Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Siembra

Nuevamente nuestros muertos nos hablan.

                        La tragedia de Puerto Rico deja                           rastro en los decesos documentados en el informe de la Universidad George Washington sobre las muertes provocadas por el huracán María. Ellos nos cuentan que la falta de luz, de accesos, de servicios, son síntomas —graves— de un mal cuyas raíces están enterradas por el egoísmo, el tribalismo y la trivialidad.

Las muertes que dejó la secuela de errores, ineptitud y negligencia tras el huracán denuncian un país desgarrado, con una herida profunda, dolorosa, que repugna. Esa herida, que es la desigualdad, supura abusos y apatías, crisis y violencias. Y la infección se propagará mientras no se asuman las políticas económicas y sociales que la suturen.

Entonces los muertos dejan de ser números, para contar la realidad.

En esa realidad se levantan, capa encima de capa, estructuras sociales, económicas y políticas que excluyen y atropellan. Que benefician a unos y arrebatan oportunidades a otros. A más de la mitad del país. Al punto de exponerlos a la muerte. Una cultura que aísla y vulnera. Enferma y mata. A muchos porque son viejos o porque padecen enfermedades que se reproducen en un sistema que asume la salud como un producto.

Para sanar a Puerto Rico se necesita más que un mandamás, más que un eslogan, acólitos o estrategas. Una comisión no bastará si las soluciones parten del mismo paradigma que ha perpetuado los problemas de la isla. Se necesitará visión amplia y humanista, peritaje y datos probados. La prioridad impostergable es reducir la pobreza y la marginación económica y social que, para quienes las sufren, aumentó en un 45% el riesgo de morir tras el huracán. Hay más de 3,000 razones para nombrar y atender las causas y las consecuencias de la desigualdad.

En su plan para que Puerto Rico deje de ser tan vulnerable, el gobierno intuye que los ciudadanos, a través de las organizaciones del tercer sector, tienen mucho que aportar a la reconstrucción. Lo percibe, lo presiente. Se le hará más claro si alcanza a superar el paradigma tecnocrático, de cálculos numéricos y políticos, para facilitar que, de este duelo, surja un país justo y seguro para todos.

Ese país justo y seguro para todos está latente en todas las organizaciones sin fines de lucro, en todas las organizaciones de base comunitaria, de base de fe; en los emprendedores sociales; en los innovadores sociales, y en miles y miles de voluntarios que se lanzaron a la calle a salvar a este país.

El devenir social, económico, cultural y político del Puerto Rico post María, dependerá en gran medida de cómo el sector privado y el gobierno se apalancan de la experiencia, del peritaje, de la voluntad y de las redes de colaboración del llamado tercer sector.

Innovaciones sociales han emergido con fuerza en la cultura, en la agricultura, en la educación y en la energía, por ejemplo. Las claves de nuestra sostenibilidad están dadas en todos esos proyectos que han ido poblando la isla entera. Son proyectos que retan el status quo, son colaborativos y solidarios. Y están empezando a atraer financiamiento privado al país. Los hay de todo tipo, pero muchos pertenecen a una generación de jóvenes que creen en Puerto Rico. Globalizados, conectados, valientes y visionarios.

Son ellos los que tienen las verdaderas claves para hacernos más resilientes, más solidarios, más creativos, más conectados a las prácticas mundiales de bienestar y sostenibilidad. Son ellos los que marcan el verdadero camino hacia nuestro porvenir.

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domingo, 16 de septiembre de 2018

La respuesta

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