Manuel Rivera

Desde la Diáspora

Por Manuel Rivera
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Soy un sobreviviente de coronavirus

El día en que sentí los primeros síntomas del coronavirus había entrenado mejor que nunca. Trataba de mantener la preparación física que me habría de haber garantizado un tercero o segundo lugar en los tres mil metros lisos del Campeonato Nacional (Masters) del 13 de marzo en Baton Rouge, Luisiana, que el USATF tuvo que cancelar dos semanas antes por recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. 

Ese día, sentí una piquiña en la garganta, acompañado por una tos seca, pero actué de la misma forma que muchas de las víctimas del coronavirus, lo di por desapercibido, se lo acredité al polen y lo interpreté como otro simple síntoma de alergia. 

Opté entonces por utilizar en la oficina una mascarilla que guardaba en el maletín, por si tenía que aventurarme a algún lugar donde se aglomeraban las personas. Todavía dudaba mucho que podía estar infectado por el virus y el presidente Donald Trump me había dado razón para pensarlo, porque anunciaba en su peculiar tono de grandeza que le restaba importancia al llamado cierre de emergencia y a la práctica del distanciamiento social que le exigían los sectores de la salud pública del país.

Esa tarde, cuando llegué del trabajo, todavía me sentía bien, aunque en dos ocasiones sentí un desbalance corporal y la cabeza aturdida. Le pedí a mi esposa mantener algún distanciamiento y me confiné en solitaria en un cuarto de la casa. Quería confirmar en la mañana que solo padecía de los síntomas de una alergia que para esta época son comunes en mi casa. 

Esa noche, como en las próximas tres que pasaron, no pegué el ojo. A medianoche empezaron los escalofríos y las altas fiebres. A eso de las tres de la mañana empecé a alucinar, soñaba despierto. Me veía en la sala de emergencias del Hospital Sibley, en Washington DC, hablando con el personal médico con gran clarividencia sobre la posible procedencia del COVID-19. Recuerdo sentirme en esa instancia estar lleno de muchas ideas fantásticas. Cuando en la mañana me coloqué el termómetro debajo de la lengua, el marcador me dio una lectura de 104 grados de fiebre.  

A esa hora le envié un texto a mi doctora de cabecera, una puertorriqueña de San German, que cuenta con una clínica de medicina general en el área de Alexandria, Virginia. Me recomendó para la fiebre Tylenol y me recetó un medicamento para los vómitos. Al llegar el lunes a su clínica, encontré que había desplegado una carpa en el estacionamiento para atender a los pacientes que llegaban con síntomas del virus. Allí me atendió la internista de turno, quien rehusaba hacerme la prueba porque carecía de algunos de los síntomas asociados con el virus. Al final la pude convencer y a los once días llegó el resultado de positivo al COVID-19.  

El Tylenol y las bolsas de hielo sobre la cabeza ayudaban a bajar la fiebre, pero no las punzadas que sentía en los músculos. Empecé a caer en frecuentes estados de somnolencia, que al despertar me dejaban empapado de sudor.     

Ya que parecía haber vencido al COVID-19, ahora tuve que enfrentar el impacto económico. La Casa Blanca acaba de anunciar que se agotaron los fondos de estímulos económicos destinados para los pequeños comerciantes.  


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