Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
💬 0

The room where it happens

Lin-Manuel Miranda, quien nació y se crio en Nueva York, pasaba todos los veranos de su niñez en Vega Alta, el pueblo de sus padres, según ha dicho en múltiples entrevistas. 

Esa es una escena que nos resulta muy familiar a los que crecimos en campos y pueblos pequeños: abundaban los primos, hijos, sobrinos, nietos o vecinos que vivían en Nueva York o en el noreste de Estados Unidos (antes, muy pocos estaban en Florida, la nueva meca boricua) y los traían a la patria durante los veranos para que se relacionaran con la familia que había quedado por acá y conocieran de dónde habían salido sus padres.

Llegaban jinchos, tímidos y hablando un español, si acaso, bastante rústico; se iban uno o dos meses después coloraos o prietos, según fuera el caso, no pocas veces habiendo vivido breves, pero inolvidables romances de verano y cuando menos con algunas palabrotas en el castellano de sus antepasados.

Era aquel un tiempo en que las distancias se sentían con mucha más intensidad que ahora. La gente en estos tiempos se va y tan pronto aterriza al otro lado hace una “vídeollamada”. Por el Facebook, vemos fotos en algunos casos a diario de los sobrinos que están por allá. Por el WhatsApp estamos conectados minuto a minuto en tiempo real. 

Antes eran cartas escritas a mano. Las fotos había que tomarlas, llevarlas a revelar y, si salían bien, mandarlas por correo, por lo cual no llegaban tan a menudo. Las llamadas costaban, a veces mucho y no se podía hablar con tanta frecuencia, ni por demasiado tiempo. Era de verdad una sorpresa cuando el primo que un año antes era un niño se bajaba del carro que lo trajo del aeropuerto exhibiendo un incipiente bigote y voz ya ronca, de mozo como decían antes. 

Acá, cuando niños, quedábamos extrañando mucho a los de allá, contando los días hasta el próximo verano y la próxima visita del primo. Desde allá se idealizaba aquella isla verde, azul, dorada, exuberante, donde tanto calor humano se recibía y mucho se descubría y que era tan radicalmente distinta a las junglas de concreto donde ellos vivían. La lejana isla se convertía así en la estrella en el horizonte, la tierra prometida a la que un día se regresaría a tratar de recapturar algo de la magia de antaño o devolver algo de lo mucho que aquí se aprendió. 

Este contexto es importante entenderlo al pensar en la figura de Lin-Manuel Miranda. Los veranos que pasó aquí hicieron que la isla se le metiera en la sangre, con fuerza tal que cuando unos años después alcanzó las más altas cumbres imaginables en su carrera artística no dejó de ser un “fiel a la vega” y ha querido seguir vinculado de una manera u otra a la tierra en la que tan feliz fue en los veranos de su niñez. 

Lo que pasa es que la isla del corazón de Lin-Manuel, y de la mayoría de nosotros, es hoy un sitio mucho más complicado de lo que era cuando el autor de “In The Heights”, siendo todavía un imberbe, pasaba calores, batallaba mosquitos y se bañaba en sus playas e incluso de lo que se ve a la distancia desde Nueva York. 

No hay razón para cuestionar las buenas intenciones de Lin-Manuel, quien no ha dado ningún indicio de que, desde su punto de vista, con el que no necesariamente estamos todos de acuerdo, no quiera lo mejor para Puerto Rico. Una muestra de  esto es que, sin necesidad alguna, se haya metido en las tremendas complicaciones que significó traer acá a su increíblemente exitoso musical “Hamilton”, que gana $3 millones semanales en sus presentaciones en Broadway, según el diario The New York Times, y ahora mismo, además de Nueva York, está en cartelera en Chicago y en Londres y va después de aquí a San Francisco. 

Al nivel de esas  grandes ciudades puso Lin-Manuel a San Juan al traernos a “Hamilton”. 

El problema ha sido que algunas de las cosas en torno al evento “Hamilton”, de las cuales Lin-Manuel no está del todo ajeno, han sido sal en las hondas y antiguas heridas de Puerto Rico, ignorado cuando no despreciado por muchos de los congresistas que, con “Hamilton” como pretexto, se asomaron por aquí queriendo vendernos el cuento, que algunos compran entusiastamente, de que tienen intereses genuinos en nuestros problemas. 

