Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Todo Puerto Rico es San Germán (de 1692)

Recuerdo un suceso que Fernando Picó relatara en su Historia general de Puerto Rico. En 1692 la villa de San Germán logró, luego de considerables negociaciones, que la corona española le autorizara, por un periodo de cuatro años, la llegada de barcos a su costa. En su momento fue un logro considerable que auguraba un aumento en el arribo de suministros y mercaderías y le abría una vía de exportación a los productos del país. El permiso real permitía la reducción del aislamiento de toda una porción del país y esperanzaba a los sangermeños con lo que, anacrónicamente, podríamos llamar su progreso.

Puedo imaginar la energía que insufló entonces los afanes de los dueños de trapiches, siembras de jengibre y secaderos de tabaco; puedo figurarme las ampliaciones obradas por los almaceneros, la llegada de jíbaros venidos de los montes, las negociaciones para comprar esclavos o el empeño puesto en reducir a los indios a la obediencia. El poblado y sus extensas zonas aledañas se dispuso a escrutar el horizonte y debe de haber ocurrido en más de una ocasión, que se confundiera una formación de nubes o una goleta costera con la llegada de un bergantín de tres palos venido del otro lado del océano.

San Germán esperó el 1692 y el 1693. Aguardó todo el 1694 y maldijo cada mes de 1695 y un pedazo de 1696. El horizonte nunca fue quebrado por las velas y los cuatro años del permiso se agotaron. En ese cuatrienio sólo atracó un barco en los muelles de San Juan y éste no tuvo interés de allegarse a la ciudad del sur.

A pesar de las expectativas, en cuatro años no pasó nada. Fue el reino de la espera, una institucionalización del limbo.

Estos eventos (o, mejor sería decir, esta ausencia de eventos) de hace más de tres siglos, han probado ser una constante en la historia de Puerto Rico. Las generaciones crecen, maduran, decaen y desaparecen, esperando la llegada de los barcos. O, lo que es lo mismo, aguardando por las decisiones de otros. Aguardamos por los españoles por algo más de 400 años y hemos aguardado por los estadounidenses por ya más de una centuria. Se nos dio largas con el “gobierno propio” y el ELA arribó luego de más de medio siglo de pacientar en las antesalas. Simultáneamente, proponentes de otras fórmulas políticas han hecho indefinidos ejercicios de paciencia por la estadidad y la independencia y, empecinadamente, todavía las esperan. Los hombres y las mujeres de todas las generaciones que han poblado esta tierra nacen, viven y mueren atisbando el horizonte. Nunca, nadie en Puerto Rico ha dejado de ser como los sangermeños de 1692.

En nuestro país pareciera no haber pasado ni presente ni futuro. Desconocemos el tiempo, nunca lo hemos poseído y no sabemos concretamente que es perpetuamente móvil: que lo futuro se hace presente e inmediatamente se transmuta en pasado. Esperar equivale a ignorar la dinámica del tiempo y sus consecuencias, que son siempre el vacío y el hundimiento.

Desde la crisis que obligó al gobierno a cerrar durante dos semanas en 2006, nuestra economía no sólo no crece, sino que se contrae. Desde entonces y hasta hoy nuestra deuda externa creció exponencialmente y, luego de María, la insolvencia del gobierno multiplica los estragos del huracán. Esta semana, Benjamín Torres Gotay reportaba en este diario, que según un estudio del Centro de Investigaciones Sociales de la UPR-Cayey, la proporción de la población que vive en la pobreza podría elevarse próximamente al 60%. Esto era lo estimado en 1980, hace 37 años. En 1960 esta estadística alcanzaba el 62.8%. A casi tres meses del huracán, al menos dos terceras partes del país no tienen servicio eléctrico y es común escuchar que regresamos a la infame década del 30 del siglo pasado. Esperar es hundirse. Los números no mienten.

A tres meses del huracán esperamos que se construyan, se inspeccionen, se transporten, se descarguen y se erijan los postes que reconstruirán el sistema eléctrico. Nadie sabe o nadie quiere decir cuánto tiempo habrá que aguardar. En tanto, los negocios cierran, la gente sufre, algunos mueren. En este periodo no he visto a un solo político tener la epifanía, o simplemente la decencia intelectual, de darse cuenta de que hay que hacer las cosas de otra manera; que la salvación no llega en barcos o aviones, que la política y la economía no deben ser objetos de importación y compraventa.

El Centro de Estudios Puertorriqueños de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) estima que 300,000 puertorriqueños han llegado, luego de María, solamente al estado de Florida. Esa cifra duplica el éxodo cubano del Mariel. Esa sangría de población fluye de las heridas abiertas de la espera.

En las últimas dos o tres semanas, el gobernador y sus portavoces, los analistas y comentaristas de la radio e incluso los ciudadanos, hablan con otro tono. La urgencia se ha debilitado hasta casi desaparecer. El cansancio de muchas semanas obra sobre cuerpos y mentes, induce a la complacencia, reduce a la indiferencia. El limbo se institucionaliza y se reconoce como un estado familiar. Las tinieblas del reino de la espera descienden sobre el país a plena luz del día. Nos queda nuestra extensa colección de mínimos y entre éstos también están esos contratos a amigos de toda la vida y a empresas casi fantasmales, que son también formas de pervivir en el achicamiento.

Como los sangermeños de 1692, luego de cuatro años, ya no se espera nada. Cada día son menos los que escrutan el horizonte. Han transcurrido las diez décadas del siglo anterior y pronto terminarán las primeras dos del presente. Hemos sido obstinada y estúpidamente pacientes. Los pobres de hoy equivalen a los de 1980 y 1960, y no tienen electricidad como los de la década de 1930.

El reino de la espera nos despoja de la memoria. ¿Quién recuerda hoy que tan sólo hace unos meses, en este mismo 2017, el gobernador nos aseguró que en cinco años arribaba el barco de la estadidad? Todavía no ha podido lograr que lleguen y se instalen los toldos, se abran todas las escuelas, corra el Tren Urbano, llegue la electricidad a dos terceras partes de la población.

El reino de la espera es un tiempo necio que invierte las décadas y hace que 1980 se ubique en 2017 o 1930 en 2025; que el general Miles sea miembro de la Junta de Control Fiscal o que el gobernador sea alcalde de Cataño en los cuatrienios de El Amolao y ande en busca de la estatua más grande y abyecta que pueda encontrar. No hay pasado ni presente ni futuro cuando se espera. Solamente la melcocha y el fraude que es la espera.

Todo Puerto Rico es San Germán (de 1692).

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