Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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¿Sí o No?

Una invitación de la “Fundación Gabriel García Márquez” para el Nuevo Periodismo Iberoamericano posibilita mi vuelta a Cartagena de Indias durante diez escasos días de septiembre. Como “el amor desconoce la saciedad”, según el poeta Novalis, hasta cien me resultarían escasos tratándose de Cartagena de Indias. Ciudad legendaria porque el Hechicero Mayor ubica en ella dos novelas que elevan el amor a fiesta de la insistencia. Ciudad legendaria porque el ver, el escuchar, el oler, el tocar, el saborear, organizan aquí un feliz trastorno. En fin, Cartagena de Indias enamora.

¿Cuál enamorado no sabe que los enamoramientos nutren el cuerpo, de arriba abajo? Sobre todo nutren los sesos y el alma, esa bellísima cosa sin forma. Poco después de recalar en el “Urban Royal”, hotel donde me instalan mis anfitriones, camino a la librería “Ábaco” en busca de alimento para los sesos. Compro la novela “Tríptico de la infamia” de Pablo Montoya. Compro “La llave secreta de Melquiades”, nueva biografía del Hechicero Mayor con firma de Gustavo Tatis Guerra.

No faltaba más: Cartagena de Indias también enamora la barriga. Si bien la “Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano” no me invitó a turistear y sí a laborar junto a un grupo formidable de periodistas afincados en el sector cultural, durante los instantes de ocio encaro chicharrones de tiburón en “La Casa de Socorro”. Y encaro una sopa de auyama con trozos de queso en el restorán “Milas”, sopa que obliga a cerrar los ojos, tragar y vaciar el plato. Caprichos del idioma: auyama nombran la calabaza en Colombia y la República Dominicana.

Si caprichoso es el idioma más lo es el recuerdo. Los desplazamientos del hotel a la librería y de la librería al hotel me recuerdan una observación novedosa de Mayra Montero: en el “sonoro espejismo de la tierra” se cuaja el rasgo distintivo del Caribe. El sonoro espejismo me rodea “Donde Fidel”, una terraza al aire libre que el público abarrota en cuanto el crepúsculo hace de las suyas y que ubica cerquitita del Urban Royal. Consigo un acomodo junto a las murallas, libro de Pablo Montoya en mano.

Al compás del cerveceo oigo los diálogos cartageneros y trato de leer. Pero, el oír acaba venciendo el leer, tanto fervor enciende las conversaciones. Oigo examinar el tema con intensidades ascendentes, como si fuera la versión para boca, lengua y garganta del Bolero de Ravel. El tema, suscitador de esperanzas y rencores, no es otro que el plebiscito entre el Sí y el No. O sea, el plebiscito en el cual se formula una pregunta: “¿Apoya usted el Acuerdo Final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”.

Me llama la atención que la pregunta aluda a la “terminación del conflicto”. ¿Acaso va a dar todo problema colombiano actual, al margen de enorme o nimio, a la tragedia sin héroes que supone el “conflicto”? Parece que sí. ¿Acaso no ha habido otro “conflicto” en la vividura colectiva colombiana durante los últimos cincuenta años? Parece que no.

Como los puertorriqueños, sin remedio varados en el tema del estatus colonial, los colombianos viven varados en el tema del “conflicto”. No es para menos. El “conflicto”, o guerra sostenida entre gobiernos electos en las urnas y los grupos alzados, transformó el horror en protagonista supremo de las noticias emanantes de Colombia.

Dicho protagonismo desplazó a un plano secundario cuanto noble y honroso jamás se dejó de efectuar en Colombia, a pesar del imparable derramamiento de sangre. Los espléndidos cultivos artísticos. La internacionalización del deporte. El puntual civismo. La apuesta a la posibilidad del turismo. La inserción masiva de la juventud en las ciencias exactas. La apertura de las universidades a las clases pobres. El abrazo cordial a la ecología.

En fin, el “conflicto” que atormentó la vida de Colombia durante cincuenta años no menguó la creatividad del país. Tampoco agotó el modelo gubernamental democrático, menos aun autorizó la consolidación de una política dictatorial.

“Nuestra tradición es el desamparo” escribe Reinaldo Arenas. La sentencia amarga vale de epígrafe a la Segunda Parte del “Tríptico de la infamia”.

Pago al camarero de “Donde Fidel” y regreso al “Urban Royal”. Como la noche apenas si gatea me dedico a escribir cuanto pensé a contrapunto de tantas esperanzas y rencores. Retomo la estremecedora sentencia amarga de Reinaldo Arenas. Así comienzo: “Para que el desamparo deje de ser tradición la paz merece un turno al bate, dondequiera”.

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sábado, 25 de agosto de 2018

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