José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
💬 0

¿Sobre qué?

Hay palabras que, de tanto haberlas escuchado o leído, parecen desgastarse hasta olvidarnos de su significado. Ocurre así con la palabra soberanía. “Autoridad suprema del poder público”, la define el diccionario. Pero cuando esa palabra ha surgido en algunos de mis cursos de historia, al tratar de definirla, un silencio sepulcral se impone sobre el salón; algunos levantan los hombros, otros ponen cara de “yo no sé”, hay quien quizá dice, “ah, poder”, mientras otros se preguntan en silencio “¿sobre qué?”

El tema de esa discusión se tornaría académico, a no ser porque, tanto el significado como las implicaciones de la soberanía, han estado presentes por siglos en medio del debate político. En la Antigüedad, por ejemplo, San Agustín comparaba el gobierno terrenal con un reflejo de la Ciudad de Dios. De ahí, entonces se podría concluir, la soberanía era patrimonio divino. Y así, con ese mismo concepto se fundarían más tarde estados nacionales y se erigieron monarquías en Occidente.

Pero al llegar a los albores de aquel siglo de las luces, algunos filósofos comenzaron a cuestionarse dónde debía radicar aquel poder para gobernar. Y la respuesta, publicada por pensadores como Locke o Rousseau, y esparcida entre las masas, cambió los términos de aquella ecuación. A partir de entonces no hubo lugar a dudas: la soberanía radicaba en el pueblo, y los monarcas o gobernantes eran sólo los primeros ciudadanos, pero ya no serían los destinados a ostentar absolutamente aquel poder. Y fue con aquellas nuevas ideas sobre la soberanía como se derrocaron viejas monarquías y surgieron nuevas naciones, como Estados Unidos.

Ahora, aquí entre nosotros, no nos debe extrañar que toda esa discusión parezca algo extraña y foránea. De hecho, en los más de cinco siglos de nuestra historia, la soberanía siempre aquí ha estado en algún lugar allá afuera.

Durante la época del dominio español, los visitantes que pasaban por la Isla se sorprendían ante las actitudes de los isleños frente a la soberanía española. Según describe el historiador Ángel López Cantos en su libro “Los puertorriqueños: mentalidades y actitudes”, si bien ya los criollos sentían la Isla como su patria, sin embargo eran más leales a la soberanía de España que los mismos españoles.

Así lo anotó un visitante de la época: “Estos vasallos isleños, aunque agraviados y oprimidos, le son tan acérrimos leales a su majestad y a la corona de España tan adictos, que no lo son tanto muchos españoles”.

Pero luego, en el 98, ante la llegada de esos impresionantes acorazados norteamericanos a nuestras costas, muchos de aquellos “acérrimos leales” no sintieron el más mínimo reparo en cambiar su lealtad hacia el nuevo régimen, tal cual documenta Fernando Picó en su libro “1898: la guerra después de la guerra”. Y como ahora sabemos, aquel nuevo poder soberano nunca tuvo la más mínima intención de anexar aquella nueva posesión como estado de la Unión. Imperaría hasta el día de hoy aquella célebre “cláusula territorial”. Quedó definido por el Tribunal Supremo a principios del siglo pasado en los llamados “casos insulares”: “Pertenecemos a, pero no somos parte de Estados Unidos”.

Y así hemos estado por más de un siglo. Todos los esfuerzos por aclarar ese limbo jurídico siempre se han estrellado con el mismo muro de indiferencia e incomprensión en el Congreso. A veces olvidamos que hasta el mismo nombre, Estado Libre Asociado, fue propuesto en 1922 por el congresista Philip Campbell. Hubo que esperar tres décadas, a la creación de las Naciones Unidas, para la carta de descolonización y a la Revuelta Nacionalista, para que la Ley 600 nos autorizara redactar nuestra constitución, sujeta siempre al poder del Congreso. Y de ahí para acá, en las cinco consultas de status celebrada, el Congreso jamás se ha comprometido a “vincularlas” para tomar acción.

Días atrás, en la sección de cartas de este diario, un lector reprochaba a quienes reclamaban la soberanía por haber olvidado de dónde venían los fondos del PAN, Medicare y una larga lista de otras remesas. Pero el lector olvidó mencionar que quien da, también quita. Así también hemos olvidado que esos fondos no siempre han estado presentes durante la soberanía norteamericana, pues fue tras la década del 1930, con el “Nuevo Trato” cuando empezó a cuajar ese estado benefactor. Y con la consigna, “el status no está en issue”, vimos crecer la economía y modernizarse la sociedad. Pero lo que funcionó entonces, hoy no sirve para palear la enorme deuda que arrastramos y la emigración rampante.

Vemos ahora a los políticos lanzarse en carrera para ser escuchados por algún comité del Congreso, en busca de algún remedio, quizá otra medicina amarga. Y ante aquellos oídos sordos allá, más les convendría buscar consuelo en aquellos sabios consejos del Quijote: “Los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo”.

Mientras tanto, en esa larga espera por ver qué pasa, no debe de extrañarnos que casi nadie se cuestione ya dónde radica la soberanía. O si, acaso, alguien pregunta, que contesten, ¿sobre qué?

Otras columnas de José Curet

💬Ver 0 comentarios