Reynaldo R. Alegría

Tribuna Invitada

Por Reynaldo R. Alegría
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Sometidos en el juego del poder

El Puerto Rico que conocimos hasta el 20 de septiembre de 2017 nunca volverá a ser igual.

Cuando todo haya pasado, cuando estemos más o menos estabilizados, normalizados, cuando volvamos a contar con servicios esenciales y de alguna manera volvamos a tener una vida que vivir con la que nos sintamos cómodos, aunque no sea igual a la anterior, Puerto Rico habrá sido rescatado económicamente de facto.  El Gobierno de Estados Unidos; los donativos y transferencias económicas de individuos, empresas e instituciones; el pago de los daños por las aseguradoras; entre otras, inyectarán a nuestra economía miles de millones de dólares, suficientes para pagar la deuda pública del país más de una vez.  Se trata de dinero que, aunque no irá a pagar la deuda, no tendremos que devolver.

Sin embargo, no importa lo que pase, Puerto Rico no volverá a ser igual.  No solo no tendremos el Puerto Rico que alguna vez tuvimos sino, además, es posible que no esté en las manos de nuestro gobierno ni de los expertos locales la decisión de ¿qué haremos con ese dinero y quiénes desaparecerán?

Ningún gobierno del mundo podía estar preparado para manejar un desastre de la naturaleza del huracán María.  A un año de su elección y con la Junta de Control Fiscal de por medio, el gobierno se enfrenta a un proceso duro y complicado: convencer a Estados Unidos de que podemos dirigir nuestra propia recuperación.

La  Junta de Control; los bonistas a quienes le debemos nuestra producción futura y quieren que la Autoridad de Energía Eléctrica se transforme en un negocio eficiente y próspero; los congresistas, particularmente los que reciben donativos de esos bonistas; así como la Casa Blanca, saben que se trata de demasiado dinero y no quieren dejarnos usarlo a nuestro antojo, sin supervisión, y sin que experiencias como las de Whitefish y otras aparentemente similares sigan ocurriendo. 

Es mucho el dinero y demasiada la desconfianza.  Grandes grupos de intereses, fun daciones importantes en Estados Unidos y los llamados think tanks, andan formando alianzas y posicionándose entre el Congreso y La Casa Blanca para definir y dirigir la manera en que Puerto Rico debe usar el dinero que habremos de recibir.  Y todo parece indicar que el Gobierno de Puerto Rico está sometido a un juego de poder de alta velocidad y peligrosidad para poder sentarse a la mesa donde ahora mismo se toman las decisiones.

El fundamento de una economía no es su riqueza, sino su producción.  Por ello será importante decidir a dónde irá a fluir la nueva riqueza que recibiremos, si a una nueva riqueza o a la riqueza perdida de personas, empresas e instituciones.  La meta tiene que ser restaurar la base de producción.  Tenemos que mirar críticamente lo que pasó después del huracán: el ocio forzado y dependiente, la motivación criminal de algunos, el grave incumplimiento con leyes de orden social, el empresarismo creativo y el avestruzado.

El riesgo es dejar fuera del juego a lo que se fueron porque no tenían opción, a los sin techo, a las mujeres que crían solas, a los niños pobres, a los viejos olvidados, a los que viven en zonas inundables y no pueden pagar para legalizar su “ilegalidad”, a los que no tienen trabajos buenos, seguros y bien remunerados. El riesgo es crear una riqueza nueva, sesgada, desbalanceada y poco productiva.

Al final la pregunta será la misma: ¿qué haremos con ese dinero y quiénes desaparecerán?

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