Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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The Manchurian Candidate

Hay una novela de 1959, llevada al cine después dos veces (en 1962 y en 2004), que trafica con un espanto que todos los que amamos a nuestros países hemos sentido alguna vez. Se titula “The Manchurian Candidate”, la escribió Richard Condon y, sin dar mucho detalle, para no arruinarle la experiencia al que no la haya leído, trabaja con la premisa de que un país enemigo de Estados Unidos planta en el más alto nivel del gobierno federal a una persona amarrada a los intereses de ese adversario y no a los del pueblo estadounidense.

 Algunos hemos perdido muchas noches de sueño batallando con sombras así. Elegimos gente porque les creemos que representarán los mejores intereses de nuestro país, pero al final del día no nos queda más que confiar ciegamente en que la isla de nuestros amores (y no pocas veces de nuestros tormentos), y no otras cuitas, ocuparán sus espíritus. 

No nos ha sobrado nunca la confianza de que los que anidan allá arriba velan por nosotros. Y no por malas razones. Es que para llegar a un puesto alto en el gobierno de Puerto Rico, hay que pasar mucho peaje, meterse en demasiados túneles, hacer o recibir hartos favores, amarrarse con cuanto actor oculto hay, sobarse en secreto sabe el diablo con quién, irse desprendiendo en el camino de todo lo que se es, se cree ser, se pregona ser o hasta se aspira a ser. 

Cuando, habiendo atravesado las frondas, el afortunado se deja caer pesado en la apetecida silla, haciendo sonar y resoplar los fuelles, debe medio mundo a medio mundo. Ese es un precio muy alto que aquí llevamos demasiado tanto tiempo pagando por tener un sistema electoral que obliga a los candidatos a gastar cantidades inimaginables de dinero para tener opciones de triunfo. Para gastarla, sabemos, primero hay que buscarla y ahí, como decía el gran Cantinflas, es que está el detalle. 

En estos tiempos, la cosa se ha puesto peor, si eso cabe. 

Puerto Rico, contrario a Estados Unidos, no tiene enemigos extranjeros, por lo que no tememos que venga ningún ruso, chino, malasio, húngaro, guyanés o marciano a plantarnos a un candidato manchuriano en Fortaleza. Pero, las circunstancias que atraviesa la isla, en este momento en particular, le han puesto de frente a un adversario que es tan formidable, tan implacable, tan feroz y con tantos recursos a su disposición como cualquier nación: los acreedores a los que debemos $70,000 millones. 

 Quisiéramos vivir, como antes, sobre un lecho de rosas, cantándole alabanzas a la fértil tierra. Pero, nos guste o no, en este momento en particular, Puerto Rico y sus acreedores tienen intereses encontrados. Puerto Rico no puede pagar toda su deuda y necesita pactar para pagar cantidades que le permitan seguir dando servicios. Los acreedores, por su parte, quieren cobrar lo más posible. 

Y aparte de los interminables pleitos en corte, esos acreedores han estado rondando, como abejas a una flor, a personas claves en los dos partidos que tienen opciones de triunfo, con la intención, puede uno pensar sin que se le pueda acusar de cínico, de amarrarlos a sus posturas. 

De ahí es que viene la ardiente controversia que arropa al Partido Popular Democrático (PPD) desde que se supo que dos de sus potenciales candidatos a la gobernación, Héctor Ferrer y Roberto Prats, estuvieron bajo contrato con DCI, una firma estadounidense que da servicios de propaganda y manipulación de opinión pública a acreedores y otros adversarios del gobierno de Puerto Rico, como en su momento fue el extinto banco Doral. 

 DCI fue la empresa responsable de la campaña de descrédito contra Puerto Rico en Estados Unidos que llevó a cabo Doral cuando trataba de que el gobierno de Alejandro García Padilla le honrara el acuerdo ilegal que había alcanzado con el de Luis Fortuño, para recibir un reintegro contributivo de $230 millones. También ha estado empujando en Washington la versión, que contradice la postura de los últimos dos gobiernos de Puerto Rico, de que la isla puede pagar su deuda.

Eso no impidió que Ferrer, quien aspiró a ser comisionado residente en el 2016, trabajara para DCI en el 2015, cosa que nunca dijo públicamente cuando era el compañero de papeleta de David Bernier. Según Ferrer, le hizo un memorando legal, cosa que resulta curiosa por dos razones: primero, porque DCI no es una firma legal, sino de relaciones públicas y, segundo, que entre 17,000 abogados licenciados que hay hoy en Puerto Rico, según estadísticas de la Administración de Tribunales, hayan elegido para dicho trabajo a uno al que no se le conoce ninguna pericia especial en temas de deuda. 

Prats, por su parte, indicó que para la misma época trabajó para DCI análisis de leyes y de cómo el tema de la deuda se iba moviendo en Puerto Rico. Además, les coordinó foros de discusión y encuentros con economistas y “hasta exgobernadores”, según dijo en el podcast de entrevistas de este periodista. 

Las abejas también han rondado a la flor del Partido Nuevo Progresista. 

Ryan Grillo, el operativo de DCI en Puerto Rico, hizo donativos tanto al gobernador Ricardo Rosselló como a la comisionada residente Jenniffer González, cuyo director de campaña, Francisco Domenech, ha representado a acreedores de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE). Circula por ahí una foto de Grillo, quien no es votante de Puerto Rico, pancarta pro-Rosselló en mano, celebrando bien contento la victoria del ahora gobernador en la primaria contra Pedro Pierluisi en junio de 2016. 

Durante la campaña, tanto Rosselló como González dijeron que consideraban que la deuda de Puerto Rico se podía pagar y que no había necesidad de la quiebra, que es lo mismo que creen los clientes de DCI. Rosselló, ya después enfrentado con la realidad, acogió al gobierno a la quiebra empezando apenas en el cuarto mes de su mandato. 

El patrón, para el que no les teme a las pesadas verdades con las que a veces la vida nos golpea, está clarísimo. Gente poderosísima, asociada a acreedores cuyos intereses son contrarios a los nuestros, están haciendo esfuerzos por poner bajo su influencia a personas que tienen posibilidades de gobernar aquí. 

No hay palabras que puedan capturar en toda su magnitud los tremendos peligros que esto entraña. Los recursos de Puerto Rico, tristemente, no dan para todos. Nuestros gobernantes están en la disyuntiva de elegir si son para los niños de las escuelas, para los policías, para los enfermos o para los acreedores. 

Dice la Biblia algo que se puede aplicar a este tremendo dilema: “Nadie puede servir a a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro o querrá mucho a uno y despreciará al otro”.

Ojo con esto, pues, no sea que nos pasen gato por liebre o, lo que es lo mismo: manchuriano por boricua.

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