Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Todos le echan la culpa al trabajo

6 de agosto de 1945: Después de pintar el nombre de su madre en el fuselaje del avión, el piloto Paul Tibbets se subió al bombardero rumbo a Hiroshima para lanzar la bomba nuclear. Se estima que cerca de 140,000 personas murieron por los efectos directos e indirectos de la bomba. Todas las veces que le preguntaron, el piloto dijo lo mismo: “No siento remordimientos; solo hacía mi trabajo.”

31 de mayo de 1962: El exteniente coronel de la SS, Adolf Eichmann, camina lento por los pasillos de la prisión de Rambla. Al final de uno de esos pasillos lo espera la horca. Con la soga ya en el cuello le preguntaron si quería decir algunas palabras. Deseó larga vida a Alemania, a Austria y a Argentina y cerró su alocución diciendo: “Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Solo hice mi trabajo. Estoy listo.”

16 de octubre de 1991: Mirko Norac, general del Ejército Croata en la Guerra de Yugoslavia, se fumó un cigarrillo antes de abrir fuego contra más de cincuenta serbios, entre los que se encontraban mujeres y niños. En el juicio, celebrado en el 2001, dijo: “Alguien dio la orden y yo disparé. Solo hice mi trabajo.”

10 de febrero de 2006: Agentes del FBI lanzaron gas pimienta a periodistas que cubrían el allanamiento al apartamento de una militante independentista. Rivera Sancha, exsubdirector del FBI dijo que los agentes no se excedieron en el uso de la fuerza: “Solo cumplieron con su trabajo.”

30 de noviembre de 2016: Más de cuarenta camiones, que suelen transportar cenizas tóxicas al vertedero de Peñuelas, llegaron hasta las inmediaciones del Capitolio. Los camioneros se quejaban de que “los manifestantes no los dejaban hacer su trabajo.”

Siempre es lo mismo. Nadie nunca es responsable por nada. Todos le echan la culpa al trabajo.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

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