Andrés Fortuño Ramírez

Punto de vista

Por Andrés Fortuño Ramírez
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Shakespeare a lo boricua

El viernes pasado la cadena PBS presentó un documental sobre la carrera del actor puertorriqueño Raúl Juliá. El documental estuvo fantástico y súper emotivo. A juzgar por los continuos “posts” y “shares” en Facebook, sé que fueron muchos los puertorriqueños que se anclaron frente al televisor esa noche.

El documental, aparte de confirmar el gran talento y espíritu filantrópico de Raúl, es prueba de cuán orgullosos nos sentimos cada vez que uno de los nuestros triunfa en los Estados Unidos. Nos pasa aun con figuras que no nacieron o crecieron en la isla, como JLo, Lin-Manuel y Marc Anthony. Mientras hayan triunfado, le restregamos al mundo su ascendencia y de paso, hasta rebuscamos a ver si tenemos algún parentesco.

Por mucho que criticamos a los Estados Unidos, aceptamos su importancia mundial y buscamos su aprobación aunque sea para llenarnos el ego. Por otro lado, cada vez que alguien con talento se escapa a la nación americana para probar fortuna, largamos un mar de críticas reabriendo la vieja herida. Esa llaga que, embelesados con el triunfo de otros, pensábamos había dejado de sangrar.

El remedio quizás está en recordar que en Puerto Rico hay talento de sobra, y que todo el que sale de la isla automáticamente se convierte en nuestro embajador, en conquistador y no en el conquistado. El orgullo de ser puertorriqueños lo llevamos a donde quiera que vamos.

Con su marcado acento, Raúl Juliá conquistó hasta a Shakespeare. En vez de perderse en la tradición de un inglés antiguo, lo transformó en un nuevo arte. A través de sus actuaciones convirtió en puertorriqueños a Don Quijote, a Petruccio, a Oscar Romero, a Guido Contino y al apasionado Gómez Addams.

Raúl enriqueció el arte de la actuación con interpretaciones que cambiaron la percepción del puertorriqueño en los Estados Unidos. Cuando el país produce algo bueno, hay que compartirlo, alentarlo a que salga y conquiste. Pues al final el mundo lo adopta, lo integra y entre aplausos, nos lo devuelve con creces.


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