Antonio Quiñones Calderón

Punto de vista

Por Antonio Quiñones Calderón
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Tiene mucho que explicar

Son graves las alegaciones/denuncias –sin sustento específico– del ahora exdirector de Revitalización de la Junta federal de Supervisión Fiscal, Noel Zamot, alrededor de las supuestas obstrucciones y hasta indicios de corrupción –que habrían tenido como resultado su aparatoso fracaso en el cargo al cual renunció (¿o fue “renunciado”?)–, que obligan al exfuncionario a ofrecer el detalle, bajo juramento sería idóneo, de los hechos que denuncia.

Mientras no lo haga, siguen en duda las intenciones y, de hecho, la veracidad de su desahogo a la hora de partir.

Vamos a ver esto con algún cuidado. Hay varias preguntas que se zarandean en todos los sitios donde se reúne gente para conversar. Una de ellas: ¿por qué, en lugar de presentar su renuncia al cargo que, en los 20 meses que lo ejerció, representó un incremento de más de medio millón de dólares en su cuenta bancaria, no hizo ante los foros adecuados y disponibles las denuncias que luego propaló a un cerrado círculo de personas? Era lo que correspondía, no solo para mantener su cargo y gracioso salario, sino para responder como un ciudadano y funcionario ejemplar que detecta un acto de corrupción y lo denuncia ante las autoridades, no ante una audiencia sin facultad para investigar y acusar.

Otra: ¿Por qué, al momento de renunciar, dice en la carta a sus jefes que: “El proceso (de revitalización) sigue transparente, ampliable (scalabale), y completamente ‘online’”? ¿Cómo que transparente si se lo están saboteando por métodos corruptos? ¿Por qué asegura en su carta de renuncia que el avión, refiriéndose al proceso de revitalización que a ese momento dirigía: “tiene combustible y está listo – solo estamos esperando por los pasajeros”? ¿Por qué no denunció que había detectado polizontes en la barriga del avión y los identificó? ¿Cómo se explica que, después de lanzar la ofensiva sombra contra la reputación de unos funcionarios que supuestamente le obstruyeron corruptamente su trabajo –que se da de bruces con su felicidad por haber logrado sus objetivos–, diga en sus declaraciones públicas: “No estoy enojado con ninguna persona del gobierno”? ¿Es que no le enoja la supuesta corrupción que alega?

¿Por qué no aprovechó su carta para despejar la duda respecto a la vieja usanza de funcionarios que salen intempestivamente de sus cargos, obligados a dimitir por razones que quedan en los archivos de “secretos de Estado”, pero adjudican a asuntos “personales”, o porque, como dice el señor Zamot, ya han “logrado el objetivo” de su trabajo –que, en su caso particular, quedó absolutamente irrealizado–, y “es hora para mí de renunciar (step down)?”.

Tiene mucho que explicar el señor Zamot.

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