Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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Solidaridad con la diáspora

La época de crecimiento económico a mediados del siglo pasado no se sostuvo solamente en Operación Manos a la Obra. Fueron muchas otras manos que firmaban mensualmente en Nueva York unos giros postales de veinte, treinta y cincuenta pesitos, las que ayudaron a echar pa’lante a muchas familias puertorriqueñas.

Cada vez que alguien habla con menosprecio de nuestra diáspora, mi mente vuela a aquel cartoncito verdeazul que le sacaba una sonrisa dulce y agradecida a mi abuela.

Cuando a Puerto Rico le amenaza un desastre, las líneas telefónicas se ataponan de llamadas de nuestros parientes allende los mares preguntando cómo estamos y si necesitamos algo.

Recuerdo el Huracán George. Graciela, Gabriela y yo nos quedamos varadas con los perros y los gatos en el segundo piso de nuestra casa en Ocean Park porque al primero había que bajar en kayak. Cuando funcionaron las líneas telefónicas, nos llovieron las llamadas de Nueva York indagando cómo estábamos y qué podían hacer por nosotras. Como si pudieran resolver desde allá. Me divertí haciendo pedidos de fantasía de golosinas de Zabar’s y pastrami de Katz. Me conmovió la solidaridad a distancia de día a día hasta que volvimos a la normalidad.

En territorio continental estadounidense viven casi seis millones de puertorriqueños. Nuestra diáspora vive bajo la amenaza de Donald Trump y sus supremacistas blancos. En Florida nada más hay sesenta y tres de estos grupos supremacistas organizados.

Nuestra gente en todas las comunidades boricuas de la diáspora duerme sobre una bomba de tiempo que puede explotar y llevarse a muchos por el medio en cualquier momento.

El yihadismo también nos amenaza de cerca. Añádanle a la lista de peligro a los boricuas que viven en Barcelona, París, Amsterdam, Berlín. Muchos de ellos estudiantes.

Me pregunto cuántos de ustedes han hecho esa llamada necesaria.

—Hola. Aquí pensando en ti. ¿Te estás cuidando?

Sabemos que no hay manera de cuidarse del todo. Yo tiemblo sabiendo que a mi hija y su esposo no va a haber nada que les impida seguirse uniendo a las demostraciones por la justicia en Nueva York. Pienso en Heather Heyer y su novio en Charlottesville y se me aprieta el corazón. Pienso que hasta hace semanas los hijos y nietos de una amiga vivían en esa ciudad de Virginia y se me aprieta el corazón. Pienso en los estudiantes boricuas en tantos lugares del mundo que son blanco del odio y el fanatismo y se me aprieta el corazón.

Entonces pienso en los enajenados del patio que adoptan en la colonia el discurso de Donald Trump y se me prende el diablo.

La ignorancia es comprensible. La perversidad no.

Equiparar el odio y el fanatismo de los supremacistas a las luchas por la justicia y la equidad no es de ignorantes. Es de malvados.

Que dos republicanos como Paul Ryan y John McCain establezcan la distancia moral entre el odio y la justiciay tengamos en la colonia a pichones de fascistas repitiendo como papagayos el discurso torcido de Donald Trump, no es comprensible y no es aceptable.

Ser anexionista no debe ser igual a ser canalla.

Presumo yo que ninguno de estos rednecks locales tienen parientes ni dolientes en la diáspora. ¿O es que su ceguera les borra también la familia?

Parafrasear a Donald Trump en estos momentos equivale a decir que es a la nación prometida de Trump —supremacista blanca, xenofóbica, misógina y beligerante— a la que aspiran a pertenecer como estado.

Si eso es así, ser antianexionista en Puerto Rico será un asunto de sobrevivencia, más allá de la ideología, más allá de la identidad cultural, más allá del miedo.

Entre tanto, los que sí entienden, levanten ese teléfono y marquen ese número.

—Hola. Aquí pensando en ustedes. Cuídensenos mucho.

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