Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Simplemente María

The clumsy, wasteful,

blundering low and

horridly cruel works of nature!

-Charles Darwin

Lo más que sorprende es su ritmo, como si algún neumólogo cósmico le hubiese dicho que aguantara la respiración para entonces soplar con fuerza, lo cual quizás explicaría la diferencia entre los vientos sostenidos de casi doscientas millas por hora y las ráfagas de cien. Tanto ruido ensordecedor evita que el oído se afine a escuchar el feroz soplido. Eolo hincha sus carrillos y sopla, pero, lo mismo que en el relato The nigger of the Narcissus, de Joseph Conrad, lo que oímos y adivinamos son los objetos que vuelan, como esa antena parabólica que en pleno vuelo rompió mi tragaluz, algún otro metal que es difícil adivinar si fue el cabezal del extractor del edificio, o alguna plancha de aluminio, porque las de cinc —en mi primera tormenta, Santa Clara, 1956— siempre sonaron más pesadas. Intentaremos adivinar la causa del estruendo más reciente. Esta vez no escuché el desganche inicial de los árboles —el estallido de la madera al rajarse— cuando comenzó a soplar, como recuerdo de Santa Clara y Hugo. Cuando la ráfaga comenzaba a ulular quizás lo peor del viento ya había pasado. Al silbar, después de veinte horas de huracán, quise reconocer que iba amainando.

Como siempre ocurre, en algún momento el huracán toca a tu puerta, se vuelve personal, quiere, se obstina, en hacerte daño. Casi siempre es una puerta que empieza a sonar, que amenaza con abrirse; es el traqueteo en goznes y pasadores lo que te amenaza. Es el ruido destinado a tus nervios. Lo otro es casi una condición, un estado de cosas. Pero esa puerta que durante diecisiete horas te amenazó con abrirse, dañar muebles, libros, obras de arte, es ese otro ritmo, un poco a contrapunto, el de la tortura, aquel de la expectativa por un azote mayor y un dolor más duradero; es la espera de la catástrofe, acompasado por un lento pasar de las horas. Es el momento de correr al sitio más protegido, como aquel calabozo del negro del Narcissus durante el tifón, las horas que para él transcurrieron, marcadas por el sonido del maderamen del buque, aquél a punto de restallar. La imaginación es la hermana mayor de la ansiedad.

Al día siguiente, el 21 de septiembre de 2017, la vista es desoladora. Nada parecida al día después del huracán Irma, que dos semanas antes pasó al nordeste de Puerto Rico. Aquí en Guaynabo, después de Irma, había hojas por todos lados en el estacionamiento del edificio, un pequeño desganche en un tulipán africano de la finca vecina. El día después de María es el paisaje después de la batalla, al otro día de la fuerza aérea bombardear con Napalm, o agente naranja, las selvas de Vietnam. Todos los árboles en pie están sin ramas y sin una hoja. Los otros fueron arrancados de raíz. Lo que fue tupido bosque tropical ahora luce paisaje despejado: vemos casas que antes no se veían, caminos que jamás adivinamos estaban allí. La fuerza aéreayanqui defoliaba en Vietnam para que la infantería tuviera mejores blancos.

Aquí el paisaje ha perdido lo umbroso, la privacidad, quizás la interioridad, que nos daba la sombra de los árboles. Es como Vietnam, o antes el atolón de Tarawa, sin los cadáveres calcinados. El estallido de una bomba atómica genera esta energía; el paisaje quedaría algo así, como éste que está ahí, ventana afuera. Esa sería la crueldad de nuestra naturaleza, la peor, la humana, esa que pertenece a la que estudió Darwin.

Entonces, a los dos días, una vez se levantó la humedad y comenzamos a sentir un calor infernal, sobre la ciudad comenzó a asentarse aquella nube de polvo, el aire olía distinto, empezaron a secarse los escombros, las hojas, el polvo se elevaba. Era una bruma pesada, parecida a la del polvo del Sahara cuando nos llega en marzo.

