Orlando Parga

Tribuna Invitada

Por Orlando Parga
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Soltando amarras coloniales

Somos la más vieja y poblada colonia del mundo y 526 años de apañamiento colonialista es “sucio difícil” de borrar. Nuestros conciudadanos del norte – transcurridos 243 años de rebelados contra la corona inglesa – mantienen un romance con esa antigua monarquía y las andanzas de la Familia Real Británica son primera plana en medios nacionales. De visita en Londres, el presidente Barack Obama dijo con algo de envidia a la reina Isabel II, que – back home – la gente estaba más atenta a la boda del príncipe William, que a las leyes que él firmaba.

George Washington rechazó la oferta de proclamarse Rey de Estados Unidos, lo que nos salvó de ser súbditos de su descendencia para hoy ser ciudadanos de la República. Por más evolucionada que esté la monarquía-constitucional hoy, la diferencia sigue siendo sustantiva. La realeza, como la presidencia, se mantiene con subvención pública, con inmunidad y privilegios, pero a la hora de la verdad en nuestro sistema republicano de gobierno, al presidente electo lo devolvemos como vino, de regreso a su casa tan pronto finaliza el mandato.

Acá, en nuestro insularismo colonial existe todavía temor sublimado a ese presidente que ejerce gran poder político sobre nosotros; y desde el cambio de soberanía nuestro liderato político alimenta la apariencia de una relación especial con el morador de Casa Blanca. Luis Muñoz Marín lo hizo a través de una escritora, a su vez amiga de Eleonor Roosevelt; mientras que don Luis Ferré empleaba su influencia en el GOP para que los presidentes republicanos atendieran los planteos de Puerto Rico. Para significarlo, somos la única jurisdicción que erige una estatua a cada presidente que nos ha visitado… lo que me tiene curioso por saber quién ordenará la del actual mandatario de la Casa Blanca.

En nuestra cultura política local un insulto al gobernador es ocurrencia diaria – pero al presidente – eso es algo que la mayoría del pueblo deja al nacionalista recalcitrante. Cuando este presidente Trump, de carácter soberbio e impredecible, nos visitó tras María en 2017, al gobernador Ricardo Rosselló Nevares, con la devastación del huracán sobre las costillas, le recomendaron para nada contradecirlo; por lo que pagó alto precio cuando el adversario político le pasó factura por lucir cauteloso.

Sin embargo, todo lo contrario a lo que sucedió días atrás. Ahora lo critican porque cuando desde Casa Blanca se insinuó desviar fondos del huracán para la construcción de la dichosa muralla de Trump, tal y como corresponde hacer a un ciudadano americano en reclamo de su derecho, Rosselló reaccionó esta vez diciéndole sin reserva o temor: “If you do it, I’ll see you in Court”.

Y es que los tiempos cambian. Las nuevas generaciones puertorriqueñas no tienen culpa, ni por qué cargar, lacras del pasado. Viva en una colonia o un estado, el ciudadano americano debe el mayor respeto para el cargo de Presidente de Estados Unidos, pero esa persona que lo ocupa tiene que ganárselo.

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