Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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Soy vieja… y ahora ¿qué?

“En la juventud aprendemos, en la vejez entendemos”: Marie von Ebner Eschenbach.

En un abrir y cerrar de ojos, un día despertamos a la realidad de haber llegado a esa vejez que una vez nos pareció, no solo distante, sino casi imposible; una etapa que imaginábamos fea; nos la demonizaron con quimeras de horror sobre las crueles arrugas, los pellejos colgantes, las canas resecas e indomables, las manchas y las pecas de vieja, todo en consecuencia bona fide al temible proceso de menopausia. Ayer era joven, hoy soy envejeciente. ¿Supone que ayer era linda y ahora soy fea? Pues, ¡claro que no!, ¡que la vejez no es como la pintan!

Celebro la sexta década de mi vida declarando no estar tan mal a pesar de haber pasado la meca y la tuntuneca. ¿Será optimismo senil? Tampoco. Se debe a que la perspectiva cambia, no solo porque estamos más cerca de la muerte sino, porque desarrollamos una comprensión sustancialmente distinta del tiempo, las relaciones, la gente y las verdades esenciales. Concluyo con genuina tranquilidad que no me siento tan mal, aunque no me vea tan bien, sabiendo que ese balance dinámico únicamente se entiende desde la sabiduría que desarrollamos con las experiencias y los años.

Aprendo, asimismo, que no es lo mismo caminar los senderos de la vida mirando hacia el frente que comenzar a caminarlos mirando hacia atrás. De jóvenes andábamos al futuro dando bienvenidas. En la vejez desandamos la vida haciendo despedidas y retomando recuerdos. Inmersa en ese lento ejercicio de repaso hago una mirada distinta. Muchas veces es un proceso feliz, tierno y emotivo; otras veces, triste y sobrecogedor. Lo cierto es que nada cambia lo bueno ni lo malo del pasado. Es como es. Mi libro tiene tantas altas y bajas como la de cualquier otra mujer de mi época y mi tierra pero, en el balance de esa nueva lectura, realizo cuánto valoro mi norte y verdad de haber hecho lo mejor que pude con lo que tuve sin hacer daño a nadie, incluso a los que me lo hirieron adrede.

Dicen que tampoco es lo mismo ser anciana que longeva en tiempos presentes. Aquella concepción de la ancianidad marcada por enfermedades, incapacidades y pasividad está siendo revocada. Las actuales condiciones históricas de profunda crisis económica nos imponen nuevas circunstancias de vida que no permiten nuestro retiro laboral, sueño cúspide del trabajador asalariado en el capitalismo del siglo XX. Ahora somos longevas “cougars” que, posicionadas contra aquella ancianidad debilitante, nos convierte en una nueva pieza del esquema lucrativo capitalista posmoderno. Para ello se habilitan contingencias vitales tradicionalmente asociadas con la juventud en un nuevo mercado del sexo longevo, empleo para longevos, vacaciones para longevos, universidad para longevos, empresarismo para longevos… en fin, un mundo de actividades, cirugías y pecadillos antes vedados para la tercera edad.

Entonces, ahora somos viejas pero activas, no sometidas a la inutilidad restrictiva de hacer nada desde un sillón frente a un radio o televisor, sino una fuerza laboral que trabaja por necesidad luchando contra los aprietos de la escasez. En ello viene la exposición al discrimen, la insolencia del joven empleado, el desplazamiento administrativo, la falta de respeto, la burla del estereotipo y el sarcástico prejuicio. ¿Y qué?, me pregunto. También lucharemos contra esas indignidades, ignorancia o maldad. A más que eso ya hemos sobrevivido.

Lamento, en mi hibridez mulatoide, que me haya tocado envejecer como blanca curtida de extraños surcos en músculos faciales que ni sospechaba que tenía. ¡Vaya!, que me pudo haber tocado la buena suerte de envejecer con una piel rozagante y firme de mi herencia negra o indígena, pero no, no pudo ser. Me tocó la blanquecina chorrera de arrugas desordenadas que ni siquiera saben cómo hacer sentido en tan poca cara. Pero ya no me pregunto… ¿y ahora qué? sino que reto la vida gritando a los cuatro vientos: Soy vieja, ¿y qué? En cada arruga hay valor de vida. Bienvenidos los que quieran verlas y mi plácida indiferencia para quienes no quieran hacerlo.

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