Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Tocaba a la puerta el perro

En medio de la hecatombe que dio lugar a la salida de Ricardo Rosselló, que nos parece que ha pasado un siglo, circuló la foto, no sé si real o ficticia, del perro de la primera familia del país, que en ese momento era la última, raspando con sus patitas la puerta de la mansión ejecutiva para que lo dejaran entrar. Era una imagen sobrecogedora. Y nunca supimos si el perro finalmente entró, o se volvió zombie con los gases lacrimógenos.

El doctor Fernando Cabanillas publica hoy una columna sobre las ventajas cardiovasculares de poseer un perro. No habla de gatos ni de iguanas, animales que también han poblado mi entorno. Echando mano a unos estudios publicados en prestigiosas revistas científicas, indica que, además del ejercicio que nos obligan a hacer los perros al sacarlos y doblarse a recoger la caca, al parecer hay otras razones por las cuales la cercanía de un can nos mantiene vivos.

El destrozo de zapatos es algo a lo que los dueños de mascotas estamos acostumbrados. Y eso no tiene que ver precisamente con la edad (la del perro). Que un pitbull de ocho años agarre una vieja pantufla y la destroce, es una alegría cerebrovascular tremenda. Pero que devore, sin compasión, unos tenis recién comprados, chupando los cordones como si fueran espaguetis (al estilo Chaplin en “The Golden Rush”), es un golpe que nos destroza el hígado.

Lo que quiero decir es que no todo es tan romántico con los perros. Ni todo el que padezca del corazón puede enfrentarse de buenas a primeras con esa experiencia.

En primer lugar, los perros levantan la patita. En mi casa, incluso las hembras la levantan, un reflejo del carácter varonil de la dueña. En segundo lugar, suelen hacer huelgas de hambre. Todo el que tiene un perro sabe esto, rechazan una y otra vez las bolitas de tal o cual marca, lo que desencadena nuestros más bajos instintos. En tercero, hay que bañarlos. Aun con el corazón más o menos sano, a la hora de bañar un pitbull pueden producirse palpitaciones severas. La parte buena para la salud mental (del pitbull) es que no se dé cuenta de que le tenemos miedo. Limpiarle la carita a un animal con trescientas libras de fuerza por pulgada cuadrada en la mandíbula, es un ejercicio de desdoblamiento que nos ayudará a vencer cualquier reto que nos surja luego. Ese cúmulo de emociones, o bien nos mata para siempre, o bien nos da una longevidad invencible.

La gente que como yo tiene una media docena de perros, lo piensa dos veces antes de morirse. Una vez que estuve muy enferma, solía echarme a llorar sin consuelo, no por la enfermedad ni sus achaques, sino por los perros. Mi marido preguntaba la causa de mi llanto. “Casi nada”, le decía. “Cuando me muera, meterás a otra en la casa que odiará a los perros y los echará a la calle”. “¿Cómo me crees capaz?”, respondía él. “Meteré a otra, pero le gustarán los perros tanto como a ti”.

Mentira piadosa. Ninguna mujer soporta a los perros de la difunta. Al viudo lo envuelven, lo camelan diciéndole que de niñas tuvieron un yorkie, pero que ahora no tienen perros porque pasan mucho tiempo fuera de casa. Esa excusa es de manual, la dicen todas. El caso es que, a la primera de cambio, cuando se ven a solas, dueñas de la situación, le abren la puerta a la jauría de la fenecida. Adiós muchachos compañeros de su vida.

Solo por eso no me morí. Por no darle gusto a ninguna mataperros. O a ningún mataperros porque, cuando alguien muere, los cónyuges sobrevivientes a veces se lanzan a deliciosas y extrañas experimentaciones.

Propone el doctor Cabanillas hacer un estudio en los hospitales mediante el cual a la mitad de los pacientes que sufran un infarto o derrame, se les provea un perro que duerma con ellos. La otra mitad se dejaría sin perros. Ya se sabe cuál es la mitad que, según los estudios recientes, se quedará un rato más en este barrio, y cuál la mitad que se irá enseguida para el otro.

Tampoco hay que ser tan tajantes, supongo. Me refiero a que podríamos ser más inclusivos. ¿Hay estudios científicos sobre la tenencia de gatos? A lo mejor acariciar a los gatos también nivela la presión. En una entrevista publicada hace unos meses, el gran filósofo Gianni Vattimo admitía que “morir le sabía mal, por dejar al gato y por algún amigo”. En ese orden.

Hay un poema bellísimo de la escritora polaca Wislawa Szymborska, cuyo primer verso dice: “Morir, eso no se le hace a un gato”. Y elabora todas las razones por las que la gente no debe partir de este mundo si tiene un felino en el apartamento.

Sabido es que en Puerto Rico hay individuos que tienen en sus patios caimanes. Hay otros que tienen boas o alguna clase de ofidio, incluso venenoso. A mí no me importaría cargar con las serpientes de una difunta. Pero las señoras casi nunca dejan atrás reptiles, es raro ver a un viudo que se ha quedado solo con las serpientes de la fallecida. Que ahora que lo digo, leí en alguna parte que acariciar culebras agiliza las funciones cognitivas.

Si al perro de La Fortaleza lo han dejado aquí definitivamente, piense Rosselló en conseguirse un galgo. Lo digo por su salud y la de su señora.

Es que ya ni nos acordamos de Rosselló. Somos olvidadizos como alacranes.

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