El resplandor de la obra (y los boletos para verla, por el que, según se informó, cada uno pagó $500 de su bolsillo, mucho menos de lo que cuesta verla en cualquier otro sitio) trajeron a unos 40 congresistas demócratas, que vinieron acompañados de más de cien cabilderos y representantes de corporaciones privadas, según el periódico Washington Examiner.

Dizque venían para ver cómo va la recuperación tras el huracán María (ocurrido hace un año y cuatro meses), pero estuvieron tres días discutiendo quién sabe qué negocios  y estrategias electorales, además de haber recibido a Julián Castro, un exalcalde de San Antonio, Texas, que un día antes había anunciado su candidatura presidencial por el Partido Demócrata.  Al senador Robert Menéndez, defensor a ultranza del status colonial de Puerto Rico, se le vio embadurnado en loción contra el sol y rojo como un camarón, en una playa. 

El grupo se reunió el sábado con el gobernador Ricardo Rosselló. Hubo quejas de parte de acá y promesas vacías de allá, en la pantomima a la que ya estamos acostumbrados. Pero del elefante en el salón nadie habló; de que Puerto Rico es un país sometido por más de cien años a un régimen antidemocrático de inferioridad política y cuyo derecho humano a tener voz en su destino ha sido violado e ignorado por todo ese tiempo, por el Congreso cuyos miembros andaban por ahí cariacontecidos, fingiendo que esto de verdad les importa. 

Solo aquí gente con tamaña responsabilidad se pasea, coge sol, como bacalaítos, va al teatro, muy felices entre nosotros, sin que eso se le plantee nunca como un conflicto. 

De “Hamilton”, este periodista, que la vio el sábado, no puede decir mucho más de lo que han dicho muchos con harta más autoridad en estos temas. Baste recalcar que es más que merecido el furor que ha causado la obra en Estados Unidos, por la manera inimaginable (en hip-hop) que eligió Lin-Manuel para contar un aspecto olvidado de su historia en el momento en que quizás más necesario es: la importancia de los inmigrantes desde el origen mismo de la nación estadounidense. 

Puerto Rico le debe a Lin-Manuel un largo y sonoro gracias por impulsar que se presentara en Puerto Rico y toda la promoción que eso ha traído la isla. De hecho, se lo dio, a su manera, en los primeros minutos de cada función, cuando la orquesta tenía que parar y la obra detenerse para que lo puertorriqueños, de pie, apasionada y calurosamente, le hicieron a este extraordinario artista el honor que se merece. 

A los otros, a los que, huyéndole al frío, vinieron a ver la obra, a sus componendas políticas de siempre, a cuadrar quién sabe qué tratos extraños, a esos no, ningún aplauso. A esos, solo la reiteración, aunque caiga, como ha sido el caso por más de un siglo, en oídos sordos, de que los puertorriqueños, al igual que los revolucionarios de los tiempos de Alexander Hamilton, también tenemos el derecho inalienable a estar, como se  canta en la obra, “in the room where it happens”.

Otras columnas de Benjamín Torres Gotay

domingo, 17 de febrero de 2019

El lujo de rendirse

Habíamos creído por generaciones que nada podía haber peor en la vida que la muerte inesperada de un ser amado. Malas noticias: lo hay. Los sombríos tiempos de resquebrajamientos que atravesamos demuestran que ni siquiera la mordida de león al alma que es la muerte inesperada de alguien querido es lo peor que se puede esperar de la vida.

domingo, 10 de febrero de 2019

La diplomacia colonial

Las temerarias actuaciones de Luis Rivera Marín pusieron en ridículo a Puerto Rico. Nadie en el gobierno parece haberse percatado

domingo, 3 de febrero de 2019

La estrella más fugaz

Raúl Maldonado era la estrella de la administración Rosselló. Pero su brillo duró muy poco

domingo, 27 de enero de 2019

La saña de Donald Trump

Las aciones del presidente de Estados Unidos demuestran que tiene algo contra Puerto Rico

💬Ver 0 comentarios