Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
💬 0

Se rompió el telón en Estados Unidos

Hay momentos históricos que marcan su llegada con furor. Resulta imposible ignorarlos. Incomodan, hieden, molestan. Irrumpen y se llevan consigo toda medida de placidez para desnudar de manera abrupta la fragilidad misma de la condición humana, y todo lo que en ella se cobija. La maldad cobra nueva fuerza y se incorpora en medio nuestro sin que sepamos en primera instancia cómo responder. Los eventos recientes de Charlottesville en el estado de Virginia son apenas la entrega más reciente de esta tendencia espantosa. Para entenderlos, hace falta regresar a la elección de Donald Trump y lo que supuso para la política en Estados Unidos —y por añadidura para Puerto Rico. Pero antes, una corta reflexión.

Para los que rayamos en edad el medio siglo, la xenofobia, el antisemitismo y el racismo fueron temas a los que accedimos en la infancia por dos vías primordiales: el recuento de nuestros mayores que fueron testigos, y los tratamientos que de estos temas hicieran el cine y la televisión. Los relatos eran de una claridad moral muy diáfana. De un lado la maldad y sus abanderados, y del otro toda suerte de héroes y heroínas que con su sacrificio ante los primeros, redimían las injurias que le arrebataron momentáneamente la paz al mundo.

Sentados cómodamente en la sala o en el cine, disfrutábamos de aquellas representaciones con comida en la mano y arropados de aire acondicionado. Poco importaba que, para mayor efecto dramático, se simplificaran para nosotros los antecedentes históricos y se exageraran los personajes. Al final, el bien triunfaba vicariamente sobre el mal y después, cada cual de vuelta a su circunstancia. Hasta atestiguamos la elección de un presidente negro hace ocho años, que confirmaba con su victoria que ciertas páginas oscuras iban quedando atrás. Pero no todo fue perfecto.

Más recientemente, la brutalidad del Estado Islámico, y la tragedia desgarradora de las guerras en Irak, Afganistán y Siria refrescaron a través de las pantallas televisivas nuestras ansiedades, pero siempre con la tranquilidad de sentir que un océano inmenso nos resguardaba de morir en una explosión o de hallarnos en la noche aferrados a un bote colmado de refugiados.

Aquellos eran problemas de otros, ignorables a voluntad y hasta descartables. Un sarpullido en la conciencia virtual a lo sumo, curable con alguna expresión solidaria y efímera en Facebook. Y entonces llegó el candidato que se preciaba de ignorante, intolerante y misógino pero no dudamos en descartarlo por extremista.

Hasta que lo imposible ocurrió y ocupó la presidencia de Estados Unidos. Se desgarró así la pantalla y nos lanzó de súbito al medio de aquella escena alarmante y distópica donde había que correr para sobrevivir. Hoy, aterrados ante las circunstancias apenas sabemos qué hacer.

La xenofobia, el antisemitismo y el racismo desfilaron orondos por las calles de Charlottesville hace unos días, reiterando su presencia delirante y su aspiración de instaurar un nuevo orden donde los blancos cristianos reinen sobre todos los demás. Cuentan con el apoyo explícito del presidente y van en pos de más.

Esto amerita una respuesta contundente pero apenas se observan acciones concertadas que rebasen el pánico y la histeria —ambas insuficientes para responder con claridad. Entonces, en Puerto Rico, ¿qué nos espera?

Esto no es una una convocatoria de mártires pero sí una denuncia a la mojigatería y a la timidez. Como colonia irredenta, el desafío de resistir se duplica.

En medio de este supremo pánico en que condenamos a los que ocupan las calles, es justo allí donde deberemos regresar para encontrarnos. Rezar no sirve —sólo resistir juntos. No nos queda otra.

Otras columnas de Pedro Reina Pérez

💬Ver 0 comentarios