Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Seriedependencia

La crisis fiscal de Puerto Rico ha disparado un raro tipo de trastorno psicológico: el estrés pre-traumático. Contrario al estrés post-traumático, que revive la ansiedad producida por alguna experiencia perturbadora del pasado, el pre-traumático adelanta las angustias del futuro. Sus víctimas padecen de terribles tensiones anticipatorias por alguna desgracia pendiente que aún no se ha materializado

La verdad es que se pretraumatiza cualquiera tratando de no caerse de la cuerda floja emocional en que nos tienen bailando los prestamistas buitres, el Congreso gringo y el equipo económico del ELA. Con los empleos que están por perderse, las casas que están por reposeerse, la gente que está por irse, los servicios que están por cortarse y las pensiones que están por esfumarse, aquí no hay quien pegue el ojo. Y, si se logra conciliar el sueño, no se sabe cuál pesadilla es peor: la de la victoria electoral de uno de los dos partidos culpables del desastre o la del desembarco por Guánica de la Junta de Control Colonial.

A fin de preservar los menguantes residuos de mi cordura, he intentado encontrar alivio terapéutico a esos incómodos ataques de estrés pre-traumático. Aparte de la comida, la música y el mar, sospecho que el mejor paliativo para esa agobiante dolencia son las superseries de televisión. Los modernos folletines por entregas de la pantalla chica compiten favorablemente con los tranquilizantes recetados. Permiten, al menos por unas horas a la semana, una necesaria abstracción de la realidad.

Las superseries nos organizan esas noches de enzorramiento radical que pasamos enrejados en nuestras casas. No es lo mismo enjoyetarse entre cuatro paredes por miedo a los peligros de la calle que escoger la opción del silletazo en espera del próximo capítulo de una trama absorbente. Esa actividad de interior también tiene su onda comunitaria. Visto en compañía o en soledad, cada episodio se convierte en material de discusión con todo el que comparta la irresistible compulsión serial.

¿Por qué resultan tan adictivas las superseries? Factores poderosos se combinan para acaparar nuestra atención. El primero es el gancho de la rutina. La regularidad con que visitamos ese universo imaginario va creando poco a poco un hábito inzapateable. He sabido de gente que hasta rechaza invitaciones y cancela compromisos por no faltar a la convocatoria hipnótica de la continuidad. Existe, claro, la posibilidad de ponerse al día leyendo resúmenes en revistas o buscando capítulos anteriores en el sitio web de la producción. Pero jamás ni nunca se disfruta igual.

El manejo eficiente de la intriga mantiene la garra. Con una dosificación experta, el ritmo y el suspenso narrativos exacerban el interés. Las técnicas del dato oculto, del giro imprevisto y del desenlace pospuesto ejercen una fascinación creciente que promueve la fidelidad incondicional. Por eso, bajar la serie completa vía Netflix no resuelve. Lo sabroso es ir descifrando el misterio paso a paso con la lentitud deliberada de quien pospone a sabiendas la gratificación sensual.

Los temas de las superseries suelen ser hiperrealistas y truculentos. Ya no pegan aquellas historias románticas en las que los sufridos amantes protagonistas resultaban ser hermanos. Los conflictos sociales marcan ahora la tendencia dominante, sobre todo en las narcoseries. Pienso, por ejemplo, en la muy celebrada “El señor de los cielos”, por cuyas cuatro temporadas transitan desde los traficantes de coca y los políticos corruptos de toda América Latina hasta las masas migrantes centroamericanas que arriesgan sus vidas encaramadas y apiñadas en el techo del tren apodado “la bestia”.

El estilo fílmico de las mejores superseries se distancia bastante del de las telenovelas. La actuación tiende a ser más cinematográfica que teatral. La frecuentación de ese ambiente recurrente establece una firme vinculación afectiva entre la teleaudiencia y los personajes. Reconocemos las pasiones que los animan. Nos identificamos con sus dilemas. Etiquetamos sus actitudes y enjuiciamos sus acciones. Esos veredictos de sofá entusiasman a los espectadores y refuerzan los lazos de complicidad tribal.

En el descubrimiento de otros países reside uno de los mayores atractivos de las superseries. A eso - además de al drama de justicia feminista que lo inspira - se debe buena parte del éxito del “hit” turco: “Fatmagül”. La variedad de jergas y de acentos desplegados en muchas producciones latinoamericanas ofrecen un vasto panorama lingüístico que cautiva tanto como las imágenes vertiginosas de las ciudades donde transcurre la acción. Por no sé cuál absurda manía moralista, un fastidioso “bip” o un abrupto mutis censuran el lenguaje considerado ofensivo, limitándose así la gracia y la autenticidad de la expresión vernácula.

La seriedependencia debe ser el secreto mejor guardado en ciertos corillos exclusivos de la alta cultura. Podría decirse que casi cualifica para el rango de octavo pecado capital. Según algunos, ver televisión es no sólo un bajón de “standing” sino un indicio de decadencia intelectual.

Pero el estrés pre-traumático no perdona. Esta noche repiten el gran final de “Celia” y Dios libre que alguien me lo venga a contar.

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