Arturo Massol Deyá

Tribuna invitada

Por Arturo Massol Deyá
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Sedición por Oscar

Aún cursando la escuela intermedia, mis papás me llevaron hasta Illinois para conocer a las hermanas Lucy y Alicia Rodríguez, las hijas del “peón de Las Marías” como lo describió Juan Antonio Corretjer. Doña Fifo, su mamá, nos llevó hasta la prisión donde cumplían sendas condenas por conspiración sediciosa. Confieso que no entendía del todo, pero tampoco era necesario. Un beso y un abrazo a la despedida de esa primera visita lo comunicaba todo.

Desde entonces viví preso pensando que esa realidad significaba que jamás podría abrazarlas libremente en mi pueblo. La libertad regresaba cuando las podía visitar a la prisión o escribirles. En ese momento, acá se luchaba para defender la naturaleza de la minería destructiva mientras en Vieques era la Marina de Guerra. Como grandes batallas, pensé que jamás vería la resolución de ninguno de estos conflictos; que serían luchas eternas.

Unos meses más tarde mi hermano menor haría lo propio para conocer a Oscar López Rivera. Contaba Ariel que el viaje fue muy largo y frío hasta llegar a una remota prisión. Desde ese momento, Ariel fue otra persona.

Ni los prisioneros políticos ni las luchas del pueblo nos son ajenas. Doce años después de esa visita, en 1995, derrotamos junto a muchos la minería. En el 1999 abrazaría a las hermanas Rodríguez a la entrada de Casa Pueblo y vimos a la Marina de Guerra, derrotada, zarpar de Vieques en el 2003. Más tarde tocó retomar el derecho a la defensa para enfrentar una nueva amenaza a la integridad territorial: el gasoducto del Norte.

Desde hace mucho tiempo mis papás me enseñaron a luchar por un propósito claro con la convicción de triunfar. Confieso que hace tiempo dejé atrás el pesimismo y el luchar por luchar. Alguien en medio del conflicto del gasoducto me dijo: “Cuando te conocí no te dije, pero pensaba que estaban todos locos cuando decían con pleno convencimiento que pararían el gasoducto el mes que viene”.

No se logró al mes siguiente. Tomó casi dos años, pero vencieron las aguas, los bosques y su gente. Ese convencimiento de luchar para ganar golpea duro por instantes pero al final de los procesos, se logran victorias que este país reclama a gritos.

En un país colonial como el nuestro, conspiración sediciosa pudo ser cualquiera en esa luchas, como enfrentar los intereses mineros o defender la Isla Nena. En realidad sí fue conspiración. Somos muchos los “culpables” de sedición. Pero, ¿cómo puede ser delito cumplir con nuestra obligación moral?

Oscar lleva 33 años preso por conspiración sediciosa y, aunque la lucha por su excarcelación pertenecía ideológicamente a un sector, ya no es así. Un pueblo trascendió las fronteras políticas, superó el divisionismo clásico y hace tiempo cerró filas con amor por su excarcelación. Mantenerlo tras las rejas no tiene justificación alguna. Su encarcelamiento no representa una agresión individual, ahora se trata de una agresión colectiva contra un pueblo que logró otro gran consenso.

Entonces, ¿qué? ¿Vamos a limitarnos a las redes sociales? ¿A ver su fotografía aflorar en todas las esquinas? ¿Vamos a esperar a que un presidente de alguna república libre y soberana negocie su libertad? ¿A marchar y marchar? ¿A seguir escribiéndonos a nosotros mismos?

Todo es importante en esta lucha humanitaria y destaca el nivel contagioso de creatividad, colaboración y audacia alcanzada en las incontables actividades que se han hecho en Puerto Rico. Son muchos sus actores, sus héroes y heroínas. Las gestas por su liberación son en sí mismas un conjunto de dignidad.

¿Esperar por un mejor clima electoral? No tenemos control de cuándo Barack Obama decidirá actuar, si eventualmente lo hace. Pero un pueblo ya de pie no puede detenerse en la contemplación. Nuestra responsabilidad no es intentar seguir fútilmente las lógicas del carcelero. Nuestra obligación es hacernos nuevas preguntas: ¿a quiénes más hay que hacer sentir incómodos allá? ¿Dónde más hay que llevar el mensaje? ¿Tendremos que hacer desobediencia civil por Oscar? ¿Cuándo?

Al final, es el pueblo completo, este país solidario que se moviliza por las grandes causas, el que logrará la excarcelación.

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