¿Cuántas veces me ha cambiado el paisaje? He visto cinco huracanes y también la modernidad de Puerto Rico: Conocí el paisaje del cañaveral en el Valle del Turabo y loma adentro hacia Aguas Buenas. Recuerdo posiblemente la carretera más bella de Puerto Rico entre los treinta y los setenta —vista reproducida en tarjetas postales—, la 156 entre Caguas y Aguas Buenas, sembrada por camineros durante las primeras décadas del siglo XX, los flamboyanes que cerraban en las copas, formando dosel. Ya en los años sesenta había ganado en ese valle, las reses atraían las garzas africanas. En los ochenta se alteró todo: donde estaban los flamboyanes ahora corría una autopista a cuatro carriles con un puente elevado con pilastras. Después del huracán Hugo, en 1989, vi por primera vez el paisaje herido. Ahora esto. El huracán María ha borrado nuestra modernidad, esa que vi construirse a partir de los años cincuenta. Después de San Felipe, en 1928, mi familia tuvo que edificar un nuevo caserón. Hoy por hoy, ante la falta de electricidad, las incomodidades, tengo que cargar la batería del celular en el auto. Pero la mayoría de los puertorriqueños, los de la ruralía y los pueblos pequeños, a mitad de camino entre la miseria, la pobreza y la modernidad, entre el aluminio y el cinc, las paredes levantadas con madera o el “gypson board”, lo han perdido todo: techo, paredes, pertenencias y automóviles.

Mingue tiene setenta y cinco. Me lleva cinco años y entiende la tierra de una manera, en este Puerto Rico de hoy, casi heroica. Perdió su sembradío y la mitad de su casa, también su huerto; pero quiso salir, con las primeras ráfagas, a ver aquella crueldad, la torpeza soberana que destruía su trabajo. “¿Saliste con los primeros vientos?” “Pues seguro, para vivirlo”, me contestó, y con mucha alegría, hasta satisfacción. Por fin conoció, mejor que yo, lo que contaban nuestros padres y abuelos. No lo viví como él; solo lo escuché, en el baño más recóndito de la casa, bien ocupado y preocupado que estuve todo el tiempo con el traqueteo de la puerta de la terraza.

Mi pequeña finca de Aguas Buenas, donde Mingue perdió toda su siembra de plátanos y malangas, su huerto con ajíes y gandules, contenía todos los elementos del paisaje cultivado: el jardín, el huerto, el bosque y la siembra. El césped con su avenida de palmas de coco, los flamboyanes —algunos arrancados de raíz—, todo lo devastó el viento. Los caobos que sembré en mi primera juventud sobrevivieron, también la araucaria que sembró el viejo cerca de la casa, siguiendo la sabiduría ancestral de que los pinos rompen los vientos. Las magas que sembró mi madre perecieron, las dos. Ese árbol florido, que es árbol nacional, fue arrancado de raíz. Una de las reinas de la flores se quebró, la otra quedó en pie, las heliconias se renovarán a pesar del destrozo. El bosque de madera de teca que sembró mi abuelo excéntrico, allá en la loma, quedó sin hojas.

A la naturaleza y paisaje le tomará más tiempo renovarse de lo que me resta de vida. Me queda su memoria, la certeza de su belleza como recuerdo, su porvenir como esperanza. Es la memoria de cierta perfección, como recordamos la sonrisa de una mujer que amamos y que murió: el césped, las palmas reales y las de coco, el seto de cruz de malta; al fondo, donde la vista descansa, el flamboyán florido. El día después de Irma, todo ese jardín con sombras oscuras, que se aclaraba con las malanguitas y los crotones, estaba recubierto de hojas, el anticipo de la desolación que ya pronto llegaría, porque un rayo sí que puede caer dos veces sobre la misma palma. Ocurrió lo que más se temía.

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