Silverio Pérez

Punto de vista

Por Silverio Pérez
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Touchdown de Shakira y Jennifer López

Me imagino que muchos de esos estadounidenses blancos, pro Trump, para los que el Super Bowl es tan sagrado como un Viernes Santo se habrán preguntado el domingo en la noche quiénes eran esas dos latinas atrevidas que irrumpieron en sus hogares a través de la pantalla con unos remeneos amenazantes a la moral de las buenas familias estadounidenses y, para colmo, hablando en lenguas extrañas.

Sé que algunos reclamaron: ¿qué hacen mostrando la bandera de Cuba en el espectáculo más visto de la Nación? Y supe que alguien les aclaró que no era la bandera de Cuba, sino la de Texas. ¡Gulp! Pero si el mismo presidente Trump no sabía ni de qué estado eran los ganadores del Superbowl, y envió uno de sus tuits impulsivos felicitando al equipo que representaba “al gran estado de Kansas”, cuando realmente juegan para Kansas City, estado de Missouri, no podemos esperar mucho más de los que le siguen.

La vida te da sorpresas, cantaba Rubén Blades en Pedro Navaja, y tal vez en las salas de los hogares de muchos amigos y amigas del sector contestatario o de la izquierda puertorriqueña hubiese encontrado reacciones más sorprendentes aún. ¿Qué hace esa usando nuestra bandera cuando ni aquí nació?, escribió una. ¡Ese no es el color verdadero!, vociferó otro. Y se desató en las redes una ristra de comentarios donde Jennifer López no pasó la prueba de autenticidad étnica puertorriqueña a la que algunos pretendieron someterla. ¿Estarán viendo el mismo espectáculo que yo estoy viendo? Me pregunté. ¿O “todo es según el color del cristal con que se mira”?

¿Qué yo vi? Vi un espectáculo impecable desde la perspectiva del artista. En música, baile y contenido. Montar ese escenario en 10 minutos, realizar la presentación en otros diez, y desmontarlo de inmediato para que el juego continúe es un espectáculo en sí mismo. Vi dos mujeres latinas que decidieron hacer lo que les dio la gana en el espectáculo más visto de Estados Unidos, precisamente cuando está languideciendo el bochornoso espectáculo mediante el cual el Senado absorberá de toda culpa al presidente Donald Trump, cuyas frases ofensivas a la mujer y los latinos ya se han convertido en parte de lo que un gran sector de los Estados Unidos tolera.

Vi que Jennifer López recalcó su ascendencia puertorriqueña sin ocultar que nació en Estados Unidos. “Born in the USA”, cantó. A algunos de les escapó que esa canción de protesta de Bruce Springsteen, recalca las penurias de la clase trabajadora ante el capitalismo crudo. Vi que las bailarinas no eran al estilo monocromático de Las Rockettes, sino diversas. Vi que Bad Bunny representó la música urbana, excluida y criticada por el main stream. Vi que se hizo referencia a los niños enjaulados en la frontera por el pecado de ser inmigrantes. Y concluí que era un espectáculo atrevido y el de más contenido político que había visto en un Super Bowl.

Luego, leyendo las reacciones desde los polos del pensamiento político, me di cuenta de que nos falta mucha tolerancia y generosidad para, en nuestro caso, construir ese Puerto Rico que con tanta urgencia necesitamos. La urgencia es tal que a veces pretendemos que los artistas sean perfectos, que piensen y actúen como nosotros quisiéramos que pensaran y actuaran y, si no, los condenamos a nuestra crítica implacable. Como alguien decía, pretendemos que Jennifer López sea Lolita Lebrón y Rey Charlie el nuevo Betances. El Puerto Rico que necesitamos reconstruir no lo podemos hacer solamente con los que piensan igual que nosotros. Si así fuera estaríamos actuando exactamente igual que los fundamentalistas que tanto criticamos.

Finalmente, se supo por fuentes dentro de Roc Nation, la compañía de Jay-Z, el mogul del rap, el cual tiene un acuerdo con la NFL para suavizar el drama de las protestas por justicia social en los juegos, que sus ejecutivos hicieron lo indecible para que J.Lo quitara la parte referente a la crisis con los niños en la frontera. Pero J.Lo se negó y lo hizo. ¡Touchdown!

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