Mayra Montero

Diario del huracán

Por Mayra Montero
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Se volvió loco Barbarito

En una de las canciones más populares del Buenavista Social Club, titulada “El Cuarto de Tula”, hay un momento genial en que el intérprete del laúd, Barbarito Torres, le da la espalda al instrumento y lo toca en esa posición. Es cuando se oye el simpático comentario de Eliades Ochoa: “Se volvió loco Barbarito… hay que ingresarlo”.

La Junta de Gobierno de la AEE se volvió loca en diciembre. No la hospitalizaron.

He leído que ese mes formalizó un contrato por $250,000 con una firma estadounidense que se encargaría de buscarle un director ejecutivo. Según la nota periodística, en la AEE llegaron a aflojar unos $50,000, con el compromiso de entregar el resto del dinero más adelante, cuando ya hubiesen encontrado nuevo jefe.

A las puertas de una Navidad oscura, roñosa y cenicienta, estos elementos aún jugaban con el dinero que no tienen, con el que deben, con el que nos rapiñan.

El primer paso hacia la privatización, ahora que se habla tanto de los “primeros pasos” del proceso, es eliminar a toda esa Junta de un plumazo, enajenados como están, y equivocados de la vida.

Así que todo ese tiempo, mientras FEMA, el Cuerpo de Ingenieros y hasta los alcaldes andaban volcados en organizar o traer brigadas que nos sacaran del hoyo, los señoritos de la Junta de Gobierno de la corporación pública, se entretenían en soltar dinero para encontrar un jefe que viniera a dar palos a ciegas, y a zamparse una astronómica suma en salarios y beneficios.

Es de una inmoralidad flagrante.

Hasta que se encamine lo de la privatización, el gobernador tendría que desintegrar, por decreto, esa “cabeza” de hidra que gobierna la AEE. Y si no lo hace el gobernador, que lo haga el tribunal de quiebras o la Junta de Control Fiscal. Un síndico, y se acabó el problema.

Por ahí ha debido empezar la transformación de la ya arrasada Autoridad. Saber ahora que mientras uno pasaba las de Caín, esos seres gastaban el dinero ajeno en el reclutamiento de pimpollos que llegarían perdidos como jueyes, a aprender sobre el terreno cómo se dirige un sistema complejo y convertido en ruinas, indigna de la manera más profunda.

Los empleados diestros y sacrificados de la AEE que trabajan hasta tarde en la noche, y se dejan el pellejo hincando postes y tirando líneas, seguirán trabajando en las nuevas compañías, no van a tener problemas porque valen: tienen las destrezas, la agilidad, el conocimiento del terreno.

Los líderes sindicales que hoy rechazan la privatización, deben hacer autocrítica.

Ellos también participaron del derrumbe. No por el hecho de que exigieran siempre las mejores condiciones para los unionados. Eso es lo que se supone que hagan, sino porque no lucharon cuando debían hacerlo y ahora es demasiado tarde.

Fueron condescendientes, y renovaron una y otra vez pactos de no agresión con los diferentes directores ejecutivos y juntas de gobierno de la AEE, con tal de que les aprobaran las cláusulas que los favorecían, hacían el aguaje y dejaban que los jefes se autoconcedieran bonos, malgastaran en publicidad, fijaran salarios de vértigo para ellos mismos y para Lisa Donahue.

Los líderes sindicales ofrecían airadas declaraciones en la radio cada vez que se sabía de movidas millonarias que afectaban a la corporación y a los abonados, pero nunca hicieron uno de esos paros estruendosos, que se sintiera en China, sobre todo cuando la gerencia botaba el dinero en el combustible inapropiado, o en proyectos que no se llegaron a construir, o en bonos y trampas para que los aprovechados se retiraran dos y tres veces, y los más corruptos se hicieran millonarios.

Los líderes sindicales tenían que haber hecho algo más que proteger los beneficios de sus unionados. Aquí nunca se ha entendido eso. Tenían que haber defendido a la corporación de sus máximos enemigos, cuidarla del asedio de los gavilanes, combatir los malos manejos bloqueando la entrada a la corporación y dejando caer los brazos. ¿Lo hicieron alguna vez? Es evidente que pensaron que mientras a los suyos les concedieran todo lo que reclamaban, allá dentro podía caerse el mundo.

Y el mundo se cayó y se los llevó enredados. En diciembre “se volvió loco Barbarito”, y la Junta de Gobierno de la AEE decidió poner sobre la mesa un cuarto de millón de dólares para que unos buscadores de talento en Chicago les consiguieran un fulanito despistado y crudo.

Sin más contemplaciones, había que “ingresarlos”.

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