Arturo Massol Deyá

Tribuna invitada

Por Arturo Massol Deyá
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Trabajando la virazón

Previo a la tormenta, me despedía en silencio de Adjuntas, mientras recorría sus calles con la rara sensación de que todo sería diferente a mi regreso.

Cuando estoy allá vivo en una cabaña de madera que opera con energía solar, cristales por todas partes en medio de un bosque de robles. Y es que en la falda del Bosque La Olimpia, crecí como uno de cuatro hermanos, todos hijos de Tinti y Alexis.

Con la misma ansiedad generalizada, pude regresar 48 horas después del huracán.

La primera parada fue la casa de mis viejos, quienes narraron su propia odisea incluyendo el susto compartido por las fuerzas de los vientos, los árboles sobre la casa, la inundación del sótano que sería su refugio y de cómo lograron mantener a Radio Casa Pueblo 1020AM siempre al aire, sirviendo de tranquilizante para una población que se sintió temerariamente aislada.

Anduve por el pueblo con ellos y María (otro huracán, pero para la gracia personal) e hicimos varios recorridos incluyendo los barrios La Olimpia y el Saltillo. ¿Qué observamos? Mucha devastación. Para la desfortuna colectiva, devastación se ha convertido en lenguaje común en Puerto Rico y el Caribe.

Cientos de casas con techos que desaparecieron o con impactos parciales, pero significativos. La huella del agua en múltiples deslizamientos, carreteras a las que ahora le falta algún costado al borde del río, tendido eléctrico por doquier y árboles desnudos en un paisaje continuo de desolación son parte de los estragos sufridos en la región.

No hay luz eléctrica, el agua va y viene mientras que el único supermercado mayor del pueblo parece que hubiese sido atacado desde Corea del Norte. Ninguna variante de comunicación convencional que conecte a Adjuntas con el resto del país y el planeta está disponible, ni tampoco combustible de ningún tipo para diferentes necesidades. Los refugiados estimados en sobre 400 aumentan ahora en espacios con pocos catres como lo denunció el propio alcalde previo al huracán.

Ahora bien —y para el beneficio de todos aquellos que viven Adjuntas a la distancia o de los amigos que hacen de nuestro pueblo el suyo— aquí el resumen de otra realidad. La gente enfrenta la crisis con una paz y armonía ejemplar, ninguna fatalidad, no hay vandalismo, domina la hermandad, agua hay y algo de comida aún se encuentra.

Los colmados son refugio alimentario. Güigüi, así como la Pizzería de Lucy, siguen alimentando a muchos. Hablando de sobrevivir en la escasez, Maribel de Casa Pueblo me dijo, “el pobre de la ciudad pasa más hambre que el pobre del campo”. El mecánico de mi Jeep del 52, que sí camina, perdió parte de su casa, pero ya anda de vecino temporero de Maribel.

La administración municipal sigue abriendo camino por los barrios y asistiendo a la gente, el alcalde hace uso de nuestra emisora para informar, la gente envía mensajes y se comunica con otros, juntos se organizan brigadas para remover árboles del camino, se dan la mano, hacen fila con una felicidad extraña en las panaderías mientras ignoran el paso de algún helicóptero. Pero si algo quedó verde fueron los árboles de la plaza central, esos mismos árboles que la comunidad tuvo que defender años atrás del "desarrollo".

Adjuntas está de pie, herido su paisaje, pero muy vivo. Los árboles que rodean mi cabaña la defendieron. Ellos pagaron el castigo del viento mientras, milagrosamente, ningún cristal sufrió daños. Los robles están de pie, sus copas aún tienen ramas verdes. ¿Y el café del vecino Pepe? Muchos de sus arbustos siguen de pie con sus granos amarrados a sus ramas. Los árboles altos también defendieron a los árboles bajos. Pérdidas graves las hay, algunos fueron arrancados, pero habrá algo de café para recoger si los accesos a la finca se resuelven.

A los amigos y amigas, a los familiares, la noticia es que Adjuntas sigue siendo Adjuntas. Sepan que son cientos los mensajes que hemos recibido en la emisora para avisarle a sus familiares que viven lejos de que están bien. Eso no significa ausencia de necesidad ni problemas. La necesidad de apoyo a una comunidad virtualmente rural, pobre, marginada, trabajadora del agro, que sufrió el riesgo a sus vidas, que sufre los embates de una naturaleza alterada por economías degolladoras del ambiente, y que tras de eso le toca pagar sus consecuencias, entonces toca trascender de la angustia a la solidaridad que apoye su reconstrucción. Casa Pueblo y Adjuntas, la gente aquí y allá trabajando la virazón.

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