Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Shorty el Grande

Llegó antes de lo pautado al lugar donde grabábamos ¿En Serio? con Silverio en un hotel del Condado y me pidió dos sillas altas para darme una exclusiva. No me quiso decir de qué se trataba hasta que fuéramos en vivo. Cuando ya estábamos al aire y tocó su entrevista me pidió que los dos nos sentáramos, uno al lado del otro en las sillas que había pedido. ¿Quién es el más alto y quién el mas bajo?, me preguntó. Para mi sorpresa del torso hacia arriba, él era más alto que yo. Entonces pidió que enfocaran las piernas. Las de él colgaban, las mías tocaban el suelo. “Esto es para que sepan que no es que yo sea bajito, estoy proporcionalmente mal hecho.” ¡Ese era Israel “Shorty” Castro!

En esa misma entrevista le pregunté cómo se dio a conocer en el área metropolitana. Me dijo que cantando los trabalenguas famosos de Mon Rivera, como Aló, ¿quién llama?, que era de su barrio París, en Mayagüez. Tan famoso se hizo en toda la isla que luego, cuando Mon Rivera vino a San Juan y salió en un programa de televisión cantando sus composiciones, la gente detenía a Shorty y le decía: Ten cuidado que hay un negrito por ahí cantando tus canciones.

Tuve el privilegio de compartir en la creación de libretos en varios programas de Tommy. Baja, baja, me decía cuando yo escribía algo que él entendía que se le iba por encima al entendimiento de la gente común. Shorty tenía una extraordinaria sintonía con ese humor tan natural del puertorriqueño, pero nunca se dejaba caer en lo fácil, burdo o chabacano.

Creo que don Shorty, como le empezó a llamar la nueva generación que trabaja el humor, era una rara combinación de humorista y comediante. No es lo mismo ni se expresa igual. El humorista crea humor de la cotidianidad, lo escribe, y tal vez otro lo interpreta. Ese que lo interpreta es el comediante, que tiene herramientas estudiadas o naturales para hacer más gracioso el texto del humorista. José Miguel Agrelot era un extraordinario comediante; don Tommy Muñiz un excelente humorista. Eso no quita que un comediante pueda escribir algunas cosas ni que un humorista pueda actuar de forma graciosa. Shorty Castro era ambas cosas y eso lo hacía grande.

La primera vez que supe de él fue al verlo en aquel anuncio del solar de automóviles de Harry Rexach, oye chico para dónde vas, que según el mismo Shorty fue el primer rap de la historia. Luego me escapaba de las grabaciones de Borinquen Canta, donde comencé con Producciones Tommy Muñiz, para ir a verlo hacer del travieso Ángelo, eso no se hace, de los Angelitos donde Jacobo Morales era el ángel guardián. Una vez lo tuvimos de invitado en Los Rayos Gamma en el Centro de Bellas Artes, y asombró a todos con su, graciosidad, disciplina y humildad.

Creo que al marcharse a hacer “comedia de altura”, le debemos el reflexionar sobre la comedia que se hace en nuestros tiempos, de poca altura, no necesariamente por culpa de los libretistas y actores, que siempre prefieren dar lo mejor de sí mismos, si no por las presiones comerciales que tienden a auspiciar lo que equivocadamente piensan que es lo que a la gente le gusta.

Me preparaba precisamente para salir a realizar algunas entrevistas sobre el humor de Quino, creador de Mafalda, Santiago Cornejo, de las tirillas Corné, el grupo Les Luthiers, y otros gigantes de la buena risa con contenido en El Museo del Humor en Buenos Aires cuando entró en mi celular la noticia de la muerte de Shorty. Aparte de golpearme como si fuera la partida de un familiar, lo tomé como una señal, un llamado a esto que planteo, repensar la comedia, comprometernos más a hacer que la gente se ría, sí, pero que detrás de la risa haya una profunda reflexión. Es el mejor homenaje que le podemos hacer al Shorty Castro... El Grande.  

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