Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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“Terapia diésel”

En Internet se encuentra una serie de fragmentos largos en que aparece el hombre siendo entrevistado. El título del vídeo ya ha prevenido al espectador: “La vida luego de 40 años en la cárcel”. Sin embargo, sorprende no toparse con un anciano, sino con un hombre musculoso que no aparenta su edad. Para el resto de la imagen, bastaba el título. No choca la boca mellada y los incisivos sacados de posición por los golpes; no llaman la atención los extensos tatuajes que en un flanco del torso parecen representar una piel de leopardo.

Lo que más despierta interés es su capacidad de expresarse y las palabras que lleva tatuadas en la frente, justo antes de la línea del pelo. Un puñado de letras crudas forman dos palabras: “Death Dealer”, “distribuidor de muerte”.

El hombre dice llamarse Frank y es puertorriqueño. No le habla a la cámara sino al que lo entrevista. Tiene una barba de días y la piel irregularmente bronceada. Su cara, cuello y parte del pecho están tostados, pero la piel sobre el corazón permanece pálida.

En una escena cuenta que entró muy joven al sistema penitenciario y cuando 26 años más tarde cumplió su sentencia, se negó a salir de prisión. No conocía otro mundo y no sabía a dónde ir. Su madre había muerto y su padre estaba agonizando. Para sacarlo de su celda los guardias debieron amenazarlo con extraerlo a la fuerza y dejarlo en la calle.

Finalmente, su hermana lo recogió en el estacionamiento y lo llevó al hospital. Allí le dijo a su padre que estaba libre. Lo escuchó respirar profundamente y lo vio morir un instante después. Lo estaba esperando, aseguró.

Intentó crearse una vida. Tuvo compañeras, una hija, diversos trabajos de los que fue despedido. Algún patrón le dijo algo indebido a la madre de su hija y, acostumbrado a la cárcel, procedió a “castigarlo”. Quién sabe si quería volver a estar preso o si la vida en libertad le era tan desconocida que no servía para ella. Como él mismo afirmó: estaba “institucionalizado”.

En la corte federal lo que se suponía que fuera una sentencia de 15 años, se transformó inexplicablemente en cadena perpetua. Ahora estaba en el año 14 de su segundo y definitivo encarcelamiento, pero en esta ocasión no era un reo estatal sino federal.

Entonces, en la entrevista, comenzó a describir el “Diesel Therapy”. En 14 años había sido trasladado a un número incalculable de cárceles en 25 estados. Frank describió los viajes interminables y las llegadas a los calabozos de las nuevas instituciones, la comida infame, la violencia de los guardias y de los reos, la división tajante de estos últimos por raza y etnia. Dio cuenta del castigo que le infligieron en una ocasión al enviarlo a una prisión privatizada de Los Ángeles. Las autoridades sabían que allí no había puertorriqueños. En un mundo abyecto y segregado al máximo, esto significaba una sentencia de muerte. “Los mexicanos odiaban a los puertorriqueños”, dijo. “Por eso tuve que unirme a los negros”.

Su relato me llevó a investigar. La “Terapia diésel” no es un invento de Frank, sino una técnica común de castigo y tortura de la administración federal de Estados Unidos. Testimonios como el siguiente son numerosos: “Nosotros los presos federales llevábamos más de tres horas en un autobús privatizado viajando por Alabama con las manos y los pies encadenados. No había agua ni aire acondicionado en el tórrido verano sureño. El baño estaba tapado y su contenido se había desbordado. No teníamos más alternativa que poner los pies en la inmundicia”.

En la “Terapia diésel” se transporta a los prisioneros encadenados de pies y manos durante días o semanas, manteniéndolos a ellos y sus familias desconociendo las razones del traslado y el destino que se les asigna. Un testimonio asegura que un prisionero fue obligado a dar 12 viajes en 73 días. Según informes, en tránsito es común que se prive o restrinja el acceso a ropa limpia, a comida, a servicios sanitarios. En todo momento se les comunica a los prisioneros la total falta de control sobre sus vidas. Existen dos tipos de presos en Estados Unidos: los estatales y los federales. Los segundos viven un estado de excepción casi permanente en que cualquier infierno es posible. Para ellos es la “Terapia diésel”.

Frank lleva 40 años encarcelado. Aun en el corto periodo entre sus condenas, vivió como si no hubiera salido de prisión: cualquier ofensa demandaba una acción inmediata, la imposición del “castigo”. Así se aseguraba el respeto. Él mismo lo dijo en la entrevista, la cárcel era su mundo y había sido “institucionalizado”.

Como Frank hay millares incontables de puertorriqueños. Inmigrantes que descubren un país en el que no serán nunca más que una minoría. Gente cuya fisionomía, cultura y lengua son diariamente motivo de censura y discrimen. No cabe duda de que hay posibilidades exitosas de integración a la sociedad estadounidense, pero en éstas tienen mucho que ver los niveles económicos, educativos y algo tan determinante allí como la palidez de la piel. Igualmente, cuenta el haber tenido la posibilidad de reproducir en un entorno foráneo el ambiente familiar y comunitario. Así la integración es menos dolorosa pero aún parcial. No obstante, emigrar a Estados Unidos no equivale a cambiar de dirección en el mismo país.

En estos tiempos en que Estados Unidos ha dado muestras reiteradas de maltrato a su colonia, no puedo sino asociar la “Terapia diésel” con nuestra condición política. Tanto en un sistema penitenciario como en una colonia se trata de una estrategia de control. Ambos son mantenidos en la incertidumbre. El limbo sirve para que un sector opte por la obediencia y la cooperación y otro, el que oponga resistencia, será útil para castigar de forma excesiva y ejemplar, lo que refuerza el control. El sistema federal en su totalidad es penitenciario: no hay posibilidad de estar afuera. Las decisiones las toma otro y ese no se parece a nosotros.

Frank había sido “institucionalizado”, para él incluso afuera no había un afuera. En un relato de Kafka un Estado posee una máquina de castigo que tatúa la ley en la piel del reo. Frank estaba “institucionalizado”. Él mismo fue la máquina y escribió lo que el Estado deseaba en su propia cara: “Death Dealer”. No existe un puertorriqueño vivo que no haya sido “institucionalizado”. Todos hemos escrito alguna vez en nuestra frente “ELA” o “Estado 51”, esos dos mitos del gobierno federal. Puerto Rico ha sido “institucionalizado”, aun afuera no se sabe que se está afuera. Son 121 años de “Terapia diésel”.

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