Luis Toro Goyco

Tribuna Invitada

Por Luis Toro Goyco
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Tocando fondo en Puerto Rico

Si no hemos tocado fondo, no sé qué nos pueda faltar. El año pasado, el presidente de los Estados Unidos a través de su secretario de Justicia en su comparecencia voluntaria ante el Tribunal Supremo, poco después dicho tribunal mediante su decisión en Pueblo v. Sánchez Valle, y al día siguiente el Congreso con la aprobación de su PROMESA para Puerto Rico, borraron del panorama político boricua toda ilusión de soberanía.

Dejaron al desnudo que somos un territorio no incorporado de los Estados Unidos, que pertenecemos a, pero no somos parte de ese país, desde que este nos invadió en 1898. En otras palabras que somos una colonia de los Estados Unidos, dependientes, cargando una deuda impagable, con una economía en bancarrota, a pesar del caudal de riqueza que producen nuestras manos e intelecto.

Ahora Irma y María, con sus terribles vientos destructores, arrazó con las nubes de engaño tejidas por los invasores y sus colaboradores del patio para hacernos creer que éramos un país desarrollado del primer mundo, “vitrina de la democracia”, “lo mejor de dos mundos” como nos llamaban. Estos develaron lo que siempre hemos sido, un país tercer mundista, pobre, superpoblado y sin recursos minerales.

Esta situación, aunque triste y dolorosa, nos brinda una magnífica oportunidad para evaluar quiénes somos, qué tenemos, con qué realmente contamos y qué queremos ser.

Es cierto que todavía en este momento estamos aturdidos por los golpes de Irma y María y, como señalara un líder obrero recientemente en una columna publicada en El Nuevo Día, “nuestra gente está concentrada en sobrevivir” y que no menos aturdido y tratando de sobrevivir se encuentra el gobierno que, a pesar de su campaña publicitaria, no logra arrancar, como lo demuestra el hecho  de que en alrededor de un mes la electrificación de nuestro principal Centro Médico y el aeropuerto internacional se ha caído cuatro veces y todavía no supera el 11%,  aun cuando la Autoridad de Energía Eléctrica cuenta con la ayuda del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y de dos compañías eléctricas que contrató FEMA.

Sin embargo, una vez superemos la etapa de la subrevivencia, que no va a ser ni breve ni fácil, antes de embarcarnos en una nueva aventura debemos reflexionar sobre los extremos antes mencionados.

Las opciones están claras sobre la mesa. ¿Queremos continuar siendo la misma colonia, sin poder alguno para definir nuestro futuro, en la que las empresas de la metrópoli se llevan de nuestra patria la inmensa mayoría de las riquezas que producen nuestras manos e intelectos, que nos ha sumido en la depresión económica y la deuda que nos asfixian, con una infraestructura sumamente frágil incapaz de resistir la furia de la naturaleza en una zona geográfica donde dichos eventos son una amenaza constante, o queremos construir un nuevo país en el que seamos nosotros los que definamos el rumbo que queremos seguir con la solidaridad de los demás países libres del mundo sobre la base de nuestros recursos reales?

Por siglos las metrópolis que se han apropiado de la riqueza que hemos producido con la colaboración cómplice de unas cúpulas parasitarias de nuestro pueblo protegidas suyas nos han mantenido divididos en tribus, como si procediéramos de lugares diferentes con intereses contrapuestos, peleándonos como enemigos mientras ellos se distribuyen el presupuesto colonial. Una de esas cúpulas, que durante muchos años disfrutó del respaldo de la mayoría de nuestro pueblo, pero que actualmente se haya seriamente menguada, insiste en mantenernos bajo la condición actual.

La otra que, a través de los años ha promovido nuestra anexión a la metrópoli para que vivamos de la caridad gubernamental, pero que nunca ha confrontado realmente a la metrópoli con sus ambiciones y cuyo último adalid ha sido el gobernador de turno, ante el fracaso de su diseño anexionista recientemente claudicó a sus reclamos dejando a sus seguidores en la estocada y convocó a los primeros a componer una coalición colonialista para mendigar en Washington unas ayudas que les permitan mantener sus privilegios.

Frente a estos se ha ido lentamente y trabajosamente forjando en nuestra patria una alternativa soberanista que aspira a que seamos los dueños de nuestro destino político y reconstruyamos este país sólidamente sobre  nuestros propios recursos.

La vida no pudo brindarnos una mejor oportunidad, el pueblo tiene la palabra. Si queremos una verdadera reconstrucción tenemos que aprovechar las experiencias adquiridas por lo menos en los últimos 65 años.

En primer lugar, tenemos que iniciar una revolución moral total. No podemos seguir tolerando a las garrapatas, parásitos y sanguijuelas que se roban  el sudor del pueblo. Necesitamos legislación urgente que comience limpiando y reduciendo a los inquilinos de la propia casa de las leyes y que imponga responabilidad penal y civil a aquellos que se aprovechan o dilapidan el Tesoro público. No queremos más gobernantes sordos, ciegos o ineptos. El que no oiga, no vea o no sea diligente que responda con su libertad y su propiedad personal. Intolerancia con la corrupción.

Esa reconstrucción requiere una transformación radical de las relaciones político económicas entre Puerto Rico y los Estados Unidos mediante la cual nuestro pueblo recobre plenamente los poderes que los españoles le arrebataron a nuestro pueblo aborigen, así como aquellos otros que fueron adquiriendo en su nombre o lugar en los 400 años siguientes y luego los Estados Unidos le arrebataron mediante la Guerra Hispano Cubano Americana.

Esa reconstrucción conlleva también una transformación radical en el Sistema económico implantado por la metrópoli en nuestra patria, mediante la cual una porción inmensamente mayoritaria de nuestro pueblo obtenga un empleo digno con el cual ganar su sustento y el de sus dependientes mediante su esfuerzo e inteligencia. Así ningún(a) boricua se verá obligado a emigrar a otro país o depender de la caridad pública y la mayor porción de la riqueza que produzcamos de conformidad con nuestras capacidades se quedará en nuestro suelo para ser distribuida entre nuestra población de acuerdo a su aportación y sus necesidades.

También esa reconstrucción requiere una transformación radical de nuestras instituciones de gobierno, de tal suerte que estas sirvan al bien común para el que fueron creadas. Lo mismo requiere nuestros sistemas de salud, educación y seguridad social, entre otros.        

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