Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Todos los puertorriqueños somos extranjeros

A la memoria de Elizardo Martínez

Hace unos días, uno de mis hijos encontró en una gaveta, entre objetos rotos y viejos papeles, un pequeño librillo de desvaídas tapas azules y pocas páginas quebradizas, que salvo tres se encontraban vacías. Al abrirlo, hay una suerte de formulario en el que aparece mi nombre escrito a mano junto a un número, 48255, impreso por un matasellos con tinta de otro color. Al dorso de la página, permanece fija la foto de un niño irreconocible, que parece tener menos de un año. Este clava los ojos en la cámara con una combinación alucinante de curiosidad y pánico. Si mi nombre no fuera el que aparece en la primera página, y si no supiera por la historia familiar, de las vicisitudes y los viajes de mis dos primeros años, ese pasaporte cubano emitido el 27 de junio de 1961, no significaría nada para mí, al punto de que, como ocurre ahora que lo tengo sobre la mesa en la que escribo, no relacionaría la cara del niño de la mirada aterrada con la propia.

Como mencionara, otras tres páginas están marcadas. Una impresión roja indica la fecha de mi salida de La Habana: 12 de octubre de 1961 y otra la de mi llegada al puerto de Santander en España: 23 de octubre. En la próxima hoja, un sello mal aplicado entinta parcialmente el papel, pero es fácil descifrar la palabra escrita con mayúsculas: “ADMITTED” y la fecha del 8 de noviembre de 1962. Ese día, hace más de 55 años, llegué al país que se convertiría de inmediato en el propio y del que nunca me he ido. Ese día, además, mi pasaporte cubano dejó de tener vigencia y fue olvidado, al punto de que su hallazgo fortuito de hace unos días, equivalió a un descubrimiento y una sorpresa.

Sin embargo, en el párrafo precedente hay un error que no me pertenece ni a mí ni a mis compatriotas y que, sin lugar a dudas, resulta casi imperceptible para la mayoría de nosotros. Para cualquiera que me lee, el país al que aludo hace unas líneas y en el que he vivido toda la vida salvo los dos primeros años, es Puerto Rico, pero ese país no fue el que a partir del pulso incierto de un funcionario de inmigración entintó “ADMITTED” un lejano día de noviembre de 1962.

Todos los puertorriqueños, de tiempos de España y de Estados Unidos, han sido extranjeros. Independientemente de donde residan, en la isla o en cualquier otro lugar, da lo mismo, en todas partes hemos sido extranjeros. Desprovistos de capacidad de auto representación, nuestra “legalidad”, nuestra “ciudadanía”, ha desaparecido en la jurisprudencia de los Estados que nos han “representado”.

Siempre me ha resultado chocante el violento empecinamiento que algunos han tenido al referirse a mi origen; cómo se empeñan en negar acaloradamente el acto de libertad y amor que para mí ha sido considerarme, desde muy temprano, puertorriqueño. Estas agresiones, que lo mismo pueden venir de un colega escritor que de un lector furibundo de estas columnas, resultan aún más patéticas en un país que no ha podido constituirseen propietario legal de su gentilicio. Acaso porque alguna vez tuve un pasaporte, acaso porque alguna vez tuve la cara aterrada de un niño exiliado, me ha resultado natural aceptar como propia la tierra que piso y los cielos que la cubren. Alguna vez tuve un pasaporte y ha transcurrido mi vida en la búsqueda de otro. No es bueno ser extranjero y resulta vil negar a alguien la pertenencia deseada y libre a un país en el que se quiere permanecer hasta que se agoten los días.

Hace unos meses, luego de María, pasé seis días en Austin participando de una serie de actividades sobre nuestra situación. Pienso haber hallado entonces la fórmula más sintética y, a la vez, terrible: los puertorriqueños somos ciudadanos estadounidenses, pero no somos estadounidenses. No me cabe duda que, tanto en la isla como en el exilio, la mayoría de nosotros, independientemente de idearios políticos, estaría conforme con esta afirmación. Sin embargo, existen muchos también que la batallarían instintivamente. En esto reside justamente el problema. La frase puede ser leída de dos maneras: a partir de algo que se encuentra fuera de ella y desde ella misma. La primera lectura equivale a un acto de fe incierta; la segunda a uno de entendimiento. La primera debe traer del exterior una superstición, la creencia en una doble excepcionalidad, la de Puerto Rico y la de Estados Unidos, que convertiría una invasión y una conquista de corte imperialista en un proyecto viable y enriquecedor a largo plazo para todas las partes. La historia del siglo XX puertorriqueño puede dividirse en dos mitades casi exactas: los primeros 50 años de maltrato y explotación; los segundos de auge y decadencia del modelo colonial. Todas las supersticiones relativas a la relación asimétrica con Estados Unidos proceden del segundo periodo. Todos los olvidos que permiten estas supersticiones se retrotraen al primer periodo.

Desde hace un siglo, nuestra situación se coagula en un símbolo poderoso y, simultáneamente, anulador. No nos nombran nuestros padres, no nos convierten en sujetos de ley los gobernantes que elegimos, no dictan quienes somos nuestras palabras ni actos: nuestro lugar normalizado en el mundo no surge de nuestra realidad cotidiana. El pasaporte estadounidense que desde hace un siglo nos representa, más que aclarar, ha confundido vidas y fronteras. Nunca ha sido un documento de identidad, sino que ha fungido como analgésico u opiáceo, como facilitador multiusos, como lubricante universal de cualquier política.

En una isla y en un exilio de puertorriqueños ciudadanos estadounidenses, todos somos extranjeros. No importa dónde vivamos. A esto nos reducen las leyes, pero la realidad es otra.

En mi pasaporte cubano se halla la foto de un niño que estaba en el umbral de su conversión en extranjero. Sin embargo, nunca llegué a serlo. Este fue el don que mi país, Puerto Rico, me concedió desde que tengo memoria. Ser ciudadano estadounidense aquí no es más que la normalizaciónde una invasión, posibilitando así, según la época, la emigración de mano de obra barata, de soldados, la toma de tierras para bases y experimentos militares, la llegada de fábricas y su partida, el arribo de megatiendas y su acaparamiento del mercado. Ser ciudadano estadounidense aquí es un siglo de Leyes de Cabotaje y más de un siglo de intermediarios políticos que han hecho fortuna anestesiándonos. Ser ciudadano estadounidense en Puerto Rico equivale a heredar el desastre que hoy somos, el exilio en que se convirtió el destino de tantos, la bancarrota, la impotencia, la corrupción, la ignorancia, el hastío y el desánimo que hoy nos determinan. El pasaporte estadounidense se convirtió en un pasamentiras, en un tragadolores. Todos los puertorriqueños somos extranjeros. Por eso, justamente, es por lo que somos y continuamos siendo puertorriqueños.

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