Josué Montijo

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Por Josué Montijo
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Tentación

Lo crucial es que tiente. Que provoque. Si no hay tentación, insondable influencia, nada sucede. Al menos nada memorable.

Sin tentación la vida sería flat, sosa, estática. Un cúmulo de bostezos.

Lo maravilloso es que —si te fijas bien, si tienes los radares encendidos— la tentación siempre sale a tu encuentro. Es un animal acechante. A veces te llama por tu nombre, dulce voz, y otras te brinca encima sin pedir permiso. La tentación, como máquina incitadora, es ingobernable. Ante ella suelen recomendarse diversas respuestas. Todo depende de qué y de quién. Yo siempre exhorto a jugar que no es otra cosa que inmiscuirse en una trama rellena de sensaciones varias: querer controlarse, querer huir, querer quedarse y entregarse sin querer queriendo.

Lo aprendí en una canción del argentino Daniel Melingo. Se llama Corazón y hueso.

Tentaciones. Las hay etéreas, intimidantes, frágiles, toscas, camaleónicas, pedestres, cálidas o gélidas. Nunca terminaría de inventariarlas.

El olor del azúcar y la canela horneándose, los catorce botones de su vestido, la palabra entra, lo crocante del cuerito, la lubricidad de la grasa. Cuestión de gustos, y de fortalezas y debilidades. Un juego, está dicho.

Hay que tentar, esa es la gran apuesta. Me lo dice la pastry chef Bianca M. frente al postre que acaba de confeccionar. Lo miro y si lo califico de hermoso digo poco. Es un artefacto de apariencia deliciosamente agresiva. Una pieza circular y roja, como sangre brillante.

Como quien recita páginas de un manual, me habla del postre con términos para mí desconocidos: insert de cherry gelee, ganache de chocolate blanco y vainilla, glaze rojo y gotas aromáticas derramadas frente al comensal. La escucho, pero yo solo pienso en lo que veo, en lo que huelo, en lo que toco y en lo que me urge probar. Es la tentación, y me va ganando.

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