Marcos Billy Guzmán

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Por Marcos Billy Guzmán
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Traicionera soledad

Si el mundo está aislado, hablemos de soledad.

La pandemia de la nueva cepa de coronavirus (COVID-19) nos ha forzado a notar un aislamiento que ya era parte de nuestras vidas, pero que ahora se manifiesta con mayor agudeza a través de períodos de cuarentena, espacios restringidos e impuesta inmovilidad.

Hace tiempo que llevamos distanciados del mundo. Inmóviles por el móvil. Enredados en las redes. Desconectados entre tanta conexión. Tan rodeados de gente; tan apartados de la realidad.

Lo que nos perturba ahora es que ya no tenemos opción. Sin tocar puertas ni timbres, el peligro de esta enfermedad se acerca sigilosamente al hogar donde permanecemos confinados hasta nuevo aviso. Bajo el encierro de nuestra propia intimidad, enfrentamos la amenaza más traicionera.

Ya no bastan la internet y el celular. Queremos tocar, pero no podemos. Solo queda la mente. Es un tormento silencioso que escarba las soledades más profundas.

Cada soledad es un mundo y todo el mundo tiene soledad. Algunas son necesarias, elegidas, celebradas. Otras te adormecen hasta que despiertas vendado, colgando del meñique, en una cueva de caimanes.

Es que ni el más acompañado se salva. A todos nos toca la soledad. Eventualmente, habrá vacuna contra el coronavirus, pero jamás una cura verdadera para la soledad.

Seamos conscientes de esa dura realidad para poder levantarnos emocionalmente, como individuos y sociedad, durante y después de esta pandemia. Al final, todos queremos importar, ser recordados, y para eso necesitamos a los demás.

Así que levanta la mirada. Observa tu alrededor. Expresa empatía. Sé paciente. Manifiesta dulzura. Extiende tu mano cuando, finalmente, otra vez, volvamos a tocar. Abraza al mundo, de adentro hacia afuera, con el corazón, sin maldad.

Hay luz. Siempre hay luz.

Firma tu amigo desde el encierro más íntimo.


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