José Ettiene Ortiz Medina

Tribuna Invitada

Por José Ettiene Ortiz Medina
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Somos nuestro propio enemigo

Puerto Rico está en crisis, de eso no hay duda. ¿De quién es la culpa? ¿Cómo llegamos a esto? Seguramente todos tenemos una respuesta distinta. Algunos adjudicarán la causa al status colonial, otros a la corrupción, otros al partido en el poder, otros a la falta de igualdad ante la metrópolis y otros a falta de poderes soberanos para integrarnos al resto del mundo.

Dentro de todos los argumentos seguramente hay algo de cierto, como también hay algo de cierto en que la culpa es tan tuya como mía. La isla no llegó a donde está solamente por los políticos en turno; llegó por tus decisiones y las mías.

Nuestro fanatismo político siempre nos enfoca en echarle la culpa al otro, creemos que solo hay una verdad y nos hacemos dueños de ella. No nos permite ver que dentro de todo, nosotros también podemos estar equivocados.

Sustituimos los argumentos sustanciales con argumentos de colores: “tú lo que eres es un penepé arrodillao”, “independentista comunista”, “populete”. Como si el solo hecho de una ideología política le restara validez a un argumento o idea.

Como responsable de las redes sociales del principal periódico en Puerto Rico, veo a diario que en los comentarios predominan los mensajes que buscan restarle validez al “otro”.

Me preocupa que no podamos defender una idea, una propuesta, una solución sin tener que acudir a la “desvaloración” de la idea del que difiere. Más aún, tener que acudir al ataque personal que en vez de convencer, nos pone a la defensiva.

Ni el penepé, ni el popular, ni el independentista son el enemigo. Nuestras propias vendas lo son.

Cuando permitimos que el líder político nos ponga en contra del otro bando, somos nuestro enemigo.

Cuando permitimos que “el nuestro” robe porque “el otro también lo hizo”, somos nuestro enemigo.

Cuando guardamos silencio por los atropellos, y justificamos las violaciones a La Declaración Universal de los Derechos Humanos, somos nuestro enemigo.

Cuando no cuestionamos por qué defendemos una idea y recurrimos a atacar o restarle valor a la idea del otro, somos nuestro enemigo.

Cuando no tomamos decisiones basadas en conocimiento, somos nuestro enemigo.

Cuando no fiscalizamos el gobierno, somos nuestro enemigo.

Cuando esperamos que el gobierno lo resuelva todo y no nos hacemos responsables y parte de la solución, somos nuestro enemigo.

Cuando ganar un argumento es más importante que unirnos para concertar ideas, somos nuestro enemigo.

Cuando no tenemos la flexibilidad para cambiar de posición, somos nuestro enemigo.

Cuando juzgamos al que es “diferente”, ya sea por credo, raza, condición, orientación o estilo de vida, somos nuestro enemigo.

Cuando criticamos y juzgamos al que sale a manifestarse, al que hace ruido en defensa de una causa, somos nuestro enemigo.

Cuando tratamos de imponer nuestras creencias, somos nuestro enemigo.

Cuando somos incapaces de empatizar o solidarizarnos con el que piensa distinto, somos nuestro enemigo.

Cuando ser “el más listo” nos enorgullece, somos nuestro enemigo.

Cuando la confrontación nos causa placer, somos nuestro enemigo.

Cuando nuestras voces hacen más ruido que nuestros argumentos, somos nuestro enemigo.

Hay muchas, muchas maneras en las que a diario somos nuestros propios enemigos. Si queremos hacer la diferencia, debemos mirarnos al espejo y comenzar a trabajar en ese reflejo.

Como muy bien decía Gandhi, y aunque suene clichoso, debemos ser el cambio que queremos ver en el mundo. 

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