Cezanne Cardona Morales

Punto de vista

Por Cezanne Cardona Morales
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Testigos de la maravilla

¿Quién dijo que no podíamos descubrir América? La pregunta vino de la bofetada de una bandera amarrada a un palo de escoba, de una niña en los hombros de su padre, de un sexagenario con andador, de la foto de un muerto del huracán María, de una estrella pintada en el pecho que roza un pezón, del cencerro y el chéquele, de la cacerola y el cucharón, del merengue, la salsa, el trap y el reggaetón.

La pregunta vino de la sequía florecida que ofrecía la temperatura, del vitral que armó el aguacero, de la margarita desojada del celular, de la motora y el micrófono, del insulto y la ironía, de una vagina pintada en un cartón que pedía respeto, del sobaco sudado y del mofle de un camión, de la sombrilla pintada y el zodiaco mojado, de una medalla tibia y a dos pesos, del sándwich en la mochila, del bloqueador solar y la piel erizada, del millón de personas que subimos a la autopista Las Américas para hacer de un lunes de verano una nueva maravilla interior.

¿Quién dijo que la maravilla era solo una pirámide, un templo, un puente, o una escultura? Un pintor neerlandés del siglo dieciséis hizo la primera lista. Kant la redujo a lo sublime; Hegel dijo que era Napoleón. Marx planteó que la burguesía había confeccionado maravillas más grandes que los acueductos romanos. La prosa de José Martí nos enredó, con gracia y belleza, en los cables que sostienen el puente de Brooklyn. José María Heredia secuestró la maravilla de las cataratas del Niágara. Julia de Burgos nos sugirió que la maravilla era el Río Grande de Loíza, y Llorens Torres la encabalgó en el Valle de Collores.

Pero doce días de protestas consecutivas bastaron para que un aerosol cambiara el nombre de dos calles para siempre. La Calle del Cristo ya no tendrá cristo y la Calle Fortaleza ya no tendrá fortaleza. Nos metieron miedo con las líneas del gas, con el moralismo del patrimonio cultural, con el turismo y los cruceros que no llegaban. Aún así descubrimos que podíamos hacer renunciar calles y gobernadores con tan solo bikini y bandera, con yet ski y yoga, con kayak y karaoke, con caserío y mansión, con bicicleta y caballo, con botellas de agua y de alcohol, con llama y marihuana, con Dios y sin Dios, con revolución y sin revolución, con oración y canción, con periodista y buzo, con carnaval y misa, con diástole y diáspora, con vicio y seriedad.

¿Quién inventó la maravilla? Los intelectuales de la Edad Media fueron tal vez los primeros que se enfrentaron a la palabra. Llamaron “mirabilia” al límite visual entre lo humano y lo divino. La ciudad y la muralla fueron sus defensas; el dragón y el ogro las víctimas de los bestiarios. La armadura y la cruzada justificaron la nobleza. El renacimiento hizo de eso un retablo de mecenas, y los primeros cronistas de Indias la llevaron a ultramar como espejo de imperios. La maravilla era una mercancía de asombros; nunca gente, siempre lugares. Oviedo encerró en la piña todo el continente. Ledrú inventó ochenta nuevas especies de pájaros y pensó que en Aibonito caía nieve. Iñigo Abad se enamoró del llano del Toa, pero aborreció el ocio de la población. Hasta el mariscal O’Reily vio en los animales más valía que en nuestro pueblo. Nos obligaron a criollizar la esperanza.

Nadie esperaba que la maravilla estuviera en el algoritmo de las redes sociales, en la alternancia de la flor y la piedra, en el perreo combativo frente a la catedral. Nadie sabía que se podía derrocar un gobernador con grafiti y coreografía, con adoquines arrancados de raíz, con un postre de balas de gomas, con un grajeo de banderas en la calle San Justo, con el mantra “Ricky renuncia”, con el coro “Somos más y no tenemos miedo”, con la pancarta que decía “Más bellaqueo y menos corrupción”, con la dignidad del “Siempre puta pero nunca corrupta”.

¿Quién dijo que la maravilla estaba en un solo lugar? La maravilla no es de nadie y es de todos. Pero los cínicos lo negarán. Los acólitos de la nada dirán que no es suficiente. Los analistas políticos afirmarán que este país sigue teniendo los mismos problemas de siempre. Los puristas prometerán un apocalipsis tan portátil como su ego. Los economistas nos asustarán otra vez con la pobreza. Los partidos usarán el evento como publicidad y los apologistas lo defenderán todo. Tengan razón o no, yo solo me conformo con decir que este verano hemos sido testigos de la maravilla.

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