Julia M. Nazario Fuentes

Punto de vista

Por Julia M. Nazario Fuentes
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Terremoto: no se sale de la crisis manteniéndose en ella

Las instituciones que tienen el peritaje para estudiar y educarnos sobre los sismos nos han dicho en repetidas ocasiones que no existe modo de pronosticar cuándo y con cuánta intensidad ocurrirá el próximo movimiento. Solamente sabemos con bastante certeza que la actividad sísmica se concentra en la zona suroeste de Puerto Rico. Es, por lo tanto, inteligente anticipar que, de ocurrir un terremoto que produzca daños mayores afectará a todos, pero primordialmente a los pueblos ya afectados en esa región.  

Perder el hogar y vivir con el miedo a lo que puede ocurrir ha llevado al pueblo a entender que refugiarse en estructuras identificadas por el gobierno, así como en espacios abiertos habilitados por las agencias o por los propios ciudadanos constituyen soluciones que les devuelven la tranquilidad que perdieron.  Estas fueron y aún son alternativas a corto plazo.  

Preservar la vida se convirtió en el motor que activó la búsqueda de espacios abiertos.  Ante la ausencia de electricidad y agua, aparte de haber dejado atrás ropa, zapatos, alimentos y otros artículos de primera necesidad, los funcionarios de gobierno, entidades privadas y ciudadanos particulares nos movimos a proveer lo necesario para que estos hermanos pudieran pernoctar fuera de sus hogares.  Ha sido admirable la manera en que hemos enfrentado esta emergencia, consiguiendo que la mayoría de nuestros hermanos se sintieran atendidos y respetados como ciudadanos y seres humanos.  

Ahora nos toca responder a las necesidades a mediano y largo plazo de los miles de personas que han perdido sus hogares, de los miles que lo perderán porque no es seguro regresar a ellos y de los miles que no desean regresar a vivir bajo techo por el miedo a que las estructuras no resistan otro movimiento de la magnitud del que vivimos el pasado 7 de enero.  A esto añadamos que hay miles de personas que no tendrán un ingreso para sostener a sus familias y a sí mismos, pagar sus deudas y regresar a una vida normal en un futuro previsible, porque han perdido su fuente de ingresos.  

Debemos preguntarnos si las estrategias que hemos utilizado para enfrentar esta crisis a corto plazo continuarán siendo útiles y viables durante semanas, meses y quizás años.  Apremia que enfrentemos esta crisis provocando el mejor uso de los recursos humanos y físicos colectivos e individuales. Debemos preguntarnos por cuánto tiempo podremos mantener la salud mental y física de personas que viven en condiciones no aptas para promover la higiene, el descanso adecuado, las relaciones interpersonales apropiadas y la respuesta recomendada en caso de que ocurra un evento mayor.  También, cuál es la mejor manera de hacer buen uso de esa buena voluntad de ciudadanos y entidades que bondadosamente se han acercado a ayudar con sus propios recursos a las personas afectadas, aun exponiendo su propia seguridad y bienestar.  

A los funcionarios a cargo de tomar decisiones como líderes de este pueblo, les invito a aceptar las recomendaciones de quienes tienen el peritaje necesario para guiarnos en este gran reto. Nos han orientado y hemos escuchado. Ahora nos toca tomar en cuenta esa información para diseñar cursos de acción realistas y responsables. Al igual que cuando ocurre un estado de violencia en un hogar o en una zona de un país se recomienda a la víctima buscar refugio en un espacio que responda a su necesidad de seguridad física y emocional, fuera de ese lugar, así nos han recomendado identificar lugares más seguros a donde mover a los ciudadanos que residen en esa zona más vulnerable.  Las mismas actividades de apoyo, sostén, censo de necesidades, diversión y orientación que se llevan a cabo ahora en los pueblos del suroeste podrían continuarse en otro lugar con la diferencia de que no estarían ellos, ni el personal, ni los voluntarios expuestos a los continuos temblores, carreteras y puentes cerrados, edificios y residencias a punto de colapsar y otras circunstancias que impiden el progreso hacia un mejor estado emocional y físico.  

Es muy posible que muchos de nuestros hermanos no entiendan la alternativa de moverse a otro lugar como una aceptable y eso se comprende.  Nos toca a todos convencernos y convencerles de que no les abandonaremos y que solamente procuramos preservar la vida de todos y caminar juntos hacia la recuperación de nuestra tranquilidad. Quizás no todas las personas tengan que moverse a refugios gubernamentales. Reconocer que hay zonas del país que en este momento no son seguras, deberá mover los recursos públicos y privados a identificar lugares que puedan acoger temporeramente o a largo plazo a las familias.  Cada núcleo, con la orientación gubernamental, puede ir tomando las decisiones que correspondan.  

Mi llamado es a no continuar viendo la entrada y permanencia en las zonas que ya se han declarado como peligrosas como la manera de salir de esta crisis.  Enfrentamos un gran reto y juntos saldremos airosos. Gobierno y pueblo tenemos la capacidad para lograrlo.  Juntos vamos a salir de esta crisis. 

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