Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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Todos van a la nieve

Al gobernador lo obligan a volver. No vuelve por un sentido personal de urgencia o responsabilidad política. Si lo tuviera, no se hubiera ido.

Los jefes de estado no pueden coger vacaciones en tiempos de crisis. Es la razón por la cual los políticos consultan a su círculo familiar más íntimo antes de aceptar la candidatura, ya que se supone que al asumir un compromiso de esa índole, habrá sacrificios inherentes al cargo, para él y para su familia. El menor de todos es renunciar a unas vacaciones.

La gestión de Ricardo Rosselló hace rato se vino abajo. No hay un día en que no reciba un golpe, y estando ya en el suelo, parecería que le pegan más duro.

Es culpa suya. Pero también de la gente de la que se ha rodeado: arribistas con corbata, asesores sin escrúpulos, culicagados codiciosos, y decenas de jefes de agencia que vienen a rebosar el plato, y a repetir todo lo que les quepa.

Su relación con la Asamblea Legislativa y con la comisionada residente está arruinada. Podrán hacer un paripé, dar la cara por un rato juntos, pero ya no tienen química, ni otra cosa que hacer que esperar por nuevos arrestos y temer la colaboración de unos arrestados que desembucharán el alma.

La jefa de la Fiscalía federal, Rosa Emilia Rodríguez, ha resaltado lo terrible que es tener que repetir a cada instante que el esquema se ha fraguado para apropiarse de “dinero federal”. Claro, aquí no hay otro. Se han manipulado sumas astronómicas que estaban destinadas a invertirse en educación o salud. Era una cornucopia demasiado tentadora; una fuente de billones que borboteaba ante los ojos de demasiada gente, personajes que no tienen otro norte que el valor que le confieren a sus propiedades, a su mansión, su carro, su yate, sus obsesivos viajes a la nieve. Todos van a la nieve.

En medio de esta vorágine, hay otro sector que, por más que pretenda guardar silencio, ha fallado en táctica y perspectiva. 

Los sectores presuntamente liberales y de izquierda fueron utilizados por quienes diseñaron estrategias desde arriba, desde la administración colonial y aun desde el principal partido de oposición. Aquí, “la poquita autonomía que teníamos”, y que presuntamente nos arrebataba la Junta de Control Fiscal, la ostentaba una sola persona, Alberto Velázquez Piñol, el hombre orquesta que mandaba más que el propio gobernador, una figura cuya verdadera dimensión hay que estudiarla.

Hace casi tres años, en el edificio MCS Plaza, unos manifestantes colocaron palos en los ascensores para que los ciudadanos comunes y corrientes no pudiesen subir. Interrumpieron el paso en la Ponce León; se congregaron en el Viejo San Juan, en Plaza las Américas y frente al Tribunal federal. Mientras ellos se agotaban y alguno que otro era arrestado, la verdadera lacra seguía adelante, respirando en paz porque actuaban a sus anchas, mientras la furia “del pueblo” se volcaba contra los “invasores”.

No solo eso. ¿Cómo hacen ahora esos sectores que organizaron marchas y campamentos para retomar cualquier movimiento de repudio a la Junta, y sobre todo al FBI, erigido ya en instrumento salvador contra la gula gubernamental? La tienen cruda. Pero se merecen el golpe, por hacerlo todo a la carrera; por dejarse influir por líderes opacos, exaltados carentes de formación política, tan despistados que llegaron a convocar una manifestación contra Walmart. Pero señores, ¿Walmart?

A los movimientos políticos alternativos, es bueno advertirles que no deben contar con ganancias de río revuelto. Aquí ya se instauró un gobierno que, por provisional que sea, tiene para unos años. Creer que a la vuelta de unos meses estaremos en campaña electoral como si nada, es soñar con avecillas en estado de gestación. Acabamos de entrar en una etapa que puede llegar a ser todavía más demoledora. Hay alcaldes en remojo, pilas de contratos más oscuros que noche de huracán, y una cigüeña que trae desde París un niño.

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