Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Sobrevivir a la colonia

Ya no hay vuelta atrás ni eufemismo que valga. Una colonia es una colonia, es una colonia. Lo sigue siendo –como la rosa de Gertrude Stein- no importa cuán perfumada sea. Implica carecer de soberanía para dirigir los destinos propios y para implementar los medios de conseguirlo. Como la adolescencia, debería ser un estado transitorio, pero ha resultado permanente. ¿Cómo superarlo? Acabar con cualquier dependencia –incluso la colectiva- supone reflexión, decisión y acción.

Lo primero es tomar consciencia de lo que somos: una isla pequeña con ventajas y desventajas naturales, y muy poblada (esto cuenta como ventaja). Muchos puertorriqueños han tenido una educación privilegiada; otros la tienen adecuada. Apenas hay analfabetas, según las estadísticas. Nuestra clase profesional y técnica es numerosa; también lo es la de los trabajadores.

Lo que no hay aquí es la voluntad de ser un país, ni solidaridad para trabajar unidos hacia una meta común, ni compromiso con un mayor desarrollo. Los colonizados tienden a existir en una especie de limbo, inmovilizados de cara al futuro porque el futuro no es suyo, sino de los “otros” que los rigen. Los más conscientes escapan de dos maneras: o bien frustrándose ante la situación que juzgan inamovible y tratando de ignorarla o bien adoptando un cinismo auto-lacerante de desprecio a lo propio. Ambos extremos son destructivos.

Nos reconocemos como puertorriqueños en nuestras maneras de ser, nuestros referentes, nuestra relación con la tierra, nuestras formas de sociabilidad, nuestra sensibilidad. No nos entendemos en nuestras aspiraciones y metas políticas y la forma de conseguirlas. Décadas de gobiernos demagógicos, de engaño, corrupción y tergiversaciones nos han dejado ese otro déficit. Las divisiones políticas nos están, literalmente, matando; la corrupción a todos los niveles de la sociedad nos está empobreciendo.

Necesitamos llegar a un entendimiento básico entre nosotros, una concertación respecto a lo que somos y lo que debemos hacer para encaminarnos en una dirección dada. Nuestra historia ofrece ejemplos de tal acción concertada. Los momentos del pasado en que nos unimos para hacer reclamos justos señalan pautas para el futuro.

En el siglo XIX, cuando se debatía el asunto de la abolición de la esclavitud, nuestros representantes ante la Junta Informativa de Reformas establecida por el gobierno español abogaron –a diferencia de los cubanos- por la abolición, con o sin indemnización para los dueños de esclavos. Fue una página brillante y noble en nuestra trayectoria.

En los años 60 del pasado siglo, cuando se iniciaron las negociaciones para establecer una industria minera de cobre en el corazón montañoso del país, las protestas generales y el naciente movimiento ambientalista detuvieron el destrozo de nuestra tierra. Un arma importante de aquella lucha fue la opinión pública, no solo en el país sino en los Estados Unidos.

Más tarde en ese siglo, nos unimos –como nunca antes- para reclamar que la Marina de los Estados Unidos, la más poderosa del mundo, abandonara las islas de Culebra y de Vieques que estaban devastando con sus prácticas de bombardeos. Cuando se logró que saliera de Culebra en 1975, el reclamo para recuperar a Vieques arreció. Unió a gente de todos los partidos y todas las ideologías. Muchos acamparon allí, sufriendo penurias e incluso cárcel. Lo “imposible” se logró tras la marcha masiva de 2000: la Marina desalojó Vieques. No fue menudo logro, dada la magnitud del contrincante.

Tales instancias constituyen la pauta para organizar un reclamo de medidas descolonizadoras. Necesitamos pedirlas como pueblo que quiere decidir su destino ulterior. Reclamemos ante nosotros mismos y los Estados Unidos espacio y tiempo para un debate concluyente sobre las opciones posibles y las condiciones concomitantes, sus riesgos y ventajas, sin que medie la política partidista en el asunto.

Solo así lograremos sobrevivir al estado colonial que vivimos desde que nos descubrió Colón en 1493 y nos colonizó Ponce de León en 1508. El momento es crucial. Que no se diga de la generación actual que no supo estar a la altura de su destino.

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