Silverio Pérez

Punto de vista

Por Silverio Pérez
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Silverio Pérez: realidad e incertidumbre

Mis ancianos padres voltearon la cabeza hacia la puerta desde donde yo les había gritado un ¡hola! ¡llegué! Ambos intentaron enfocar la vista para distinguir en la sombra siluetada por el contraluz en el marco de la entrada a la casa quién era el recién llegado. Me adelanté y les di un beso a cada uno. Entonces dijeron casi a unísono: ¡Junior! Había transcurrido exactamente una semana, llena de innumerables ansiedades, desde que me fui a cumplir con los compromisos artísticos que tenía con Los Rayos Gamma en un crucero. 

¿Cómo te fue?, preguntó Mami de inmediato, siempre enfocada en los demás, descartando que era yo el que quería saber cómo se habían enfrentado a la incertidumbre provocada por los temblores de tierra. Pasaron muchas cosas por mi mente antes de contestarle. No era la primera vez que aquello de que “el espectáculo debe continuar” había puesto a prueba ese compromiso que contrae todo el que escoge las artes escénicas como profesión. De la alegría del primer encuentro la víspera de Reyes con los 500 boricuas que vinieron de toda la isla, incluyendo los municipios 79 y 80 en los Estados Unidos, pasamos a la angustia provocada por las noticias que llegaban de los movimientos telúricos del día de la Epifanía. Esa segunda noche tocaba hacer una bohemia que inició con Normando Valentín, uno de nuestros invitados, poniendo al día a los viajeros sobre la situación en la isla. Cantar tiene un efecto sanador que va mucho más allá del mero entretenimiento. Y así sucedió. Eso no quitó que al otro día algunos intentaran, aunque infructuosamente, tomar un avión de regreso desde el primer puerto caribeño al que llegamos.  

Pero no era el momento de contarles a mis padres estos detalles. Quise corroborar lo que ya me habían comunicado por “wasap” mis hermanos y hermanas a cargo de cuidarlos. A Mami, de 94 años, la preocupación le había subido la presión. Papi, de 105 años y medio, se la pasaba inspeccionando la estructura de la casa y el muro de contención que separa de la carretera el montículo de tierra donde está enclavada la residencia. Insistí en que me dijeran cómo se habían sentido. Papi me dijo: parece que a la isla se le pegó lo de las navidades y se convirtió en tembleque. El humor también tiene efectos terapéuticos y mi papá es un experto en utilizarlo a la menor provocación. Por eso, el primero de los dos espectáculos que ofrecimos Los Gamma en el crucero comenzó con una parodia que escribí pocas horas antes de subir a escena. “Y tiembla la tierra, y yo de crucero”, cantamos parodiando la canción Cipriano Almenteros que hizo famosa Ismael Miranda y que precisamente hablaba de un acontecimiento ocurrido en 1806, allá para el mes de enero. Provocar la sonrisa en medio de una tensa situación, o en un momento de dolor, es una muy difícil responsabilidad que por 48 años Los Gamma nunca hemos rehuido.

A la salida humorística de mi padre, mi madre sentenció: la tierra tiembla, esa es una realidad. Ella siempre ha sido mi ejemplo motivacional. Ese mismo mensaje había tratado de llevarlo en la charla de motivación -que abrimos a todo puertorriqueño que estuviera en el barco, independientemente que hubiesen ido o no con nuestro grupo- que di el quinto día de viaje. Después del comentario de Mami, reflexioné sobre realidades e incertidumbres. Aceptar una y otra es un ejercicio de nuestra inteligencia emocional. Aprendemos a aceptar la incertidumbre que nos provoca un diagnóstico médico inesperado, la ruptura de una relación, el despido de un trabajo y la turbulencia de un vuelo, porque todo es parte de la realidad de la vida.

A lo que no podemos acostumbrarnos es a la incapacidad de algunos líderes que tienen la responsabilidad de atenuar la incertidumbre de la población con verdades, planes de emergencia previamente certificados, sin utilizar las desgracias para adelantar fines políticos. A esos, no nos debe temblar el pulso para quitarlos de donde no se merecen estar.


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