Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Tiempo tieso

El lunes pasado cumplimos cuarenta días y cuarenta noches sin luz. Una cifra tan bíblica como la paciencia jobiana con que los puertorriqueños hemos cargado esa agobiante cruz. Hoy, casi siete semanas después del gran apagón, seguimos sin garantías de poder ver encenderse siquiera una mísera bombillita de Navidad. Es como si el reloj se hubiera detenido en seco aquel infausto 20 de septiembre para nunca más volver a arrancar.

Las actividades cotidianas de la zona metro durante el posdesastre agudizan esa exasperante sensación de inercia. Los tapones son una pesadilla viviente. Cualquier recorrido, por más breve, es un peregrinaje al infierno. La virazón de los semáforos nos ha dejado a merced del salvajismo con licencia. Ni la policía de tránsito, sudando la gota gorda en sus uniformes prensachichos, da abasto para controlar el santo revolú de las intersecciones.

¿A dónde van esas multitudes motorizadas que a diario desafían los sustos de la carretera? A juzgar por las horas que pasan refrigerándose, oyendo radio y hablando por teléfono en el carro, algunos parecen haber descubierto el resuelve ideal para el calor y el enzorramiento.

También circulan, claro, aquellos que se lanzan al caos callejero por pura obligación laboral. Y, por supuesto, los aspirantes a mártires urbanos que se dirigen a los destinos más calientes del momento: gasolineras, supermercados, cajeros automáticos y orillas de autopistas donde, con suerte, se capta una fugitiva señal de celular.

El inmovilismo del tapón rivaliza con el de la fila. La del ATH. La del hielo. La de la farmacia. La del restaurante. La del estacionamiento del “shopping”. La de las solicitudes de FEMA… Estamos como en Cuba, dice mi vecina frunciendo la boca. Sin duda, la cola más folclórica es la del candungo. Ese término genial, descriptivo de cualquier envase imaginable, ahora se aplica a los bidones plásticos para el transporte del preciado diésel que alimentará el aliento tóxico de los generadores. El auge de las filas, por cierto, ha ampliado el mercado de empleo para los fileros, estoicos chiriperos que aguantan, a cambio de unos cuantos verdes, el suplicio de la guardia de pie.

La búsqueda obsesiva de los artículos “de primera necesidad” convoca, desde el amanecer, kilométricas hileras de clientes en las megatiendas. Por medio de confidencias, los más listos averiguan el horario de llegada de los camiones que traen la mercancía y se plantan frente a la entrada para ser los primeros en tirarse de pecho a acaparar lo que aparezca.

Este nuevo velorio consumista adelanta las famosas ventas del madrugador. Pero aquí el atractivo no son los especiales sino la escasez de ciertos bienes codiciados. Abanicos y lámparas de baterías tipo D y hornillas de camping con tanquecitos de gas butano desatan la guerra de las góndolas. Los ingredientes del arroz con latas desaparecen en un santiamén. Y el agua embotellada, principalísimo objeto del deseo ciudadano, se paga a precio de oro aunque venga de Carraízo.

La parálisis lo afecta todo, desde la congestión de furgones en los muelles hasta el amontonamiento de automóviles abandonados en la estampida migratoria del aeropuerto. Las casas y los comercios cerrados imparten un aspecto desolado a las calles repletas de escombros, ese estrafalario arte conceptual de la catástrofe.

Como secuela a la coagulación del día, las noches sin televisión, computadora ni aire acondicionado son un preestreno de la eternidad. Los “implantados” (dueños de plantas) se ahorran los sinsabores de los “desplantados”, quienes se acuestan cada vez más temprano para soñar con beber frío, comer caliente y el próximo capítulo de su interrumpida teleserie.

Con todos los inconvenientes y fastidios, las tribulaciones de los habitantes de “la losa” palidecen ante las graves privaciones que padecen los sectores rurales. Lo que para unos es incomodidad transitoria, para otros es carencia permanente. Si alguna utilidad tuvo el brutal cataclismo que nos arrasó fue el destape crudo de una miseria enchapada de progreso.

La demora injustificable de los toldos azules para techar el desamparo alcanza dimensiones de tragedia. El secuestro de suministros humanitarios por funcionarios públicos asquea hasta la náusea.

Y, en medio de tanto sufrimiento, los chanchullos ventajeros de los traficantes de contratos cualifican para crimen capital. Como símbolo gráfico del marasmo que nos ahoga, el barco-hospital americano le da vueltas a la Isla esperando unos pacientes que no llegan.

Manuel Méndez Ballester llamó “Tiempo muerto” a su obra clásica sobre las vicisitudes de los trabajadores de la caña. En homenaje a don Manuel, columnista extraordinario de este periódico, me he permitido adaptar su título para ponerle nombre a esa especie de “rigor mortis” que se ha apoderado del cuerpo y del espíritu de nuestra patria. Tiempo tieso, sí, por duro y por tenso. Pero igual por firme y por tenaz, si así nos empeñamos en afrontarlo.

Ayer vi una monoestrellada izada en una grúa, ondeando como si nada. Y otra, sembrada entre las raíces de una ceiba majestuosa que el huracán no se atrevió a tumbar.

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