Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Such was Life

El 1 de marzo de 1954, cuatro nacionalistas puertorriqueños ?Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Andrés Figueroa Cordero e Irving Flores? tirotearon la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. Yo tenía siete años cumplidos y durante décadas recordé el artículo que la revista Life le dedicó al acontecimiento. En ese número del 15 de marzo, que hoy tengo en mis manos, la portada anunciaba un artículo sobre Bobo Rockefeller, quien se divorciaba de Winthrop, reseñaba un decadente baile de debutantes en La Habana, destacaba otra reforma fiscal bajo el mandato republicano del Presidente Eisenhower.En el reportaje sobre el tiroteo había unos dibujos donde se representaban las trayectorias de las balas nueve milímetros disparadas, aparentemente, por pistolas Lugers, dónde impactaron, los cinco representantes heridos mientras eran atendidos.

Aún era niño; sentí cierto orgullo infantil, ninguna aversión moral. Mi actitud era de curiosidad y asombro; cuatro puertorriqueños lograban la atención de aquella revista famosa, que junto al catálogo de Sears representaba el acceso de un niño criado en Aguas Buenas al ancho mundo. Cuatro años antes, y entonces y ahora como en una niebla, recordaba a mi padre junto a un radio; él estaba en camisilla, sentado en el umbral del balconcito que daba sobre el jardín del huerto, escuchando cómo un nacionalista se batía a tiros con la policía en su barbería de Barrio Obrero. Aquella Revuelta Nacionalista de 1950 todavía la identifico con las violetas africanas que mi madre cultivaba en aquel balconcito. Lo que más retuve del artículo de Life en 1954 fue, sin embargo, la trayectoria de los tiros, a Lolita Lebrón sosteniendo con ambas manos la patada de la Luger, y como disparando hacia arriba, hacia el plafón del hemiciclo.

Aquellos que consideré héroes ?durante casi toda mi juventud? representaron una semblanza de mi pueblo, con todas sus contradicciones. ¿Dispararon a matar? ¿Tenían suficiente puntería para solo herir? ¿Eran “terroristas”, como los calificaba Life? Impresiona, aún hoy, la actitud desafiante de Lolita Lebrón. Guapa y presumida a la manera de una mujer de su época, con su traje sastre largo Chanel, le ripostó a un curioso que la increpó ?y según el reportaje de Life? “I want independence for my country”. Luego, supuestamente, le admitió a unos periodistas: “I am a sinful woman”.

En mi primera juventud no se hablaba mucho de terrorismo, a menos que fueran marxistas leninistas que por la doctrina al uso condenasen “el terrorismo individual”. Luego, uno de mis maestros juveniles, Juan Antonio Corretjer, me aclararía de cómo quien inspiró aquel ataque ?Don Pedro Albizu Campos? fue un profeta de la desesperación y el derecho a la independencia. Dos años antes se había inaugurado el Estado Libre Asociado, en 1952 el Partido Independentista Puertorriqueño era el segundo partido electoral de Puerto Rico; ya en 1956, dos años después del ataque, se convertiría, fatalmente desde entonces, en el tercero.

Los nacionalistas fueron perseguidos, encarcelados y acallados por la Ley de la Mordaza; esos años del primer lustro de los años cincuenta testimoniaron la primera gran emigración al Norte. Pero en 1954 también resonaba en mis oídos algo que se llamaba, más allá del deseo de independencia, “Operación Manos a la Obra”. Seguramente vi, en el noticiero Viguié, sentado en aquel meaíto de Remigio, donde no se vendía Pop Corn, cómo se limpiaba el caño de Martín Peña de aquella miseria, cómo se relocalizaban familias enteras en caseríos. El país se movilizaba. Podría recordar un camión que transportaba una casa entera; se reubicaba aquella humilde vivienda en terrenos menos hostiles que los del caño, donde en la década anterior habían llegado miles de familias campesinas. Algo que no recuerdo del cuento de José Luis González, de su “En el fondo del caño hay un negrito”, es aquella particular peste del caño, fumón de olores fecales humanos y materia del mangle en descomposición. El Fanguito era babote y tablones, peste y miseria.

De la curiosidad y el orgullo por los Nacionalistas pasé a la duda sistemática. Hoy tengo que reconsiderar los logros de aquella década en que me crié. Ahora que el país yace destruido por una clase dirigente irresponsable cuando no delincuente, debo admirar la obra de desarrollo social, el hecho de que en aquella década aumentara, ?esto según el artículo de Life para aquel 15 de marzo,? en 58 por ciento el acceso a la educación, que 260 fábricas intensivas en mano de obra fueran establecidas, que aumentara en 62 por ciento la construcción de carreteras. También se crearon ?esto no aparece en dicho artículo?, y según las ambiciones de un nacionalismo cultural, el Instituto de Cultura Puertorriqueña y la División de Educación de la Comunidad. Fomento Industrial no solo promovía la manufactura sino también el Festival Casals. Se electrificó el país mediante esa Autoridad de Fuentes Fluviales que hoy está en venta de quemazón, pero que en aquel entonces llevó la luz hasta rincones que hoy en día, después de María, permanecen a oscuras. Se le dio agua potable a todo el país y alcantarillado a buena parte de la población. Puerto Rico tuvo participación olímpica como país aparte y en la W.I.P.R. tuvimos una de las primeras radios y televisoras educativas de toda Latinoamérica. En 1964 llegué a la Universidad de Puerto Rico después de mudarme en 1957 a una urbanización. Allí me eduqué, como tantos otros puertorriqueños que se criaron en pueblo chiquito, en los misterios de Einstein y Heidegger, las películas de Fellini y la poesía de Palés Matos. El mundo ya no era tan ajeno, aunque sí muy ancho y ahora no pasaba únicamente por la revista Life o el catálogo de Sears.

Hoy que el Estado Libre Asociado está en ruinas debemos reconocer que somos en alguna medida, algunos más que otros, testigos y beneficiarios de aquellos años de obra y esperanza. Ese Estado Benefactor que nos formó también está cuestionado. En aquel entonces existía un proyecto nacional mediatizado por la colonia. Hoy persiste la situación colonial mediatizada por la Junta de Supervisión Fiscal y la insensibilidad de unos gobernantes por su identidad, sin el aprecio de su propia historia, más obcecados como están con los pitiyanquismos al uso que con los esfuerzos de una patria inteligente y compasiva, ciertamente como fuimos.

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