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Por El Nuevo Día
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Terre Haute, Indiana

La mañana estaba más fría de lo que anticipaba: 48 grados Fahrenheit. Llegué la noche antes a Indianápolis, Indiana, desde donde partimos manejando por hora y media hasta el Holiday Inn de Terre Haute. En la mañana nos encontramos para desayunar con el congresista puertorriqueño Luis Gutiérrez. Luego partimos para la Prisión Federal de Terre Haute. Al llegar, el frío nos golpeó nuevamente. Caminamos a la entrada. Allí nos identificamos como corresponde y esperamos unos pocos minutos para entrar.

Esa prisión fue construida en 1938 y luego modificada para los requerimientos actuales. Es de ladrillo oscuro. Se nota bien mantenida, clara y limpia en el interior. Fotos de la estructura de 1938 adornan el recibidor. Mientras las miraba, el oficial de seguridad me llamó para que pasara. Pasamos el primer y el segundo portón. Luego salimos a un patio intermedio que permite llegar al edificio principal. Al salir a ese patio, el frío aún estaba. Pensaba en las almas allí congregadas desde 1938. Cuántos que lo merecieron. Cuántos que no. Cuántos que lo merecieron nunca llegaron. Cuántos que lo merecen hoy no están allí.

Llegamos al edificio principal. Otra puerta de seguridad. Un pasillo, otra puerta y luego otro portón. Luego, una sala de espera con unas cien sillas. Cómodas. Como de aeropuerto. Puestas en filas unas frente a otras. Se asignan por número. Nos sentamos. Había hacia el otro extremo, una familia con un hombre residente del lugar.

En breve, de una puerta del lado opuesto salió quien vine a ver. Un hombre bajo de estatura, que los años han acompañado. Me miró y sonrió. Es igual a como sale en la foto de este periódico junto a la columna que publica los sábados. Fue adonde el oficial de seguridad y luego caminó adonde nosotros. Luis lo abrazó y se saludaron con cariño, como quienes se conocen hace más de 40 años. Luego lo saludé yo. Lo abracé con fuerza y él a mí. Le dije de la solidaridad de su pueblo y del cariño que le tenemos todos en Puerto Rico. Nos volvimos a abrazar con fuerza. Nos sentamos.

Por casi tres horas hablamos de su infancia en San Sebastián. De su vida en Chicago. De la gente de entonces en Chicago. De sus amigos. De la gente de entonces de Puerto Rico. De la gente de ahora en Puerto Rico. Hablamos de Vietnam, donde fue declarado héroe. Hablamos de por qué su inicio en el movimiento independentista. Hablamos de los problemas del Puerto Rico de hoy y de lo más importante para resolverlos: la solidaridad.

Oscar López Rivera lleva 33 años preso. No se le ha acusado de cometer acto violento alguno. No se le ha vinculado con acto violento alguno. Se le acusó de conspirar. La línea que divide “conspirar” de “pensar” es muy fina. No siento que Oscar sea un peligro para el futuro de nuestro país, ni de nuestra comunidad, ni de nuestra familia. Su sentencia, excesiva por demás, lacera los más elementales principios de humanidad, sensibilidad y justicia. Oscar López Rivera no tiene deuda con la sociedad pues, si alguna vez la tuvo, la saldó hace muchos años. No nos ha hecho daño.

Daño nos han hecho los políticos corruptos o los que hipotecaron el futuro, nuestro presente, tomando prestado sin tener con qué pagar. Pero esos no están en Terre Haute. Daño nos han hecho los anuncios de la ultraderecha republicana en la prensa de Estados Unidos con el auspicio de un partido político local. Pero ésos no están en Terre Haute. Daño nos han hecho los que se preocupan sólo por los votos, o por su contraparte mediático, el “rating”. Pero ésos ni saben dónde queda Terre Haute. Daño nos hacen los padres y madres que no se preocupan por la educación de sus hijos. Pero a ésos ni les interesa saber lo que es Terre Haute.

Luego de casi tres horas le pregunté qué mensaje, si había alguno, quería que les diera a ustedes, de su parte. Pensó un momento. Dio las gracias por lo que se ha hecho para su excarcelación. Luego me habló de esperanza y de solidaridad. Sí. Este hombre lleva 33 años preso. Cuenta ya 71 años de edad. Pero le queda corazón y espíritu para hablar de solidaridad y esperanza. ¡Qué lección para tantos!

Llegado el momento me despedí. Tenía que regresar a Indianápolis para tomar un avión. Quería conversar más con él. Le abracé con fuerza. Le dije que seguiríamos trabajando para excarcelarlo. Pedí a Dios que lo bendiga. Me dio las gracias. Le di las gracias.

Al salir los 48 grados Fahrenheit estaban allí. Pero para mí, ahora era una mañana cálida.

Espero volver a saludar a aquel compatriota, en Puerto Rico.

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