Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Sin país

Mis memorias, ese libro ejemplar con que comienza la literatura puertorriqueña, ya desde el subtítulo -“Puerto Rico como lo encontré y como lo dejo”- nos comunica el intento por comprender una sociedad a través de sus transformaciones. Algo así intentaremos a continuación.

La generación que condujo Muñoz Marín, y que empezó su declive con la derrota del Partido Popular en 1968, grupo generacional más o menos acostumbrado a un liderato fuerte, casi autoritario, sacó al País de la miseria , creó una clase media, dejó el País a medio hacer y ya no queda rastro de ella.

La sucesión de gobiernos penepés y populares, que han gobernado el País durante cuarenta y siete años, fue una oportunidad para profundizar la democracia puertorriqueña. No ha sido así: el bipartidismo, y mediando el ya centenario problema del estatus, ha debilitado nuestra democracia, llevándonos a un caos en que la “sindicatura federal” -la prueba perfecta de que somos incapaces de construir un país- ya se vislumbra como una posibilidad real.

Pero la discusión del estatus es solo parte del problema. También está el hecho de que ante una mayor complejidad gubernamental, y una economía en decadencia, en el horizonte han surgido dos males, imprevistos hace veinte años. Uno es la tecnocracia, o gobierno por los consultores; el otro es lo que llamó Juan Manuel García Passalacqua la “opiniocracia”, que es el gobierno de los que confunden opinión con conocimiento.

Son muchas las instancias en que los puertorriqueños hemos sido incapaces de lograr un consenso que adelante la causa del País. Entre el PNP y el Partido Popular poco podemos esperar: se trata de una gritería entre sordos. La llamada sociedad civil aún permanece muy débil para representar un cambio de actitudes. Cualquier “agenda ciudadana” es útil en lo que toca a la esperanza, inútil como ejercicio de un verdadero cambio; los políticos todavía mandan.

En el más reciente episodio de nuestros cien años de incomprensión, vemos cómo los males antes mencionados han paralizado el País. Si de democracia se trata, poco funciona cuando la oposición, unida a legisladores desafectos del Partido Popular, fueron capaces de torpedear una reforma contributiva que el País necesita urgentemente. Las tasas, el derecho absoluto de todo el mundo a considerarse “exento”, todo eso es comprensible y negociable. No haber aprobado siquiera unos parches cónsonos con la legislación propuesta por el gobernador, omisión que coloca al País al borde del precipicio fiscal, no se entiende. Poco sabemos sobre los legisladores del Partido Popular que le aplicaron la retranca a la legislación, de su formación académica o desempeño profesional, algunos son legisladores novatos, quizás tengan agendas ocultas, no sé, más me suenan a la arrogante “opiniocracia” diplomada. La legislación era buena: ponía a pagar a los puertorriqueños en lo que mejor se nos da, es decir,el consumo; se le otorgaban beneficios a la clase media y trabajadora. Junto con impuestos a las megatiendas y ajustes a las tasas contributivas de las empresas foráneas, ello bastaba para no seguir en la pretensión de un nivel de vida muy por encima de nuestra productividad.

Es improbable que Puerto Rico no tenga que ir nuevamente al mercado de bonos. (Al adicto le toma tiempo “desintoxicarse”.) Con un IVA cuestionado por el PNP, que amenazó con “abolirlo” una vez llegase al poder, y los populares desafiliados en colaboración, a quienes el País les dio un mandato que ahora escamotean, será difícil lograr cualquier préstamo. Será como ir al banco a pedir prestado en medio de un divorcio en que la sociedad de bienes no se ha disuelto y la pareja tampoco se habla. La ironía de esto es que esa misma pareja está dispuesta a irse a la “quiebra federal”, con tal de renegociar sus pasadas embrollas una vez explotaron las tarjetas de crédito.

El próximo capítulo será tratar de crear un “pacto social” con las uniones obreras para recortar jornadas laborales, ajustar servicios gubernamentales y aplazar beneficios. Tarea casi imposible. Me formé ideológicamente en la Universidad de Puerto Rico. Es en ese sitio donde más he oído hablar sobre el “bien común”. Tan pronto se habló de pasar los dineros de los pensionados universitarios al Banco Gubernamental de Fomento, todos los gremios de la Yupi dijeron que no. Con la Utier será más difícil.

Cuando pequeño la política que conocí era para señores. Esto de los sobrenombres legislativos como “Tatito” y “Piti” me pone nervioso. Doña Piti, por ejemplo, está preocupada por los refrescos en la dieta de los niños, que es como fijarse en el color del traje de baño cuando el niño de educación especial ya se ahogó.

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