Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Todo cambia, nada cambia

Estamos como en la Sicilia de 1860 cuando el desembarco de Garibaldi, de lo que nos contó, con pericia inigualable, el gran Giuseppi Tomasi di Lampedusa en la novela “El Gatopardo”.

Hedía a cambio. Se anunciaba con tropel de rumiantes la derrota del Reino de Borbón y la reunificación de Italia. Temblaba la tierra. Se agrietaban las paredes. El viento cambiaba de dirección.

La aristocracia siciliana lo sabía. La era de los privilegios llegaba a su fin. Salió de la novela de Lampedusa –cuya lectura se recomienda aquí con mucho énfasis– aquel enunciado, famosísimo, que casi todos hemos oído alguna vez: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”.

Fast forward al Puerto Rico del 2018. En verdad, no hará falta hacer acopio aquí de todo lo que cambió, ha cambiado, está cambiando o cambiará.

No hay desembarco, pero estamos mareados por la vertiginosidad con la que el país nos ha sido desdibujado durante la última década. Bástese, entonces, con algunas palabras dejadas caer como granos de maíz a palomas: quiebra, junta, precariedad, recesión, huracán, privatización, PROMESA. O frases: crisis de las instituciones, candidatos independientes, éxodo masivo e histórico. O nombres: Sánchez Valle, Donald Trump, María.

La aristocracia, que en nuestro caso es la clase política y sus acólitos, sabe que todo se está desplazando. Declara “Puerto Rico se levanta” y se retrata llevando una cajita de agua aquí y cuatro potes de spaghetti allá.

Pero, ojo, nadie se deje engañar, que, como en las películas, albergan propósitos malsanos en el corazón, en serio.

Se aferra a lo que era, lo toma, lo aprieta contra el pecho, asume posición de ataque para defenderlo y muestra los colmillos a quien le diga, como Ismael Miranda: “Mire, pai, la cosa no es como antes”.

Ahí está un tal Rafael Ramos Sáenz. Un caso curioso el don este. Ese maestro era hasta el otro día juez en un oscuro tribunal de Aguadilla. Nadie fuera de allá había oído hablar de él.

Lo pusieron de presidente de la decadente Comisión Estatal de Elecciones (CEE) a $120,000 al año, aunque no tiene funciones conocidas ni importantes en el futuro inmediato.

Eso le hizo sentirse conminado a declarar “no soy un funcionario más”, porque salió de “la tranquilidad” de decidir sobre disputas concretas entre seres de carne y hueso para servir sabe el diablo haciendo qué hasta el 2020.

Quiere, figúrense, que nosotros, los que pagamos contribuciones, los que sufrimos estas calles llenas de cráteres y escasas de semáforos, los que dormimos al arrullo de plantas, le paguemos el ride de Aguadilla hasta acá, y de acá hasta Aguadilla, todos los días.

Ya más que querer chofer, que de por sí es bastante escandaloso y ofensivo cuando hay policías andando en patrullas que más que carros parecen maracas y trabajadores sociales sin siquiera una big wheel para ir a rescatar niños en peligro de muerte, quiere que lo traigamos y lo llevemos de Aguadilla todos los días. Por suerte, ya no se estilan carruajes, porque pediría uno también.

Nada muestra mejor el gatopardismo en Puerto Rico que la CEE, engendro de los partidos, sin funciones oficiales, cepillándose muerta de la risa $30 millones al año.

Están cerrando escuelas y colecturías en bruto. Tanta falta que hace gente velando a los evasores contributivos y 130 empleados transitorios del Departamento de Hacienda se quedan sin trabajo de aquí a junio. Los 800 empleados de la CEE, en cambio, tranquilitos (literalmente) en sus puestos.

Hay una denuncia corriendo por ahí de que el hijo de la comisionada del PNP, Norma Burgos, quien es jefe de informática de la CEE por $91,000 al año, estuvo cinco semanas cobrando sin trabajar. Si se probara que eso es cierto, después del escándalo y el ajuste de cuentas que corresponda, habría que, con la mano en el corazón, entender al muchacho: tiene que ser una tortura ir todos los días allí a sentarse frente a una computadora sin tener nada que hacer durante tres largos años.

En la CEE es donde más se ve, pero no es donde único hay gente tratando de refugiarse en el pasado, con tormenteras y todo.

Por ahí anduvo en estos días, también haciendo honor al gatopardo, Héctor Ferrer, el líder de los populares, lanzado por Charlie Delgado, alcalde de Isabela, como candidato a la gobernación en el 2020, demostrando que no ha aprendido nada de los pasados años.

Se le vio organizando sin sonrojarse operativos políticos en las agencias. Dijo, con orgullo, que lo hará en todas. Decidió, tempranito, ponerse él mismo las bridas que le impedirán, si llegara a la gobernación, como a todos los que le han antecedido, ejecutar cualquier cambio importante en las agencias de gobierno, porque ya tiene a quién deberle favores. Les dio a los líderes de esos organismos, que van al gobierno a hacer política y no a servir, el incentivo que necesitan para torpedear lo que haga el que está al mando, como ellos mismos fueron torpedeados ayer, paralizando, en el camino, al país al hacerlo rehén de sus peleítas politiqueras.

Junten a eso al hombre que tiene “funciones de envergadura”, Gerardo Portela, líder de la Autoridad de Asesoría Financiera y Agencia Fiscal (Aafaf), a quien no conoce nadie más allá de sus amigos y familiares, la jueza Laura Taylor Swain, los miembros de la Junta de Supervisión Fiscal y algunos banqueros, andando escoltado.

Y algunos exgobernadores también escoltados. Y los jueces del Supremo, a quienes conocen menos que al mismísimo Portela, y eso es mucho decir.

Cambia la cosa para los niños que habrán perdido cerca de 700 escuelas en seis años; cambia para los que siguen sin luz; cambia para los que se tuvieron que ir; cambia para los beneficiarios del plan de salud del gobierno, que van a tener menos medicinas; para la gente viviendo bajo toldos; cambia para todo el mundo menos para unos cuantos enchalinados, que están dándole al país una enorme lección de consistencia, perseverancia, enfoque, voluntad, tratando, contra el mundo que se les viene encima como una ola salvaje y espumosa, de que mientras todo cambia, para ellos y los suyos, todo siga igual.

Así, nos llevan, cojeando sin bastón, por la calle de la amargura. O mejor dicho: es que nos dejamos llevar.

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