Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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“Sus majestades chiquitas”

Hace unos días, un representante cuyas labores pasaron inadvertidas para la prensa durante tres años, renunció a su cargo probablemente a regañadientes. El golpe fue inesperado y Guillermo Miranda debió pasar el fin de semana sumergido en la incredulidad, pero también en la furia. ¿Cómo conciliarse con el acontecimiento que acababa de darse? ¿Cómo haberlo previsto y evitado?

En una grabación telefónica, hecha por su empleada, Miranda habla de unas libretas de boletos para una rifa. De la conversación se desprende que el ahora exrepresentante pretendía despedir a la empleada por no cumplir con la cuota por él impuesta de venta de boletos. (No está claro si sus empleados debían venderlos a terceros o comprarlos ellos mismos. La crudeza del intercambio hace verosímil lo segundo).

Las intenciones de Miranda debieron ser evidentes, por ello la mujer decidió grabar la conversación con su jefe, y esgrimiendo una serie de preguntas certeras, construyó una trampa casi de juguete donde el exrepresentante entró sin que nadie lo forzara.

El país entero lo ha escuchado y me pregunto por qué aún no se han impreso camisetas con algunas de sus frases memorables, por absurdamente torpes: “¿estás adentro o afuera?”, “disciplina”, “le dije a Paco que ´disponiera¨”.

Guillermo Miranda debió pasarlo mal. En tan solo minutos el esquema perfecto se vino abajo. No me refiero al asunto de las libretas y la rifa, que fue a tal punto buscón que ha echado sombras sobre verbenas, bingos, colectas, loterías y hasta sobre los pedestres “serruchos” destinados a los sacrificados voluntarios que emprenden camino a las licorerías. El esquema perfecto era haber sido electo como legislador del PNP. Desde enero de 2017, Miranda dispuso de una oficina, de empleados, de beneficios, de un sueldo considerable y seguro, de la posibilidad de perpetuarse en el puesto mediante la reelección.

Todo esto era más que probable hasta que se filtró la grabación en los medios de comunicación. En este punto la historia se bifurca. Si la empleada es la protagonista del relato, sale reivindicada y el daño que el exlegislador pretendía causarle quedó neutralizado. Si el papel principal del drama recae en Miranda, la historia adquiere ribetes sombríos. De lo ventilado en la conversación telefónica, quedan en segundo plano sus inclinaciones corruptas, los abusos de poder con sus empleados, el daño hecho a su partido y a la Cámara dominada por este, todo esto debió palidecer ante la sensación de haber sido traicionado. La empleada a la que él le había abierto su oficina estuvo dispuesta a entregarlo por 40 billetes de a peso. En los Evangelios, Judas traiciona por 30 monedas de plata, que en la época era el precio de un esclavo. Este dato ubica sociológicamente a Jesús en la historia bíblica y, toda diferencia hecha entre los personajes, en esta peripecia esto también ocurre. La empleada puso precio asu jefe y el puesto de Guillermo Miranda no mereció lo que cuesta llenarle el tanque a un carro compacto.

El exlegislador que dijo que Paco “disponiera” fue hasta su renuncia, a comienzos de esta semana, presidente de la Comisión de Educación de la Cámara. Si un hecho es capaz de representar la magnitud del horror que produce la colonia en manos del PNP es este. Miranda fue maestro de música en el sistema público y propuso en una de sus contadas acciones legislativas “que se reconociera el bolero y la música de tríos como patrimonio cultural de la isla”. La medida llegaba al menos dos generaciones tarde y equivalía a un simulacro de acción cultural, ya que no hace falta “reconocer” lo que es ya un obvio prestigio de la cultura del país. El horror y el asco que produce su presidencia de esta comisión se da por lo que presupone este hecho. ¿Quién pudo pensar que era apto para el puesto? ¿Cómo pudo ser respaldado por sus compañeros y su presidente? El escándalo salpica a todos y por eso el horror se multiplica. Su labor (nula) y las aparentes violaciones a la ley (de las que su renuncia lo salva injustificadamente) son el retrato interno del país en manos del PNP. La conversación telefónica entre Miranda y su empleada fue también, como el chat infame de Rosselló y su círculo íntimo, una muestra auténtica de los intercambios habituales en este gobierno, porque se dio cuando se suponía que no había moros en la costa.

Hace más de un siglo, Pablo Ubarri, un inmigrante vasco, llegó a controlar la transportación y se apropió de innumerables tierras en San Mateo de Cangrejos. Además, incursionó en la política y por todas partes dejó la estela de su incultura. Es notoria la reunión política en donde previno al público que “estaba prohibido aplaudir y desaplaudir”.

En una época sin aristócratas, consiguió que la corona española lo nombrara Conde de San José de Santurce y de inmediato sus correligionarios conspiraron para que San Mateo de Cangrejos pasara a llamarse Santurce en su honor. Ésta fue la primera autopista, el primer coliseo, el primer centro de convenciones, el primer espacio público que se desfiguró con el nombre de un político. Esto, entre muchas otras cosas, fue lo que perdió en un pestañeo Guillermo Miranda: ningún parque de pelota se manchará con su nombre.

Sin embargo, quedan los cómplices, los señores presidentes de los cuerpos, los conocidos y desconocidos honorables, los acusados y expulsados que se reciclarán en las próximas elecciones en otras candidaturas, los desconocidos oportunistas que saldrán electos por los fanatismos de una sola cruz bajo la insignia. Demasiados penepés y populares, incluyendo a Guillermo Miranda, en la era bipartita que mal nombra los espacios públicos del país, son herederos de Pablo Ubarri, Conde de Santurce.

Sin embargo, queda por mencionar un detalle. Al Conde de Santurce le llamaban “su majestad chiquita”. En la mordaz ironía de sus contemporáneos está el desenlace de este asunto. La historia es la mayor traidora. Es capaz de rayar los prestigios y de ensuciar la memoria de las falsas majestades y lo hace por menos de lo que cuesta llenar un tanque. 


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