Jorge Farinacci Fernós

Tribuna Invitada

Por Jorge Farinacci Fernós
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Solo nos quedan las playas

Los espacios públicos en Puerto Rico se han convertido en una especie en peligro de extinción. Además de su escasez por lo relativamente pequeña que es nuestra isla, estos espacios se han ido reduciendo dramáticamente producto de una ola privatizadora que traslada a manos privadas para su lucro aquello que nos pertenece a todos y todas para el disfrute colectivo.

La privatización, además de estar estrechamente acompañada de la corrupción, tiende necesariamente a encarecer el costo de los servicios o bienes que antes eran públicos. Esto tiene como efecto que solamente las personas con capacidad económica puedan disfrutar pagando lo que antes poseíamos como derecho.

Pero aún nos quedan las playas. Se trata del último rincón de propiedad colectiva que nos queda y podemos disfrutar. Seas rico o pobre, las playas nos pertenecen a, y pueden ser utilizadas por, todos y todas. En una isla tropical empobrecida por décadas de austeridad, recetas neoliberales y corrupción en beneficio de las clases políticas y adineradas, el acceso público a las playas para el disfrute común es parte de nuestra identidad como pueblo. No hay nada como ir con la familia, amistades, o incluso de forma solitaria, a disfrutar de la maravilla de la playa.

Por eso tenemos que protegerlas de dos amenazas existenciales. Primero, de los intereses económicos y sus aliados en la clase política que solo ven en los bienes públicos una oportunidad de enriquecerse y convertir en propiedad privada, para el disfrute de pocos, lo que debería ser propiedad pública, para el disfrute de todos. La privatización de las playas constituiría la pérdida de lo último que nos queda como Pueblo. Segundo, de una cultura consumista, individualista y egoísta que hace que tantos de nuestros compueblanos traten las playas como un zafacón glorificado. Ensuciar las playas de Puerto Rico es un crimen contra el ambiente y contra las demás personas que habitamos esta isla. El que las playas sean nuestras conlleva que debemos preservarlas.

Recientemente hemos visto rayos de esperanza contra estas amenazas. Importantes luchas ambientales y comunitarias han detenido, por ahora, los intentos de privatizar las playas. No debemos bajar la guardia ni por un segundo. Igualmente, si bien sufrimos al enterarnos de las noticias sobre el estado de algunas de las playas del país tras la Semana Santa, nos inspiramos a ver cómo puertorriqueños y puertorriqueñas se organizaron para limpiarlas. Mientras tengamos playas, tendremos pueblo.



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