María Alejandra Rosario Santos

Punto de vista

Por María Alejandra Rosario Santos
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Testigo de la desigualdad: ser hija de un maestro de escuela

Soy producto de las escuelas públicas de Puerto Rico. Estudié en la Escuela Segunda Unidad Clemencia Meléndez Santos en Cidra, hasta el noveno grado y posteriormente, cursé mi escuela superior en la Escuela Ana Jacoba Candelas de Cidra. Durante todos esos años, viví en carne propia las carencias de materiales, personal, especialmente vacantes de maestros y recursos en mis dos escuelas. Sin embargo, todas esas situaciones no fueron óbice para que la mayoría de mis maestros dieran la milla extra para que aprendiéramos y llegáramos preparados a la universidad. 

Aún recuerdo a la Sra. Aguilda Muñiz, la mejor maestra de inglés que tuve en el sistema. Ella, además de ser excelente en el inglés, era una mujer carismática, amable y tenía gran creatividad artística, que le ayudaba a complementar nuestra clase de inglés con dibujos, videos y pantomima. Tampoco olvidaré al Sr. Orlando Vidal, quien se desvivía para convocar, practicar y llevarnos a la cancha a jugar voleibol. Míster Vidal, como le decíamos, se encargaba de formar los equipos de voleibol de toda la escuela, nos practicaba de 3:00 a 5:00 pm y nos llevaba en su Corolla negro a jugar a distintas canchas y escuelas. El cansancio de Míster Vidal saltaba a la vista de todos en la escuela, pero nunca tuvo un “no” cuando le pedíamos balones para entretenernos en las horas libres y se desvivía planificando los días de juego. 

Como ellos dos, tengo muchos otros maestros sobre quienes puedo contarles sus grandes sacrificios para educar desde el sistema público y a quienes les debo que hoy esté a punto de graduarme de la Facultad de Derecho. Sin embargo, hay un maestro que todavía veo batallar a diario con la escasez y mala administración del Departamento de Educación de Puerto Rico y todos los retos que ello conlleva, pues se reflejan directamente en el salón de clases. Ese maestro es mi papá. 

El Señor Rosario, maestro de ciencias y matemáticas, se levanta a las 6:00 de la mañana de lunes a viernes. Sale de casa con su desayuno y almuerzo en una mano, y en la otra con su maletín repleto de papeles. Llega a su salón y desde las 7:30 va recibiendo a sus estudiantes. Muchas cosas le ocurren durante el día en clase y con la administración escolar, pero no soy quién para contarles. 

De lo que sí puedo contarles, es acerca de los miles de sacrificios que hace antes y después de ponchar, para cumplir con su vocación: educar. Su trabajo no dura solo ocho horas y no se resume en cuidar muchachos, como se suele juzgar a los maestros en Puerto Rico. Su trabajo nunca termina. Él no solo enseña ciencias y matemáticas, pues su ejemplo demuestra muchas cualidades cívicas que tanta falta hacen en Puerto Rico. Además, siempre aspira a tener presente detalles que hagan más amena y divertida la vida estudiantil de todos sus estudiantes. El Sr. Rosario se distingue por cantar, saludar y ponerse a la disposición para planificar y celebrar los logros de sus estudiantes. Y en muchas ocasiones, su sueldo es destinado a suplir su salón de materiales. 

Lamentablemente, el Sr. Rosario ha sido declarado excedente en varias ocasiones, lo que significa que lo asignan a otra escuela. Con cada cambio de escuela, se encuentra con un salón deteriorado que no está apto para recibir estudiantes. Nuevamente de su dinero y sin derecho a reembolso, el Sr. Rosario compra pintura, brochas, carteles y productos de limpieza para habilitar el salón. Y es en ese momento cuando comienza la operación salón escolar. Mis dos hermanas y yo llegamos al salón y en equipo junto a mi padre, limpiamos y decoramos el salón. Esta operación en ocasiones nos ha tomado días, pues el deterioro cubre desde filtraciones, pintura y polvo, hasta sillas y mesas rotas, entre otros. Esto lo vivimos muchos hijos de maestros, quienes año tras año coincidimos en la brega. Finalmente, comienza el semestre escolar, los retos continúan estando ahí y nuevas situaciones continúan surgiendo.

A mi papá, ese maestro que lleva trabajando en el sistema más de 15 años, muchas veces lo he visto pagar de su dinero las copias de los exámenes y tareas para sus estudiantes en la panadería del frente o en el Office Supply del pueblo, porque no hay papel en la escuela, tinta, o no funciona la máquina de copias. Otras tantas veces lo he visto batallar con la tecnología para preparar su clase e integrar videos y ejercicios. Todo esto con su computadora personal, e incluso, su proyector. Lo he visto acostarse de madrugada, corrigiendo exámenes y proyectos, porque cincuenta minutos no le son suficientes. Además, lo he visto ayudando a compañeros y compañeras maestras que no dominan la tecnología y no pueden completar la asistencia o notas. Mi papá no acostumbra ausentarse, pero como todo humano, también se enferma. Lamentablemente, sus estudiantes no han contado con ningún maestro sustituto para cuando se ausenta. 

Hoy, en medio de la pandemia, he visto a mi padre enviar y corregir tareas desde su vieja computadora, la cual le ha fallado, pues son muchos años de uso y la que compró con mucho sacrificio. Esto le atrasa y le limita las posibilidades de educar eficientemente a sus queridos estudiantes. He estado a su lado ayudándole, retando la señal de internet en el campo e intentando explicar ecuaciones y experimentos por correo electrónico a los padres y encargados de sus estudiantes. Su frustración me impacta. Él se preocupa porque sabe que no todos sus estudiantes tienen acceso a una computadora, que no todos los padres y encargados dominan la tecnología y que sus explicaciones por ese medio no son suficientes. Pero ante todo esto, las instrucciones son sobrevivir el semestre. 

No digo que mi papá sea el mejor maestro del Departamento de Educación, pero es un ejemplo de los retos que enfrenta el magisterio puertorriqueño, que no recibe siquiera la remuneración justa por su labor en nuestra sociedad. Ciertamente, ser hijo de un maestro de escuela pública en Puerto Rico, significa ver y vivir la desigualdad social de la clase media trabajadora. Significa que, aunque se asignen millones de dólares al Departamento de Educación, al salón de clases no llegan y no se reflejan en beneficio de los estudiantes y que del injusto salario que reciben los maestros, tiene que ser suficiente para mantener sus familias y obtener los materiales necesarios para hacer su trabajo. Me hace comprender el que consideren irse del país en búsqueda de mejores oportunidades.

Ser hija del Sr. Rosario significa para mí, sentir orgullo y admiración, no sólo por él, sino por todos los maestros que me dieron clase, por los que he visto en las mismas o peores circunstancias que mi padre. Significa reflexionar sobre las ocasiones en las que desde mi inocencia juzgué a mis maestros al compararme con la educación que se recibía en otro tipo de escuelas. Ser hija, sobrina, prima y amiga de maestros jóvenes en Puerto Rico me hace consciente de que lo que yo viví como estudiante aún permanece, que la escasez de materiales continúa siendo una realidad, que la tecnología no ha sido integrada como herramienta de aprendizaje y que la burocracia y otros problemas administrativos continúan impidiendo que los recursos sean accesibles en las escuelas públicas. 

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