Aida Vergne

Tribuna Invitada

Por Aida Vergne
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¿SE LAVÓ BIEN LA BOCA?

¡Buenos días primero! No es mi problema pero, dígame: ¿se lavó la boca? ¿Se pasó el hilito dental? Lo sé, está pensando: “La perdimos; se tostó la profesora; ¿qué tiene que ver eso con lingüística”? Pues mucho más de lo que imagina. Si usted no se pasa el hilo dental todos los días, las consecuencias pueden ser nefastas lingüísticamente hablando. ¡Se lo digo en serio! Mire, hay unos sonidos que los lingüistas llamamos fricativos (no se me friquee pliss), que para articularlos correctamente, usamos los dientes, que son articuladores inmóviles. Su lengua, en cambio, es un articulador móvil. Sus labios son también articuladores móviles. Entonces, para realizar el sonido de la [f] usted, que jamás en su vida había pensado en esto, hace que su labio inferior toque sus dientes superiores. Pongámoslo a prueba. Diga follón sin pegar su labio inferior a los dientes superiores. ¿Pudo? Lo dudo. Le salió algo así como jollón, ¿verdad? La [f] no es el único que necesita de las perlas de su boca para sonar como Dios manda. Trate la [t] y diga tubérculo sin acercar la lengua a los dientes. Seguramente sonó como un gringo hablando español, ¿o no? Y ¿qué tal fumigar? ¿Jumigar, por casualidad? Óigame bien: si pierde sus dientes, especialmente los superiores del frente, estará en aprietos para pronunciar los sonidos dentales y labiodentales. Entre ellos figuran la [t] la [d] y la [f]. Por eso, el que perdió sus dientes enfrenta dificultades para hablar. Si tiene la cajita puesta pues no hay problema (hasta que se la quita y la echa en el vasito en su mesita de noche). Cuide sus dientitos, que ya no son de leche. Hilo dental, plisss.

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