Julio A. Muriente Pérez

Tribuna invitada

Por Julio A. Muriente Pérez
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¿Temporada oficial de huracanes?

Necesito tratarte y quedar

Huracán no atormentes mi sol

Demasiados celajes oscuros

Soporta el amor.

Huracán sopla bien

No arrebates salud

Y no mires a quien

Si es que llueves virtud.

(Huracán, Silvio Rodríguez).

Nos han dicho reiteradamente que la temporada de huracanes comienza oficialmente el primero de junio y finaliza el 30 de noviembre, en nuestra región geográfica. 

En esas fechas, cuando en esta parte del planeta llegamos al final de la primavera y al comienzo del verano—y luego al final del verano y al comienzo del otoño—es cuando se supone que sea más alta la temperatura superficial de las aguas oceánicas. Estas constituyen el combustible que calienta las masas de aire situadas sobre esas aguas que, como hemos aprendido en alguna clase de ciencia, al calentarse ascienden en la atmósfera y generan intensos e inestables movimientos de rotación y traslación. Entonces nacen los huracanes.

(Por cierto, en esa parte del año el Mar Caribe, donde estamos, es la masa marina más caliente de todo el planeta. Combustible de primera clase para los huracanes.) 

Ese proceso natural había venido ocurriendo por siglos. Mucho antes de que los seres humanos pobláramos la Tierra. Pero eso es cosa del pasado. Ya no existen, o van existiendo cada vez menos, temporadas de huracanes, o de lluvias, o de seca, o de frío o calor; estaciones del año, o lluvias de mayo. Los fenómenos naturales que ocurren en la atmósfera han sido atrofiados por el ser humano. Ya no son naturales. Los criterios oficiales también han perdido credibilidad; son más bien una formalidad, en cuyos pronósticos no conviene confiar demasiado.

Hace más de dos siglos se dieron en Europa grandes cambios en la manera de transformar la naturaleza—materia prima, le llaman en economía-- en bienes, en riqueza. Tan extraordinarios fueron esos cambios que los denominaron revolucionarios. Es lo que conocemos como la Revolución Industrial.

Lo revolucionario fueron las nuevas fuentes de energía disponibles para transformar la materia prima. El carbón fue el primero de esos combustibles fósiles utilizados para calentar agua, producir vapor y poner a andar las máquinas en las fábricas, ubicadas principalmente en las ciudades. Luego se impusieron el petróleo y el gas natural. Así fueron sustituidos el esclavo, el siervo y los animales como fuentes primarias de energía transformadora. Surgieron el burgués, el obrero y el capitalismo moderno y las grandes potencias industrializadas. Hasta nuestros días.

De tanto quemar carbón, petróleo y gas natural, se ha pretendido competir con la fuente natural de energía, el Sol. Que nos provee energía limpia, pura, infinita, nada contaminante; generadora y reproductora de la vida.

La energía del Sol penetra hasta la superficie del planeta, calienta y luego sale; sin dejar rastro de sucio o basura ambiental. Pero la energía producida por el carbón, el petróleo y el gas natural calienta en la superficie y genera gases que se han ido amontonando, sin posibilidad de salir de eso que se conoce como la biosfera, o esfera de la vida. De nuestra vida y la de los demás seres vivos. Es lo que llaman efecto invernadero… de dimensiones planetarias.

Decir que la Tierra se está cocinando por gases contaminantes, altamente tóxicos y calientes, que estamos atrapados dentro de esa masa creciente de agentes químicos, no es exagerado. Afirmar que la superficie del planeta se está descomponiendo poco a poco, porque algunos han querido jugar a aprendices de brujo y enriquecerse a costa de la humanidad entera, no está lejos de la verdad. Que nos estamos autodestruyendo, mientras dedicamos nuestras vidas a mirar hacia otro lado o a preocuparnos demasiadas veces por nimiedades.

Los casquetes polares, gran reserva de la muy escasa agua dulce con que contamos, se están derritiendo. También los glaciares de alta montaña, fuentes de innumerables ríos indispensables para la agricultura en muchos países. Los niveles de los océanos y mares ascienden aceleradamente, cada vez más calientes, cubriendo zonas bajas alrededor del planeta. Las temperaturas se han desordenado. Azotan lo mismo sequías intensas que lluvias interminables, inundaciones inusitadas, calores y fríos insoportables, nevadas que se anticipan o que no llegan, huracanes en cantidades exorbitantes, de intensidades nunca antes vistas y en fechas inesperadas.

A nadie le sorprenda si un día de marzo o abril está  claveteando ventanas, o si otro día, en despedida de año, está amarrando sus pertenencias, porque viene un huracán en año nuevo. Esa podría ser la nueva temporada oficial de huracanes; es decir, ningún mes y cualquier mes. Ningún día y cualquier día.

No es el Apocalipsis. El calentamiento global y el cambio climático resultante son hechura humana. Sus consecuencias son nuestra responsabilidad. Lo peor es que miremos al otro lado, que entremos en negación, que nos conformemos con pensar que no pasa nada. Que son inventos de algún científico desquiciado.

Puede que todavía estemos a tiempo, para reconocer, para rectificar y para enmendar.

Mientras tanto, prepárese. Preparémonos. Llegó el primero de junio. Comenzó la temporada oficial.

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