Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Tormentas en el horizonte del PPD

Antes que político, Luis Muñoz Marín, fundador del Partido Popular Democrático (PPD), anduvo un tiempo en ropajes de poeta.

Por eso era que se le apodaba “el vate”. De aquellos tiempos en que Muñoz Marín se decía independentista quedan por ahí retazos, como unos versos, quizás no tan malos, que dicen: “El invierno ha colgado sus harapos de nieve en los pinos del norte, bajo un palio de plomo y, arropándose en el sol, se nos presenta como una virgen friolenta la primavera breve”.

Después de haber sido domesticado por Estados Unidos, accedido a la pantomima del Estado Libre Asociado (ELA) y convertido ya en garrote contra independentistas, “el vate” seguía intentando hacer poesía en sus discursos políticos. Quizás era una señal secreta a sí mismo para tratar de no olvidar lo que antes había sido.

Así, en un discurso en conmemoración del natalicio de su padre, el también político Luis Muñoz Rivera, el 17 de julio de 1951, se tiró vueltas barrocas como decir que Puerto Rico tenía “el paisaje que amamos, sus colores y sus estaciones”, así como “la voz de sus aguas de quebrada”. Pero, agregaba, sin “su gente, el pueblo, la vida, el tono las costumbres, las maneras de entender, de llevarse unos con otros”, la patria sería “nombre o abstracción o a lo sumo paisaje”.

Se ve, entonces, que, como tantas otras cosas, es de Muñoz Marín que viene la larga tradición poética del PPD, partido al que el país le debe joyas literarias como “déficit democrático” y “lo mejor de dos mundos”, entre muchas otras.

Hay otra imagen poética popular, de origen difuso, pero seguramente atribuible también a Muñoz Marín, que ayuda a entender la coyuntura crítica que vive hoy el partido de la pava: la que describía al PPD como “la casa grande de los puertorriqueños”.

Bajo ese lema, en el PPD se han juntado por décadas personas con ideas radicalmente distintas sobre casi todo en la vida.

Perspectivas de triunfo, y los muchos beneficios económicos y de otra índole que esto trae, los hacían caminar derechitos en la fila india.

La idea que tenía cada cual de que en cualquier momento podía hacer que sus ideas particulares fueran las de la cúpula les infundía fuerzas para seguir aguantando.

La ilusión de que el ELA era un status legítimo, aunque mejorable, permitía incluso a los sectores más liberales vivir en paz bajo el ala de la pava, esperando con la paciencia de los siglos para hacerse con el poder y girar el barco a donde a ellos les creían que debía ir.

El 9 de junio de 2016 cayó en el partido una bomba atómica y desde entonces nada ha podido ser igual.

En la mañana de ese día, el Tribunal Supremo de Estados Unidos emitió su determinación sobre el caso Sánchez Valle, estableciendo que la última fuente de soberanía de Puerto Rico reside en el Congreso y no acá, una forma leguleya para decir que la isla nunca dejó de ser una colonia.

Y, por si quedaba duda, ese mismo día por la tarde la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó la ley Promesa, que tres semanas después fue firmada por el presidente Barack Obama, dando la última estocada a la ilusión de que había un “pacto bilateral” entre Puerto Rico y Estados Unidos.

Desaparecido el ELA, el PPD se quedó sin eje y sin esencia. Anda desde entonces como alma en pena buscando un cuerpo que habitar.

Un partido que una vez fue una aplanadora tiene una base hoy que, según algunas encuestas, es de cerca del 30% del electorado. Nadie sabe a ciencia cierta en qué cree el PPD, ni en status, ni en muchas otras cosas. Con una insignia que es una prenda de vestir de los años 40 del siglo pasado, se le hace tremendamente difícil conectar con las nuevas generaciones.

El status es la diferencia más visible y la más que se ha discutido, con dos posturas que hace tiempo son irreconciliables: los que proponen un status soberano y los que quieren que les dejen seguir tratando de maquillar la vieja colonia.

Pero esa no es la única diferencia.

No se sabe, por ejemplo, si el PPD sigue siendo un partido socialdemócrata, como lo fue cuando creó con dinero de Washington el estado benefactor que a duras penas persiste todavía hoy, o si es neoliberal, como se ha comportado durante los últimos años y como parecen ser al menos dos de los que aspiran a la gobernación, Eduardo Bhatia y Roberto Prats.

Por esas cosas es que todos los días, a toda hora, se oye a alguien por radio clamando que “el PPD tiene que volver a sus raíces”, “el PPD tiene que hacerse relevante otra vez”, o “el PPD tiene que reencontrar su alma, su esencia, su lo que sea”.

Es obvio que en “la casa grande de todos los puertorriqueños” ya no caben todos los que alguna vez fueron populares.

El legislador que más votos sacó en las pasadas elecciones, Manuel Natal, dejó el partido. Se dice que otros van pronto por ese mismo camino. La alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, figura principalísima de la colectividad, busca más apoyo afuera que adentro del partido y al día de hoy ni siquiera asegura que vaya a aspirar en el 2020 bajo la insignia popular. Dice sin titubear que si no le acogen sus ideas, que son de corte de la izquierda populista, monta su propia caseta aparte.

Si Cruz se va, eso es casi cerrarle el oxígeno al PPD, pues aunque se lleve consigo el 5% de los populares (no son pocos los que creen que se llevaría más) sería un estocada mortal en un país en el que las últimas dos elecciones se han decidido por menos de 1% en el 2012 y por menos de 3% en el 2016. Pero hay gente en o cerca de la cúpula o las estructuras políticas y económicas del PPD que cree que como ese partido puede crecer es entre estadistas descontentos, piensa que Cruz está demasiado a la izquierda de lo que esos potenciales populares aceptarían y les habría encantado que se hubiese ido ayer.

Por rutas así de escarpadas llega el viejo PPD en dos días al 2019. A Aristóteles se le atribuye haber dicho que la historia cuenta las cosas que pasaron y la poesía las que debieron pasar. El PPD, de nuevo, va a necesitar mucha poesía para capear e interpretar las tormentas en su horizonte.

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