Pablo Vázquez Ruiz

Punto de Vista

Por Pablo Vázquez Ruiz
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Sismos: lo que solo el suroeste puede entender

Fue necesario que toda la isla temblara una vez más para que de nuevo se mirara hacia el área sur y se retomara un tema casi olvidado desde que la prioridad gubernamental y pública es la crisis del COVID-19.  

Al menos algunos medios de comunicación supieron hacer hincapié en algo más allá de la magnitud del sismo o la severidad de los daños físicos y económicos.  Destacaron que la angustia de muchas familias se agudiza con estas réplicas mayores y la frustración llega al punto de la desesperanza porque por meses han sido desatendidas sus necesidades básicas y tienen que valerse por sí mismos, o depender de los samaritanos que por fortuna abundan en nuestro suelo boricua.  

Para muchos de nosotros, el lema “Quédate en Casa” no representa mayores problemas porque tenemos agua, electricidad, televisión, internet y tal vez una alacena llena.   Sin embargo, “Quédate en Casa” no representa lo mismo para quien todavía vive en una caseta de campaña o quien tuvo que dejar atrás su residencia con una “X” en un recuadro rojo a la entrada.  Aún los residentes de esta área que no tuvieron la necesidad de reubicarse viven una constante ansiedad e incertidumbre porque la tierra no cesa de temblar todo el día.  

Lo cierto es que, en muchos sectores del área afectada, el suelo parece una piscina de olas y se da la sensación de que uno va la deriva si está sentado o acostado.  Rechinan los muebles, las ventanas y en ocasiones, las paredes, aunque sean de concreto. Durante el día hay sus momentos de relativa calma, pero cuando se agita ese oleaje, comienza la tensión y la preocupación por lo que pueda seguir. Y lo que sigue es con frecuencia un evento que se registra.  

Para la población más vulnerable, especialmente las personas de edad avanzada, resulta angustioso y desesperante.  A menudo me entero de adultos mayores que se han enfermado por estas circunstancias y escucho testimonios similares de clientes a quienes atiendo con las inspecciones y rehabilitación de sus residencias. 

La empatía con los más afectados debe ser prioridad para las autoridades y tiene que partir de una consciencia plena sobre la realidad del día a día para los afectados.  La atención al problema no debe limitarse a cuando tiembla fuerte o colapsan las estructuras.

El autor es expresidente del Colegio de Ingenieros y Agrimensores de Puerto Rico.

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