nuestros obvios desmanes. Aquella generación nos entregó un Puerto Rico próspero y con futuro. Nosotros lo desperdiciamos. 

     En algún instante nos devolvimos al “yo”. Lo calibro con el momento en que el inversionismo político echó raíces. Tiempos que forzaron la filosofía de que el fin justifica los medios y, lo inevitable, que solo con dinero se ganan elecciones. Ya no había que ir a dialogar al “batey”. Era a la agencia de publicidad de mano del inversionista.

     Creo que un problema político de hoy es la ausencia de transición generacional. Es un se acabó y empezó. De lo viejo, a lo joven. Lo que puede ser válido en el “Future Shock" de Toffler. Pero no aquí. La experiencia no está en el aire que se respira. Adjudico esa culpa a mi generación. Debimos haber sido entremetidos, molestosos, o chavones (con J). 

     Como leo las expresiones de los lectores a mis columnas aquí, pues me educan, una que se ha repetido me movió; creían que “esa momia [yo] se había muerto”. Miré a mi rededor e internalicé cuántos congéneres se habían ido: Rafael, Benny, Andrés, Miguel, Juanma, Toñito, Nicolás, Tono y tantísimos otros. Si. Mi generación se despide.

     Y me senté a escribir. Pues aún las “momias” vivas sueñan con un mejor país. 

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